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Alcázar de Madrid. Antoon van den Wyngaerde. Biblioteca Nacional de Viena.
LUIS DE VEGA

 

Arquitecto, (ha. 1495-Madrid, 10 de noviembre de 1562)

 

Se ha especulado con que Luis de Vega pudiera ser hijo de un Juan de Vega que trabajó con Gil de Hontañón en Torrelaguna, y que fuera hermano de Diego de Vega colaborador suyo en alguna obra de Alcalá de Henares[1]. Orígenes todavía inciertos que nos llevan hasta 1518 para encontrarnos a Luis de Vega asentado en aquella ciudad ocupándose de la construcción de unas casas propiedad de la universidad. En 1520 vuelve a aparecer como “maestro de las casas nuevas de la plaza”, aunque entonces ya fuera vecino de Madrid[2].

 

Modestos comienzos para quien años después llegaría a alcanzar el puesto de maestro mayor del Colegio de San Ildefonso. Un nombramiento que llegó en los últimos meses de 1531 y que Luis de Vega continuaría desempeñando hasta su fallecimiento según se desprende del regular pago de las nóminas correspondientes[3]. Eso obliga a pensar que hubiera podido tener un papel en el trazado de la fachada del edificio levantada por Rodrigo Gil entre 1537 y 1553, fachada que guarda una clara relación formal con las proyectadas para los alcázares reales de Toledo y Madrid[4]. Tan costosa obra obligó a los responsables del Colegio a reclamar una fuerte cantidad de dinero procedente de la herencia del Cardenal, que a su muerte había pasado a las arcas reales. Se comisionó el encargo a Luis de Vega al que se abonaron 200 ducados por la gestión[5].

 

También está probada su participación en alguno de los patios que oxigenaban la gran manzana universitaria, dentro de lo que pudo ser una propuesta general de reforma y ordenación de aquellas dispersa construcciones. Cuando el 4 de enero de 1532 se pregonaron las obras del patio primero o principal -el del Colegio de San Ildefonso-, se pospuso la adjudicación a la espera de que regresara a la ciudad “Luis de Vega maestro mayor de las obras del Colegio”. Las nuevas arquerías estaban terminadas al acabar el año siendo tasadas por Rodrigo Gil en nombre de la Universidad[6]. Más problemática es su intervención en el llamado Patio Trilingüe levantado por Pedro de Cotera a principios de los años sesenta y que terminaría de tasar en 1571 Gaspar de Vega, muchos años después de fallecido su tío[7].

 

Las obras para el Colegio de San Ildefonso se llevan adelante cuando Luis de Vega ha ganado ya una reputación entre los círculos cortesanos. No sabemos cómo pudo dejar atrás el limitado mundo de sus primeras obras madrileñas o alcalaínas y entrar en contacto con don Francisco de los Cobos, el poderoso secretario imperial. Vinculado su destino al del emperador al que acompaña en viajes y ausencias, Cobos tratará de enraizar en Valladolid donde su mujer había heredado unos inmuebles, y a mediados de los años veinte va a encargar a Vega ordenar aquellas desestructuradas fábricas en torno a un patio[8]. Es el germen de un palacio que va a marcar un antes y un después en su carrera porque la nueva residencia del secretario no tardará en ser utilizada por la familia real y en 1534 será el propio emperador quien ordene su ampliación: “para nuestro aposento y de la serenisima emperatriz mi muy cara e mui amada mujer y de los excelentísimos príncipe e infantes nuestros hijos, porque en el que al presente ay tenemos estrechura de aposento y conviene para nuestra salud y recreación arreglarse”[9].

 

Además, enviado por Cobos, Vega intervino entre 1531 y 1532 en el palacio que levantaba en Úbeda su villa natal, y en 1539 fue nombrado tasador de la iglesia del Salvador[10]. Se ha supuesto que pudo participar en el proceso proyectivo del palacio Vázquez de Molina, en el del deán Ortega y con más fundamento, en el castillo gienense de Canena, adquirido por don Francisco en 1539. Para un buen amigo de Cobos, el doctor Beltrán, construyó en Medina del Campo el conocido como palacio de los Dueñas, comenzado en 1527[11].

 

Su nombre se ha vinculado también con la casa de los Vargas, la luego conocida como Casa del Campo en Madrid, levantada en los primeros años de la década de los veinte para otro secretario real, don Francisco de Vargas[12]. Sin pruebas documentales, no hay hoy por hoy razón fundada más allá de la dificultad de encontrar en ese momento otro maestro a quien poder adjudicar su singular arquitectura. Cierto que años después cuando Felipe II quiso adquirirla le encargó las negociaciones con los propietarios, pero sin que nunca se mencione en la correspondencia del monarca que Vega hubiera sido responsable de su construcción.

