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El Escorial. Fachada del Mediodía de El Escorial. Atlas de Blaeu. 1672. BNE. R/24212
JUAN BAUTISTA DE TOLEDO

 

Arquitecto (ha. 1515-Madrid 19 de mayo de 1567)

 

El lugar y la fecha de nacimiento de Juan Bautista de Toledo solo puede ser por el momento tema de suposiciones. Respecto a lo primero se han barajado distintas opciones sin que ninguna haya quedado documentalmente respaldada, y en cuanto a lo segundo, al comparecer el arquitecto en un pleito en 1565 decía ser de unos cincuenta años de edad, lo que nos permitiría fijar su venida al mundo hacia 1515[1].

 

La falta de datos que oscurece su biografía en los años anteriores a su entrada al servicio real, tampoco deja precisar dónde ni cómo se formó. Una tradición antigua entre nuestros historiadores le vincula con el mundo italiano situándole en Roma, trabajando en la fábrica de San Pedro en tiempo de Miguel Ángel[1][2]. Es aceptada por numerosos estudiosos su identificación con un Juan Bautista de Alfonsis que entre diciembre de 1546 y septiembre de 1548 aparece en las cuentas de la fábrica vaticana como segundo arquitecto bajo las órdenes del gran florentino dirigiendo, entre otras cosas, la construcción del modelo de madera para la cúpula[3]. Pero a falta de evidencias esta es una suposición que hay que seguir tratando con cautela. A favor juegan su talento y capacidad que avalan pudiera haber desempeñado semejantes tareas, así como su indudable conocimiento de la arquitectura romana. Pero en contra queda, el que nunca sacara a relucir ese pasado, ni siquiera cuando sus proyectos fueron más cuestionados, y eso a pesar del incuestionable prestigio que la figura de Miguel Ángel tenía en la corte madrileña. No deja de sorprender el silencio del arquitecto frente a los ataques de quienes carecían del respaldo que esos méritos daban.

 

Segura es su estancia en Nápoles ciudad a la que se habría trasladado al dejar Roma, siendo virrey don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca. Ponz fue el primero en hacerse eco de su presencia allí señalando como el virrey le habría empleado en muchos y magníficos edificios, procurándole “el honor de ser arquitecto del señor emperador Carlos V y director de las reales fábricas de aquella ciudad, en donde hizo la iglesia de Santiago de la nación española y un palacio excelente en Puzol; habiéndose también ejecutado en esta última ciudad varias fuentes y otros adornos por diseño y dirección suya”[4]. No acertaba el académico al atribuirle estos proyectos, pues tanto la calle de Toledo, la iglesia de Santiago o el palacio virreinal de Pozzuoli están hoy atribuidos a Ferdinando Manlio -Ferrante Maglione- que hasta su muerte en 1572 trabajó como arquitecto de los virreyes.

 

Los historiadores napolitanos le adjudicaron -en base a documentos hoy perdidos- la dirección en los años cincuenta de las obras de uno de los cuatro baluartes del Castelnuovo. La destrucción de gran parte de los fondos del archivo virreinal en la Segunda Guerra Mundial fuerza a dar crédito a estas noticias, ahora imposibles de confirmar. Sí, en cambio, se conservan registros de su trabajo en las obras de desecación de un amplio territorio al este de la ciudad con la construcción de acequias, diques, puentes y caminos que testimonian su pericia como ingeniero, en un tipo de intervenciones como las que después va a tener que realizar en Aranjuez[5].

 

Quién recomienda su persona al rey y por qué éste le recibe a su servicio es un tema aún pendiente de aclarar, pero la estancia en Italia del Gran Duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo, pudo haber sido determinante. Alba fue enviado a finales de 1555 como virrey a Nápoles dirigiendo desde allí las operaciones contra los ejércitos del papado y sus aliados, las tropas francesas. El duque tuvo que emplearse a fondo en una difícil campaña, aunque encontró también tiempo para otras ocupaciones más placenteras como atender el ornato de su hermosa posesión cacereña de la Abadía con destino a la cual encargó entonces la construcción de diversa esculturas y fuentes monumentales[6].

 

Alba estaba deseando regresar junto al monarca y a comienzos de 1558 volvió a Bruselas. Es evidente que nadie mejor que él pudo haber recomendado al arquitecto, al que una cédula despachada en Gante el 15 de julio de 1559 ponía al servicio del rey con un discreto salario de 220 ducados anuales[7]. Para entonces Felipe II tomaba las últimas disposiciones antes de su regreso a España después de largos años de ausencia y el 23 de agosto se hacía a la vela en el puerto de Flessingen. Dos semanas más tarde, el 8 de septiembre, desembarcaba en Laredo.

 

En cuanto a Juan Bautista, no conocemos las circunstancias de su llegada a España, pero a finales de 1560 se encontraba ya en Toledo, ciudad donde el monarca había instalado su corte. Incómoda la familia real en un palacio a medio hacer, ahogado en el interior de la población, Aranjuez se convierte pronto en escenario de continuas escapadas. Allí, en la hermosa posesión del Tajo, se reúnen buena parte de los numerosos oficiales que viene de Francia, Italia o Flandes y que en los próximos años van a revolucionar las obras reales bajo la atenta vigilancia del secretario Pedro de Hoyo.

 

Entre ellos se encuentra Juan Bautista de Toledo. El 27 de enero de 1561 Hoyo escribe al rey sobre las diferencias en las plantías de la “huerta de los árboles”, y piensa “que no se perdera nada en que venga Joan Baptista a ordenar como ha de ser la cerca”, a lo que apunta el rey “de Joan Baptista no he sabido nada despues que vine […] quando este para esto ira alla si el no estuviere malo”[8]. Primera vez que encontramos citado su nombre en la correspondencia entre el rey y el secretario.

 

Con la mirada del monarca atrapada todavía por lo visto en Inglaterra y Flandes, ordena al arquitecto se ocupe de una importante obra sobre el curso del río que incluye la construcción de una “empalizada” para estabilizar el cauce y de unas esclusas que permitan la navegación en un tramo cercano al palacio. Sobre esta última cuestión habrá muchas dudas y la propuesta de Juan Bautista competirá con otras presentadas por los flamencos Gauthier Tirión y Jacques de Grouve, oficial que como recuerda el rey, “entendio en las sclusas que se hizieron para Bruselas que yo he visto y están muy buenas”[9]. Tan en su cabeza las tenía el monarca, que pidió se hiciera un modelo de aquellas compuertas con todos sus mecanismos para que sirviera de referencia en Aranjuez[10].

 

Poco después, reunido Hoyo en abril de 1561 con la plana mayor de la posesión, el gobernador Patié, el mayordomo Alonso de Mesa, Juan Bautista y Juan de Castro -oficial de antiguo vinculado a aquellas obras y que había construido los puentes de madera que cruzaban el rio- se ponen en marcha los trabajos y se distribuyen las responsabilidades. Además de la provisión de grandes cantidades de piedra, cal y arena, se manda aserrar los rollizos, forjar las puntas de hierro y construir una serie de novedosos ingenios para hincarlos siguiendo las instrucciones del arquitecto. Una revolución en la anquilosada inercia de aquellas obras. A Juan Bautista también se le ordena dar la traza para la llamada “casa de los materiales” donde se han de guardar los acopios, construcción utilitaria en la que no quiso el rey se empleasen demasiados recursos[11].

 

Contratado a comienzos de julio el primer tramo de la empalizada, el día 29 de ese mes se informa que ya están trabajando en Aranjuez 15 carpinteros “que por orden de Juan Bautista vinieron de Toledo a labrar la madera de la palizada”. Ya desde entonces, nada más adjudicarse las obras, empiezan a manifestarse las primeras reticencias hacia una empresa cuyo coste preocupaba, temiendo “el gasto que se a de hacer por la orden que Juan Bautista tiene dada y no se si será tan acertada”, apuntaba Alonso de Mesa[12].