 

Fuera como fuere es evidente que el maestro se había hecho un nombre en la arquitectura palaciega del entorno cortesano. Tanto como para que en 1528 se recurra a él para llevar las instrucciones del emperador a Granada y revisar allí las trazas del palacio de Machuca, visita a la que algunos estudiosos han dado gran importancia[13]. El conde de Tendilla, supervisor de las obras daba cuenta de su llegada: “Hele mostrado [a Vega] las traças y platycado con el lo que dellas entiendo, y hechole mostrar el sitio y dispusiçion donde se ha de hacer el edificio. Todo lo lleva muy bien visto y entendido para que si V. Magd. fuera servido le pueda dar razón dello y aca me ha dicho lo que a el le parece asy cerca de la capilla grande que V. Magd. manda que se haga en el quarto delantero como en todas las otras cosas que tocan al dicho hedifiçio”[14].

 

Allanado el camino hacia la corte, nada extraña que se piense en él cuando el emperador decida renovar sus principales residencias de Castilla. Una cédula real le nombra en diciembre de 1537 junto con Alonso de Covarrubias, para encargarse de la ampliación, reconstrucción y reforma de los alcázares de Madrid, Toledo y Sevilla, con la obligación de que cada uno de los maestros residiera alternadamente durante seis meses en ellas[15]. La cédula no entra en matices ni hace distinciones, y aunque se ha querido dar un mayor protagonismo en los primeros años a Covarrubias, la realidad es que uno y otro compartieron desde entonces obligaciones en los tres palacios[16]. No sólo en el alcázar madrileño sino también en el arranque de las obras del palacio toledano, obra que la historiografía atribuye habitualmente a Covarrubias, ignorando por completo la presencia de Luis de Vega. Hay que reconsiderar lo que significa esa responsabilidad compartida entre ambos arquitectos que parece haber funcionado sin mayores recelos ni suspicacias.

 

En los alcázares de Madrid y Toledo termina de materializarse la idea de una arquitectura imperial cuyos prolegómenos estaban en el palacio de Granada. Toledo respira ese mismo espíritu desarrollando la composición en torno a un patio regular, aunque aquí el resultado sea un poco más envarado por el protagonismo de la simetría. Las circunstancias de Madrid, al conservarse el edificio de los Trastámaras son más peculiares, pero la ampliación no deja de respirar un aire de unidad que puede verse en el mismo tratamiento de las arquerías de los patios, incluso en cierta transparencia que a través de la escalera permitiera recuperar el sentido unitario a pesar de la duplicidad de los espacios. Madrid es obra más difícil y compleja integrando la vieja estructura tardo medieval con propuestas tipológicas novedosas como el gran Salón en torno al cual se articulará el Cuarto de la Emperatriz.

 

Aunque Madrid y Toledo ocupan la mayor parte de su tiempo, Luis de Vega también viajó a Sevilla, junto con Covarrubias en 1540, y luego ya él solo en 1547, y de nuevo en 1550 y 1551, cuando dejó allí a su sobrino Gaspar. Se construía entonces el corredor del Príncipe y el piso alto del Patio de Doncellas, aunque Vega pudo haber entendido también en otras obras y no ha faltado quien, razonadamente, haya querido ver su mano detrás del diseño del llamado “Cenador de la alcoba” o pabellón de Carlos V en la Huerta del León[17]. Fruto de su relación con la ciudad es que se le pidiera en 1545 una traza para el hospital de la Sangre, traza por la que se pagaron 18 ducados a Gaspar de Vega “para que diese al sr. Luis de Vega su tío, maestro mayor de S.M. porque nos hizo merced de enviar su traza para el hospital que se ha de hacer”[18]. Finalmente, quizás ante la imposibilidad de contar con la presencia del maestro, se eligió a Martín de Gaínza para que desarrollara el proyecto y llevara adelante la fábrica.

 

Volviendo a las obras reales, 1542 va a ser un año decisivo para Vega. Se pone a su cargo levantar un nuevo palacio con el que el emperador quiere sustituir la vieja fortaleza de El Pardo, y el hecho de que la construcción se le encomiende solo a él, consuma de facto la división de tareas entre los dos maestros mayores. El acuerdo inicial de responsabilidades compartidas deja paso a una nueva situación en la que Covarrubias queda relegado en Toledo, mientras se respalda la posición de Vega al frente de las obras madrileñas.