 

Es precisamente en la instrucción que se despachó a Mesa al nombrarle en junio de 1561 contador y veedor de las obras de la posesión cuando se oficializa por primera vez el papel del arquitecto, ordenando que “en todo lo que de aqui adelante se huviere de hacer que sea cosa de sustancia, se tomara el boto y paresçer de Joan Bautista de Toledo nuestro architecto para que se vea mejor que obras y cosas converna darse a destajo y quales a tasación y quales se haran a jornal”. Tajante y contundente orden, pero a la que tampoco hay que dar más alcance del que tiene, reducida como está, a la consulta sobre la forma de contratación y no más[13]. Conviene recordar que en Aranjuez ni hay un plan que prevea una actuación de conjunto, ni un maestro mayor que la dirija, tal como sucede en los otros palacios.

 

No tenía fácil Juan Bautista hacerse un lugar en las obras reales. Éstas se gobernaban por una estructura consolidada encabezada por Covarrubias y Luis de Vega, los maestros mayores del emperador que habían reformado los alcázares de Sevilla, Toledo y Madrid. Después Luis de Vega levantó el palacio de El Pardo y junto a su sobrino Gaspar renovó por completo el de Valsaín. También atendieron las obras de Aranjuez donde se abrieron las primeras calles, se construyeron los dos puentes sobre el Tajo y el Jarama y probablemente trazaron el proyecto de un nuevo palacio que sustituyera la vieja casa de los maestres. Es verdad que ahora, vuelto el rey, todos estaban a la expectativa, pero no es menos cierto que resultará complicado encontrar un resquicio que permita a Juan Bautista encontrar un sitio en aquel cerrado mundo. Cuando en el otoño de 1562 alguien presente al rey una relación de los salarios consignados, todavía Felipe escribirá de su propia mano al margen de los nombres de Juan Bautista y del maestro Esquivel “será bien decir lo que han de hacer estos dos y la obligacion que tienen, que os dire”, señal de que todavía no estaba muy claro y que quizás solo el rey supiera para qué les había contratado y en qué quería ocuparles[14].

 

Entre tanto, muchas cosas habían pasado. En junio de 1561, mientras arrancaban las obras de Aranjuez, la corte dejó la ciudad imperial y se trasladó a Madrid, al renovado alcázar, buscando un acomodo que el palacio toledano no podía darle. Seguramente tampoco fuera ajeno a la decisión del monarca el que aquella Semana Santa, después de muchas dudas, eligiera el lugar de El Escorial para asentar el monasterio, comenzando inmediatamente las gestiones para adquirir la dehesa de la Herrería.

 

Aunque las crónicas escurialenses rodeen la elección del emplazamiento de una aureola en la que el rey figura acompañado de un conjunto de filósofos, médicos y arquitectos en el mejor espíritu vitruviano, parece improbable que Juan Bautista estuviera en el reducido grupo de cortesanos que siguieron entonces al monarca en su retiro a Guisando. Le hemos encontrado en abril en Aranjuez y sabemos que en junio después de asistir en Toledo a la contratación de las obras de la empalizada, quedó enfermo en la ciudad. Sólo un mes más tarde, atendiendo las órdenes del rey, pudo trasladarse a Madrid. Es posible por tanto que no fuera hasta finales del verano o principios del otoño cuando visitara por primera vez el sitio y pudiera levantar un plano sobre el que empezar a pensar en posibles trazas[15].

 

Trazas que el rey no parece haber dudado nunca de quien quería que las hiciera. Basta con ver como el 12 de agosto de 1561 se despacha una cédula a Juan Bautista que eleva su salario hasta los 500 ducados anuales nombrándole “architeto” del rey, con la obligación de “hazer las trazas y modelos que os mandaremos”, sin concretar cuales, pero apuntando claramente a un trabajo que poco tiene que ver con lo que habían sido hasta entonces sus obligaciones en Aranjuez.

 

Los responsables de la posesión seguían con preocupación aquellos “nuevos negocios” en que se ocupaba al arquitecto, negocios que hacían menudear sus ausencias. No volvió por Aranjuez hasta septiembre, acompañando a Hoyo, que dejó entonces dada la orden para empezar los trabajos de las esclusas, tal “como Su Magestad mando de palabra a Juan Bautista de Toledo”, eligiendo su solución frente a los pareceres contrarios de los flamencos[16]. Obra costosa y fallida en la que en los próximos años se enterrarán grandes recursos en una desigual lucha contra la fuerza del río.

 

Regresó a Madrid, pero en noviembre estaba otra vez en Aranjuez desde donde marchó hacia El Escorial para encontrarse con Hoyo y los padres jerónimos que visitan el lugar por primera vez. Juan Bautista va por su cuenta, señal de que conoce el sitio del que incluso ha elaborado ya un primer plano que tiene en sus manos el rey. Luego vuelve a Aranjuez donde espera la llegada del monarca que acude a pasar allí las Navidades.

 

Felipe no había estado en la posesión desde junio, así que pudo ver avanzados los trabajos, terminada ya la primera empalizada y en marcha las obras de la navegación. Pero ahora tiene otras cosas que tratar con el arquitecto. Juntos revisan las plantas enviadas por los jerónimos de los monasterios de su orden, en las que encuentran poco de provecho, porque a esas alturas Juan Bautista tiene ya una idea esbozada, la llamada “traza universal” que el rey aprueba.

 

Queda adecuar los dibujos para introducir las necesidades de los monjes, pero a finales de febrero de 1562 ya pueden Hoyo y el arquitecto presentarse ante los frailes con un proyecto definido. “La traça general muy bien les paresçio y a lo que senti avra pocas cosas que mudar de como V. Magd. Lo tiene hordenado”, escribe complacido el secretario[17].

 

Todo parece encaminado y el monarca ordena se asienten en El Escorial el vicario fray Juan del Colmenar y Andrés de Almaguer nombrado contador y veedor de las obras. Se habla entonces de adquirir una tercera casa para aposentar a Juan Bautista, pero de momento el arquitecto queda en Madrid avanzando sus dibujos[18]. En marzo de 1562 Hoyo informa como “Juan Bautista lleva ya en buenos términos la traça del monasterio. Hame embiado a decir que la acabaria para mañana a mediodia o para el lunes a mas tardar”[19].

 

Enfrascado en el proyecto, Juan Bautista frecuenta poco las obras de Aranjuez. Después de las Navidades regresó a finales de enero, aprovechando para “ver las esquadraturas que tenian hechas [… ] Geronimo de Algora en la huerta nueva y Juan de Urbeque [Holbeque] en el jardín de la isla”, según informa Mesa[20]. Pero ya no vuelve hasta el 19 de marzo cuando le convoca el rey que pasa por la posesión camino de Guisando. Ordenó fuera allí Juan Bautista “para ver lo de la pared y que lleve las trazas del monesterio, todas las nuevas y viejas para que alli le ordene lo que ha de hacer y se vuelva aqui [a Madrid] a acabarlas”[21]. Coinciden en Aranjuez con un ingeniero italiano, Francesco Paciotto que estudiaba la posibilidad de construir un canal hasta Toledo, y al que el monarca le pide eche una ojeada a los planos.

 

En abril el arquitecto está de nuevo en Aranjuez, donde deja una memoria de la madera necesaria para construir un modelo del monasterio, cuatro carros cargados, cantidad que al propio rey sorprende[22]. Es un modelo desmontable, de grandes dimensiones, distinto del que alcanzó a ver el padre Sigüenza y que él mismo describe como “un modelo general de madera aunque en forma harto pequeña”[23]. Enviado el príncipe don Carlos a residir en Alcalá de Henares, el modelo se hará en sus desocupadas habitaciones del alcázar.

 

Aquella Semana Santa de 1562, el rey había vuelto a pasar por El Escorial y aprobado el emplazamiento definitivo del monasterio con lo que se pudo empezar el desbroce y limpieza del terreno. Luego, la rutina de la vida cortesana se vio alterada con el accidente del príncipe que tuvo a todos en vilo a lo largo del mes de mayo. Entre Madrid y Alcalá el rey esperaba un funesto desenlace. Pero el peligro pasó, y tranquilizado el monarca en cuanto a la recuperación de su heredero, organiza una expedición a Aranjuez aprovechando el camino para estudiar el posible aprovechamiento de los ríos. Se barajan distintos pareceres, entre otros el de Paciotto, tildado de costoso e innecesario. Todavía entonces piensa Felipe si enviar a Juan Bautista “de asiento a San Lorenço y [que] llevase a acabar alla el modelo”[24].