 

Las condiciones para demoler la torre del Homenaje de El Pardo, dadas en marzo de 1543, señalan el comienzo de los trabajos que se van a desarrollar en dos fases sucesivas para permitir que el edificio siga siendo habitable mientras se lleva adelante la reconstrucción[19]. No será hasta que en 1549 esté terminada la primera mitad del nuevo palacete, cuando se dé la orden para demoler el resto de la antigua fortaleza e iniciar la segunda campaña de obras, que en pocos años va a dejar el edificio terminado. La diligencia con que se lleva adelante el proceso constructivo -en 1554 las obras están ya prácticamente concluidas- se corresponde con una inteligente arquitectura desinhibida de las exigencias representativas que tanto condicionaban los alcázares urbanos. Dos Cuartos independientes pero iguales, enfrentados sobre la diagonal del patio al que cada uno abre su propia escalera y corredor, estructuran la disposición de los aposentos según una clara jerarquía de estancias y recorridos. El palacete reinterpreta a su manera el concepto clásico de villa, y su rotunda geometría, enmarcada por las torres angulares, deja paso a una nueva relación con el paisaje al que abren dos dilatados corredores que ocupan en su totalidad las fachadas norte y mediodía. El Pardo es un hito en la arquitectura cortesana y el edificio más importante que nos ha llegado de Luis de Vega.

 

Mientras avanzan las obras de la casa principal se levanta frente a ella casa de oficios y algo más distante la llamada Torre de la Parada, primera obra que los cronistas atribuyen a un deseo personal del príncipe Felipe. Su construcción corrió pareja a la del palacete y en 1548 una y otra estaban prácticamente terminadas[20].

 

Definitivamente asentado Vega en Madrid, datan de entonces sus escasas intervenciones en arquitectura religiosa. Dirige a partir de 1538, la construcción de la capilla del obispo de Calahorra, don Alonso de Castilla en el convento madrileño de Santo Domingo, incluyendo un nuevo y monumental pórtico de acceso a la iglesia. Las obras de la portada las contrata Fernán Pérez de Alviz estipulándose que todo ha de quedar “a contento del señor Luis de Vega”[21].

 

De otra parte, terminada la fachada de acceso al alcázar, en marzo de 1548 se da orden para demoler la antigua iglesia de San Gil que había quedado en una comprometida posición, demasiado próxima al frente del renovado palacio. El templo se trasladó a un solar en la esquina de la calle de San Juan encargándose Vega levantar el nuevo edificio, cuyas obras estaban en 1552 tan avanzadas como para poder contratarse la talla de los retablos[22]. Aunque el crucero y la cabecera fueron completamente reformados a principios del siglo XVII cuando se regularizó la calle del Tesoro, el pórtico de acceso conservó su primitiva arquitectura. Ponz, que pudo aún verlo, nos dejó esta escueta descripción: “Las puertas de la iglesia son algo antiguas, y tienen ciertos bajorrelieves, escudos de armas y otras cosas ejecutadas por el estilo de Berruguete. Por ventura se harían en tiempos de Carlos V para la que era parroquia de San Gil o para otra parte. La misma antigüedad indican las columnillas del atrio”[23].

 

También intervino Vega en el convento de San Felipe el Real, cuya construcción alentó el príncipe Felipe durante los años de su estancia en Madrid. Situado en la calle Mayor cerca de su desembocadura en la Puerta del Sol, los frailes agustinos tomaron posesión del sitio en 1547, pero las obras tuvieron que enfrentarse a la oposición tanto del cabildo metropolitano como de las autoridades de la Villa, y la iglesia no fue bendecida hasta febrero de 1553[24]. Aunque el padre Flórez que residió en el convento se quejara de no haber podido encontrar documentación sobre quien fue su autor, recientemente se ha podido confirmar la presencia de Luis y Gaspar de Vega dando las condiciones del cuarto del monasterio y el claustro[25].

 

A medida que se consolidaba la posición de Luis de Vega, fue tejiéndose en torno suyo una tupida red clientelar. Además de su relación con Gaspar de Vega y su cuñado Francisco Villalpando -que tienen nombre propio en las obras reales-, Luis era tío del carpintero Yuste de Vega, oficial muy reconocido en el difícil arte de la carpintería, responsable de alguna de las más deslumbrantes techumbres del alcázar madrileño. Y a través de la que sería su segunda mujer, la joven viuda Florentina Alonso, enlazó con los Valencia, uno de cuyos miembros, Esteban de Valencia, albañil y carpintero, será adjudicatario de obras tan importantes como la cubierta de las Caballerizas o las armaduras de la torre nueva[26]. Florentina aportó al matrimonio un hijo ya crecido, Juan de Valencia, que tras el fallecimiento de su padrastro será contratado como ayudante de Juan Bautista de Toledo iniciando así lo que será una destacada carrera al servicio de la corona.