 

Desechadas otras alternativas, las obras dirigidas por el arquitecto en Aranjuez cogieron más brío. Trabajaban aquel verano cerca de treinta canteros y “va ya levantado por ambas partes buena parte dello con muy hermosos sillares […] Es obra tan prolixa que da pesadumbre a los que estamos viendolo ansi por esto como por el gasto, pero ya esto va muy adelante”, escribía en septiembre Mesa, aunque se quejaba de que “en lo del sentar las puertas no se ha hecho ni haze nada” como tampoco en los mecanismos de las esclusas pendientes de la orden de Juan Bautista[25]. Sentían en la posesión que obras tan importantes no contaran con una presencia continuada del arquitecto, pero asumiendo que eso no era posible, le recriminaban que no supiera delegar ni dejar ordenadas las cosas, desconfiando siempre de lo que se hacía sin estar él presente. Un rasgo de su personalidad que le va a causar siempre dificultades.

 

Verdad es que para entonces Juan Bautista tenía otros problemas. En julio de 1562, Paciotto después de ver fracasada su propuesta en Aranjuez, volvió a revisar por orden del monarca el proyecto del monasterio. Y esta vez no se quedó callado. Lo que debía ser un informe rutinario se convirtió en una crítica feroz, crítica que se cebaba especialmente con la iglesia. “Desta dixo muchas faltas y que en todo caso conviene mudar la traça della”, escribía el secretario al rey, que, molesto, apostilla al margen: “Pues pone tachas, bien seria que las enmendase asi le decid […] que lo haga y que haga algunos borradores de su parecer”[26]. Paciotto comenzó entonces a preparar unos rasguños, aunque insistía en que la traza de la iglesia debía mandarse a Italia, idea que de momento el rey descarta por completo[27].

 

Este es un momento crucial en la vida de Juan Bautista. Parece increíble que si él fue el segundo arquitecto de San Pedro admitiera lecciones de quien no podía dárselas. Y que ni el rey ni nadie diera oídos contra alguien a quien su pasado acreditaba, a quien expresamente se había hecho venir de Italia para construir aquella iglesia. La cuestión todavía nos deja perplejos.

 

Evidentemente Juan Bautista no esperaba el golpe, y el secretario tuvo que hablar con él, “para allanarle el pecho”, cosa que también hizo el conde de Chinchón[28]. De pronto una sombra de desconfianza se cierne sobre su trabajo. En la misma carta en que Hoyo informaba que Paciotto estaba trabajando en la planta de la iglesia, se lamentaba de los daños de las crecientes en las obras de Aranjuez, echando en cara al arquitecto, como antes hicieran los oficiales de la posesión, la terquedad de querer hacer las cosas a su manera frente a la opinión de todos los demás: “Hame dado mucha pena que para los rreparos del daño de los muros sea menester tanto dinero. Ya podrá ser que visto por Joan Bautista le parezca otra cossa; pero çierto el se arrojo demasiado en aquella manera de fabrica haviendosele hecho las prevençiones y rrepreguntas que se le hizieron. De una o otra manera ello conviene rremediarse antes que se venga todo al suelo”[29].

 

La familia real pasó el verano en Valsaín disfrutando del palacio recién terminado, los jardines, el río, el bosque. Fueran cuales fueran las expectativas que se había hecho, Paciotto parece haber sucumbido a sus propias limitaciones y el monarca le despidió, mandándole de regreso a su tierra. Pero en cambio, en la euforia de aquella inolvidable estancia en el palacio segoviano, acabó ordenando a Gaspar de Vega que él también dibujara las trazas de un monasterio. Mala noticia para Juan Bautista porque hacía entrar en escena otro peligroso adversario.

 

Todo se vuelve contra el arquitecto que cae enfermo sin poder salir de Madrid ni atender las obras de Aranjuez. Preocupados de ver detenidos los trabajos y con el invierno encima, desde la posesión se envía a Castro y al maestro Gregorio de Robles, cada uno por su lado, a pedir órdenes. Y mientras en El Escorial, esperando se aclaren las cosas, se entretiene el tiempo asentando a los primeros frailes y despejando el terreno de rocas y broza.