 

En 1548 el príncipe Felipe deja España, llamado por su padre, quedando el gobierno del reino en manos de su hermana María y su esposo Maximiliano. Una ausencia que se prolongará durante tres años tiempo en el que Luis de Vega acaba por asentar su papel al frente de las obras reales. Basta contemplar su actividad en 1550. Además de dirigir las obras del alcázar madrileño y la construcción del nuevo templo de San Gil, acaba de arrancar la segunda fase del nuevo palacio de El Pardo, visita en febrero las obras de Toledo para informar sobre la envenenada construcción del patio, sigue a Aranjuez donde da las órdenes para reconstruir la presa que se había llevado el río. En julio comienza los reparos en el cazadero del Bosque de Segovia, y en agosto marcha a Sevilla en compañía de Gaspar al que deja a cargo de los trabajos en aquel alcázar. El maestro mayor no da abasto y no extraña que se reiteren las ayudas de costa, aunque apenas le sirvan para cubrir los gastos[27]. En abril de 1551, esperando ya el regreso del príncipe, se queja al secretario Vázquez de Molina: “Yo ando como vuestra merced ve, entendiendo en todo con no mas de quatro reales de partido que se le dan a un ruin moço jornalero y con no mas de esto voy los caminos que vuestra merçed vee que ando y en las cosas que entiendo”[28].

 

Todos los historiadores coinciden en la importancia que para la formación del heredero tuvo aquel primer viaje fuera de España. A su regreso, Felipe vuelve dispuesto a gobernar y siendo ya consciente del papel que tiene la arquitectura como expresión del poder de la monarquía. Instalado en el alcázar de Madrid en septiembre de 1551, entre el fragor de las obras que dirige Vega, el maestro mayor termina de ganar su respeto y confianza. Una cédula fechada el 12 de junio de 1552 acaba por sancionar su dedicación completa a las obras reales, duplicándole el salario para cubrir todo el año y no solo los seis meses a los que hasta entonces estaba comprometido[29]. Merced similar se hace a Covarrubias, aunque haga tiempo que permanezca confinado en la ciudad del Tajo y haya dejado de acudir a Madrid. Todo lo contrario de lo que sucede con Luis de Vega, enviado una y otra vez a terciar en las obras del alcázar toledano donde su presencia es requerida cuando se inician los trabajos de la galería de la fachada, de las arquerías del patio y del frente de las escaleras, trabajos que se adjudican a su sobrino Gaspar y a Francisco de Villalpando[30].

 

El reconocimiento que supone la cédula de junio de 1552, no es ajeno a que en esa misma fecha Vega reciba un nuevo encargo del príncipe, la reconstrucción de la llamada Casa del Bosque de Segovia en Valsaín. Ya un par de años antes el arquitecto había tenido que reparar el edificio, pero ahora se trata de obras de otro alcance que significarán la completa reconstrucción del viejo cazadero. Para ello era necesario crear una nueva estructura administrativa ordenando el príncipe se hiciera todo bajo la autoridad del maestro mayor, aunque dado que este no podía dejar las obras madrileñas, se enviaba a residir allí de asiento a su sobrino Gaspar. Era la misma fórmula empleada un par de años atrás en Sevilla.

 

La autonomía que a partir de entonces va a ir adquiriendo el menor de los Vega, nos obliga a intentar separar que hay suyo y qué de su tío, en la arquitectura del nuevo palacio, llamado a ser una de las residencias favoritas del monarca. La reconstrucción de las arquerías del patio y la primera escalera -luego modificada por Gaspar-, pueden ponerse en su haber. Lo mismo la decisión de modernizar la imagen del edificio rodeando con corredores abiertos sus tres crujías, -la de oriente donde estaba el Cuarto del Rey, la de mediodía donde se abría el acceso principal y la de poniente hacia la casa de servicio- un recurso que Luis de Vega ya había empleado antes en el alcázar madrileño. Sin embargo, en el corredor de la “delantera”, con la alternancia de ventanas rasgadas y óculos, en el patio de las Caballerizas o el nuevo y poderoso pórtico de acceso del frente de poniente sería más probable ver la mano de su sobrino.

 

El príncipe Felipe y Luis de Vega vigilan desde Madrid el arranque de las obras, mientras abordan una serie de intervenciones para regularizar el entorno del alcázar, alineando la calle de San Juan, nivelando y despejando la plaza y cerrándola frente al palacio con la construcción de un monumental edificio para las caballerizas reales. Edificio sin precedentes en nuestra arquitectura palaciega, donde el maestro mayor va a ensayar una novedosa tipología con una secuencia de tres naves yuxtapuestas, abovedadas para intentar evitar el riesgo de incendios. Costó arrancar los trabajos, que requirieron la compra y demolición de varias casillas, y no fue hasta mediados los años cincuenta, ya regresado Gaspar de Vega de Flandes, cuando el edificio empezó a asomar sus fábricas. La alternancia en la fachada de espejos y huecos de acusado dovelaje remite al mismo lenguaje expresivo de Valsaín.

 

Siempre a la sombra del maestro mayor, la figura de su sobrino iba cogiendo vuelo, y estando el príncipe en Valladolid, donde va a esperar se concluyan las negociaciones acerca de su segundo matrimonio, Gaspar intenta por todos los medios hacer méritos para incorporarse al séquito del heredero. Pero sus deseos tendrán que esperar porque en agosto de 1554, a punto de embarcar, Felipe ordena ampliar las estancias del alcázar segoviano y vuelve a poner las obras a cargo de los Vega, repitiendo la misma fórmula empleada en el palacio del Bosque[31]. Gaspar dirigiría las obras, aunque la responsabilidad última quedara en manos de su tío a quien todo debía consultarse. Sólo una vez ordenados los trabajos, pudo Gaspar partir hacia Inglaterra.

 

Con el rey fuera, las obras entraron en un cierto impasse del que iría sacándolas una correspondencia al principio espaciada, pero que fue haciéndose poco a poco más vivaz. No era Luis de Vega muy aficionado a coger la pluma, cosa que alguna vez se ha atribuido a su mala grafía. “Pyenso que es desabryda my mala letra”, escribía a Cobos en los años veinte, cuando trabajaba en su palacio[32]. Sin embargo, las cartas conservadas en Simancas no hacen más difícil su letra que la de otros servidores del monarca. Cierto que en esto de escribir se ve que los hay más diligentes y más perezosos. Covarrubias se lleva la palma, pero Luis de Vega no le va mucho en zaga.

 

El regreso a España de su sobrino, en abril de 1556 abre un nuevo tiempo. Vuelve Gaspar convertido en agente del rey, encargado de inspeccionar periódicamente las obras y trasmitir sus órdenes. El maestro mayor le acompaña y los dos Vega visitan juntos El Pardo, Madrid, Toledo o Aranjuez. La posesión del Tajo, siempre sometida a los caprichos del río, a sus crecientes y avenidas, es motivo continuo de sobresaltos. Con la presa, con los puentes y con la casa, la vieja residencia de los maestres de Santiago, donde seguían alojándose las personas reales. A duras penas resiste el edificio los embates y es necesario tomar urgentes medidas para repararlo. Informado el rey, ordenó evitar gastos habida cuenta de que pensaba rehacerla como se había hecho con Valsaín: “que no se hagan gastos que se puedan escusar porque como sabeis se a de derrocar todo y hedificar de nuevo”, escribía en marzo de 1558 al alcaide[33]. La correspondencia deja entrever que ya los Vega tenían preparado el proyecto.

 

De entonces data la participación de Luis de Vega en las trazas de una última residencia urbana, la del secretario Diego de Vargas en Toledo, casa importante de cuyas obras se encargó Francisco de Villalpando. En 1557 el solar se acordeló y a lo largo del año siguiente -siempre siguiendo el proyecto del maestro mayor- Villalpando contrató el conjunto de los trabajos de cantería y albañilería, incluyendo las pandas del interesante patio que resolvía sus frentes con una alternancia de arcos y dinteles. Es difícil saber que parte tuvo en esto Villalpando, pero a su muerte en 1561, el edificio estaba prácticamente terminado[34].

 

Interlocutores privilegiados del monarca, tío y sobrino, Luis y Gaspar, actúan a sus anchas en las obras reales levantando más de una ampolla entre el resto de oficiales. Luis Hurtado el veedor madrileño denunciaba el descontrol que se seguía de ser el pagador de aquellas obras pariente de los Vega. “Mientras los pagadores de las obras fueren parientes o deudos de los maestros que las tienen a cargo, nunca […] avra en ellas el buen gobierno y recaudo que conviene”, escribía al rey[35]. Y la designación, a petición del alcaide de Valsaín de un nuevo veedor -cargo que hasta entonces había desempeñado Gaspar de Vega-, fue interpretado como un revés fruto de la envidia que trataba de sembrar la desconfianza del monarca. Luis de Vega se apresuró a apoyar a su sobrino, informando del estado del palacete, “muy adelante y muy aventajadas de muy buenas obras. Hame espantado tantos hedifiçios e tan buenos […] que parece que escribieron a V. Magd. que no andava buen recaudo en la hazienda”[36]. Tanto revuelo se armó que desde Bruselas Felipe tuvo que apaciguar los ánimos, escribiendo a los maestros y haciendo merced a Gaspar del importe de una cuantiosa deuda que todavía el doctor Beltrán -el del palacio de las Dueñas- mantenía con su tío Luis[37].

 

El saldo del enfrentamiento era incierto, aunque Gaspar mantenía sus expectativas. Por su parte el viejo maestro mayor, que seguía gozando del respeto y consideración del monarca, atendía, más allá de polémicas y suspicacias, las obras que tenía encomendadas. Terminó el grueso de la ampliación del alcázar madrileño, a falta de los últimos trabajos, solados, yesos y carpinterías. Frente al edificio, en las Caballerizas cerradas las bóvedas y colocadas las pesebreras, comenzó a levantar el cuerpo alto. Y en El Pardo completó la segunda fase de las obras que en 1558 podían darse por terminadas[38]. Sólo restaba limpiar el entorno del palacete plantando plazas y calles arboladas. Vega además abrió un caz para llevar el agua de un arroyo cercano hasta las fuentes de la casa. Tanta diligencia contrastaba con la desidia de los oficiales toledanos incapaces de desatascar las obras de aquel palacio.

 

Felipe regresó a España en octubre de 1559, instalándose en el alcázar de Toledo donde tenía convocadas las cortes de Castilla y aguardando allí la llegada de la reina Isabel de Valois. Celebrado el matrimonio en Guadalajara, de regreso a la ciudad imperial Isabel se aposentó por primera vez en el alcázar madrileño, en los cuartos recién terminados de la ampliación, convenientemente alhajados para el acontecimiento. Supongo que para Luis de Vega aquel fue un gran momento, aunque no tuviera del todo claro cual iba a ser a partir de entonces su papel. De momento ni él ni su sobrino son llamados a Toledo ni a Aranjuez, donde el rey convoca muchos de los oficiales extranjeros que empieza a contratar. Entre ellos llegará Juan Bautista de Toledo en cuyas manos se van a poner los costosos trabajos para la navegación del río.

 

Eso no quiere decir que Luis de Vega esté ocioso. Reforma el interior del palacete de El Pardo abriendo por orden del rey dos grandes galerías tras los corredores de Cierzo y Mediodía. Espacios importantes para la historia del arte, los primeros en los que pintura y arquitectura van a compartir protagonismo. Y mientras, en Madrid completa el piso alto de las Caballerizas y ultima los remates del alcázar -el enlosado del patio nuevo, por ejemplo- dejando el edificio preparado para acoger a la corte que se va a instalar definitivamente en el palacio en junio de 1561.

 

Poco tiempo de vida le queda al maestro mayor. Pero lo suficiente para que aún pueda ocuparse de las primeras obras que Felipe, una vez instalado en el alcázar, ordena. Entre ellas la nueva torre que dará un aire tan distinto al edificio con sus fábricas de ladrillo a la flamenca y las grandes ventanas que llenan de luz sus estancias. Quiere el rey prolongar desde ella un pasadizo hasta las caballerizas cerrando todo el flanco de poniente de la plaza y parece que Luis de Vega tuvo que volver a coger los útiles de dibujo, trazar, incluso preparar un modelo de todo aquel frente de palacio. Luego nada terminó por hacerse y el maestro apenas pudo ver arrancar los muros de la torre que tras su fallecimiento concluirá Juan Bautista.

 

En el verano de 1562 acompaña a los soberanos a Valsaín con el orgullo de ver disfrutar a la familia real en el renovado palacio. Reencuentro con su sobrino Gaspar, un tiempo apartado en aquellas lejanas obras, pero que ahora parece recuperar la confianza del monarca. Con esa tranquilidad vuelve Vega a Madrid donde tiene encomendado un nuevo trabajo. Captar y conducir las aguas desde el arroyo del Abroñigal hasta el lejano alcázar, si es que el caudal y el nivel lo permiten. Difícil empresa que viene a demostrar una vez más la versatilidad de sus conocimientos.

 

El 5 de noviembre de 1562, enfermo en sus casas de la madrileña calle de Toledo dicta su testamento, falleciendo tres días después, el 10 de noviembre de 1562. Pidió ser enterrado en el monasterio de la Concepción Jerónima, donde reposaban los restos de su hermano, el padre de Gaspar[39]. El mismo día Hoyo notificaba su muerte al rey, “Luis de Vega acabo –hera buen honbre y hara falta en lo de aqui. Dios le tenga en su gloria. Dizenme que su muger y hijos quedan muy pobres, razon será que V. Magd. se apiade dellos y les haga alguna merced”. Al margen el monarca responde: “En verdad que ha sido perdida que hera muy buen honbre y a su paso hazia harto. Veremos lo que pretenden que rrazon sera hazerles merced”[40]. Por de pronto una cédula del 26 de enero de 1563 ordenaba pagar a Florentina Alonso lo que montare el salario y jornal de Vega durante un año, “para el cumplimiento de su anima”[41].

 

La historiografía no ha sido justa con Luis de Vega. Aunque su nombre apareciera ya destacado en las noticias de Llaguno, fue después quedando relegado frente a la presencia de Covarrubias cuya fama terminó por oscurecer su figura. Sin embargo, de los dos maestros mayores contratados por el emperador, Vega es quien acabó ganándose la confianza de la corte, dejando su huella en todos los palacios e interpretando por primera el papel de maestro mayor de las obras reales. Su arquitectura fue evolucionando desde el tardo-plateresco de las fachadas de Alcalá o Toledo, hacia un manierismo más expresivo que puede verse ya en el alcázar madrileño o en la fachada de las Caballerizas. Él supo encontrar un tono propio para la arquitectura palaciega en el comienzo del reinado. Trasladar a las casas reales el optimismo de un monarca y de un tiempo de nuevas experiencias, optimismo pronto ahogado por el irresistible vendaval escurialense.

 

FUENTES ARCHIVÍSTIVAS

AGP. SA. ARCHIV – O GENERAL DE PALACIO. SECCIÓN ADMINISTRATIVA

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  2. ADD. – BRITISH LIBRARY, ADDITIONAL

 

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JOSÉ MANUEL BARBEITO DÍEZ

FECHA DE REDACCIÓN: 22 DE NOVIEMBRE DE 2019

FECHA DE REVISIÓN: 15 DE DICIEMBRE DE 2019

 

NOTAS

[1] José García Oro, El cardenal Cisneros. Vida y empresas, Madrid 1992-93. T. II, pp. 285-299. Otro Pedro de Vega se cita como “oficial de las casas [de la Universidad] que manda hacer el cardenal [Cisneros]”, Miguel Ángel Castillo, Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares, Madrid 1980, p. 43, n. 12.

[2] Fernando Marías, “El arquitecto de la Universidad de Alcalá de Henares”, en La Universidad Complutense y las Artes, Madrid 1995, pp. 125-135. Los registros de los pagos demuestran como continuó ejerciendo el cargo hasta su fallecimiento, en contra de la opinión de que lo hubiera dejado al ser nombrado maestro mayor de las obras reales. Castillo, M.A., (1980), p. 43

[3] Miguel Ángel Castillo, Ciudad, funciones y símbolos. Alcalá de Henares un modelo urbano de la España moderna, Alcalá de Henares 1982, p. 135.

[4] Como ya hiciera notar V. Gerard, aunque la historiadora francesa pensara más en Alonso de Covarrubias que en Luis de Vega. Veronique Gerard, De castillo a palacio. El alcázar de Madrid en el siglo XVI, Madrid 1984, pp. 44-45. Marías no duda en darle un papel decisivo en el proyecto. Fernando Marías, “Orden arquitectónico y autonomía universitaria: la fachada de la universidad de Alcalá de Henares y Luis de Vega”, Goya, nº 217-218, (1990), pp. 28-40

[5] Castillo, M.A., (1980), p. 13 sobre documentos del Archivo Histórico Nacional, Sección Universidades

[6] Castillo, M.A., (1980), docs. 11 y 12, pp. 132-133

[7] Castillo, M.A., (1980), pp. 78-79

[8] Hayward Keniston, Francisco de los Cobos, secretary of the Emperor Charles V, Pittsburg 1960, (ed. Esp., Madrid 1980), pp. 181-182

[9] Jesús Urrea, “El palacio real de Valladolid”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, BSAA (1975), pp. 241-250. Javier Rivera, El Palacio Real de Valladolid, Valladolid 1981, pp. 145-146

[10] Jesús Urrea, “El arquitecto Luis de Vega (c. 1495-1562)” en A Introduçao da Arte da Renascença na Península Ibérica, Coimbra 1981, pp. 147-168

[11] Esteban García Chico, “El palacio de los Dueñas de Medina del Campo”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, BSAA (1949-1950), pp. 87-110

[12] Eugenio Llaguno, Noticias de los arquitectos y arquitectura de España desde su restauración, Madrid 1829, (reed. 1977), T.II, p. 7 que piensa erróneamente que la villa pudo haber sido levantada a la par que se reedificaba el palacete de El Pardo

[13] Earl. E. Rosenthal, The palace of Charles V in Granada, Princenton 1985, (ed. Esp. Madrid 1988), pp. 18-22 donde se lleva a cabo un pormenorizado análisis de las primeras obras del arquitecto. A este respecto, señala Rosenthal como “Vega’s flexibility in matters of style and taste seems to have been an important factor in his continuing success”.

[14] Manuel Gómez-Moreno, Diego de Siloé, Granada 1963, p. 79

[15] A la cédula despachada el 21 de diciembre de 1537 se refiere después el príncipe Felipe cuando en 1552 ordena se les cumplan los 25.000 maravedís correspondientes al otro medio año. AGP. CR. T. I, fols. 139vº-140

[16] Gerard, V., (1984), documentó la sola presencia de Covarrubias en obras como la de la escalera adjudicada en mayo de 1536. Ambos maestros asistieron juntamente a la tasación cuatro años después. Javier Gómez Martínez, “Alonso de Covarrubias, Luis de Vega y Juan Francés en el alcázar real de Madrid (1536-1551), Academia, nº 74 (1992), pp. 201-223

[17] Marías, F. (1995) p. 129, n. 13

[18] Llaguno, E., (1829), T.II, p. 8, n. 3.

[19] Araceli Martínez, “Proceso arquitectónico del Palacio Real de El Pardo en el siglo XVI”, Reales Sitios, nº 76 (1983), pp. 11-16

[20] Como recoge el informe de la visita efectuada por don Francisco de Luzón en septiembre de 1548. AGS. CySR. Leg. 247.1, fol. 3. De este informe ya se hizo eco Juan José Martín González, “El Palacio de El Pardo en el siglo XVI”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, BSAA (1970), pp. 5-41

[21] Margarita Estella, “Los artistas de las obras realizadas en Santo Domingo el Real y otros monumentos madrileños de la primera mitad del siglo XVI”, Anales del Instituto de Estudios Madrileños, T. XVII (1980), pp. 41-65. Ya Eugenio Llaguno pensaba que podía atribuírsele, siguiendo razones estilísticas, el pórtico de la iglesia.

[22] Gerard, V., (1984), pp. 125-126

[23] Antonio Ponz, Viaje de España, Madrid 1772-1794, (reed. 1988). T.V, p. 105

[24] Gil González Dávila, Teatro de las grandezas de la villa de Madrid, Madrid 1623, p. 243. Jerónimo de Quintana, A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid, Madrid 1629, L. II, p. 411

[25] Juan Herranz, “La creación de una divisa: el Príncipe Felipe, Gaspar de Vega y el monasterio de San Felipe el Real de Madrid”, Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte (UAM), (1993), pp. 91-98

[26] José Manuel Barbeito, El alcázar de Madrid, Madrid 1992, pp. 38 y 58

[27] 50 ducados el 1 de octubre de 1548 (AP. CR. T.I, fols. 37vº-38), 50 ducados el 3 de enero de 1550 (AP. CR. T.I, fol. 46), 50 ducados el 20 de agosto de 1550 (AP. CR. T.I, fol. 80), 60 ducados el 7 de noviembre de 1551 (AP. CR. T.I, fol. 108, 100 ducados el 15 de diciembre de 1551, ya vuelto el príncipe (AP. CR. T.I, fols. 108vº-109)

[28] AGS. CySR. Leg. 247.2, fol. 3. Cuatro reales era el jornal diario que se pagaba a Vega al margen de los 25.000 maravedís de salario

[29] AGP. CR. T.I, fols. 139vº-140. De momento es una merced que se concede para ese año y que tendrá que volver a solicitar los años sucesivos

[30] AGP. CR. T.I, fols. 151vº, 152

[31] José Manuel Barbeito, Gaspar de Vega y las obras del Alcázar de Segovia, Segovia 2017, pp. 23-28

[32] Urrea, J., (1975), pp. 245-246

[33] AP. CR. T.II, fols. 43vº-44vº. El rey a Medrano, 22 de marzo de 1558

[34] Fernando Marías, La arquitectura del Renacimiento en Toledo (1561-1631), Vol. IV, Madrid 1986, pp. 84-87

[35] AGS. CySR. Leg. 247.1, fol. 13, Luis Hurtado al rey, 31 de agosto de 1556

[36] AGS. CySR. Leg. 247.1, fol. 22, Luis de Vega al rey, 5 de agosto de 1558

[37] AP. CR. T.II, fols. 52vº-55vº. Idem. fols. 56vº-58 para el pago de la deuda del doctor Beltrán.

[38] Bartolomé de Santoyo, ayuda de cámara del rey, que visitó el palacete en octubre de 1558 escribía al monarca que “estaba muy buena y acabada del todo”. AGS. CySR. Leg. 248, fol. 66

[39] Luis Cervera, “El testamento de Luis de Vega y los de sus dos mujeres”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, (1978), pp. 143-176

[40] BL. Add. 28350, fol. 315, Hoyo a Felipe II

[41] AP. CR. T.II, fol. 275. La situación de extremada pobreza es un tópico repetido entre los servidores del monarca. Vega había sido siempre bien pagado y su mujer Florentina Alonso descendía de unos ricos propietarios de Valdemoro. Cuando su hijo Juan de Valencia tomó las órdenes su madre pudo darle más de 200.000 maravedís de lo que le correspondía de su futura herencia. Cervera, L., (1978)

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