 

Felipe sabe que es él quien tiene que desatascar la situación. Esperó a ver lo proyectado por Vega que llegó a Madrid a primeros de diciembre. “Hame mostrado esta noche la traça que trae hecha para un monesterio al proposito de los geronimos con su iglesia”, dirá Hoyo, que añade “A mi mucho me ha contentado lo general dello porque es muy desvahadado y tiene buenas cosas y si no me engaño lo mismo hara a los frayles”[30]. Con todo encima de la mesa el rey junta a sus consejeros, el secretario, el marqués de Cortes y el conde de Chinchón. Reunidos, sin los arquitectos ni los frailes, se toma una decisión: “que se haga la iglesia quadrada de la traza de Pachote”[…] el claustro grande de la traça de Joan Bautista […] la entrada de la Iglesia al modo de la traça de Joan Baptista […] el aposento de Su Magd. y offiçinas como esta […] todo lo rrestante del monasterio procurar de rrepartirlo como mejor convenga tomando algo de lo general de la traça de Gaspar de Vega”[31].

 

Desconcertante respuesta que parece batir en un mismo combinado soluciones muy diferentes pero que paradójicamente ayuda a despejar la situación. En cuanto a la traza universal, -lo que más importaba entonces- se iba a seguir el proyecto de Juan Bautista, pues la vaga referencia a lo trazado por Vega, debía ser poco menos que una alusión testimonial, que en todo caso remitía a la compacidad, a la voluntad de no dejar nada fuera de la traza.. Y en cuanto a la iglesia, vuelto Paciotto a Italia, sería Juan Bautista quien tuviera que concretar aquella traza “cuadrada” tomando como punto de partida su propio diseño. Así que la figura del arquitecto salía reforzada como la única alternativa posible para la continuidad del proyecto.

 

Otra circunstancia juega a su favor. El 10 de noviembre de 1562 había fallecido Luis de Vega, el viejo maestro mayor del emperador. Para su sobrino Gaspar de Vega, toda la vida preparándose para sucederle al frente de las obras, aquella era una oportunidad largo tiempo esperada. Pero el rey se va a tomar con calma el nombrar un sustituto. Por de pronto lo más urgente es formar un equipo en torno a Juan Bautista que le ayude en las trazas del monasterio. Se cuenta con Juan de Valencia, el hijastro de Luis de Vega que había quedado a cargo de sus papeles, persona bien preparada y que esperaba una merced. Fue recibido el 18 de enero de 1563 para que asistiera a Juan Bautista en “las traças y modelos que conviniere hazer para nuestro servicio y specialmente en las obras del alcaçar desta villa de Madrid y casa del Pardo y otras que en esta villa y su contorno se fabricaren”, asignándole un modesto salario de 100 ducados anuales[32]. Nadie le consulta este nombramiento al arquitecto, pero ese mismo día se le despacha otra cédula incrementando en 200 ducados su salario que pasaría de los 500 a los 700 ducados anuales: “para que con ellos tenga y sostenga de hordinario dos discipulos que sean habiles y sufficientes para que le ayuden a hazer las traças y modelos que hordenaremos y mandaremos y se huvieren de hazer para nuestras obras y a las demas cossas del offiçio de la architettura y para que en su lugar asistan en las obras y cossas que el les hordenare”[33]. Un mes después se recibiría a Juan de Herrera.

 

La tarea principal que tiene que enfrentar este reforzado equipo es el proyecto del monasterio de San Lorenzo. Sabe el rey que en Aranjuez la presencia de Juan Bautista no es tan necesaria y cuando en febrero de 1563 se ordenan las obras de las cocinas y caballerizas de Aceca: “que tenemos mandado que se hagan […] conforme a çierta traça que para ello esta hecha en poder de Joan Baptista de Toledo nuestro architeto y a la horden que el diere, y por estar como está el dicho Joan Baptista ocupado en otras cossas de nuestro servycio no podra asistir de hordinario a ver como se haze la dicha obra ha de nombrar en su lugar un aparejador sufficiente que lo haga proseguir”. A dicho aparejador –creo que el primero que se nombra en las obras reales- se le asigna un salario y jornal, “por rrata del tiempo que allí estuviere y sirviere con que çesando la obra çesse tambien el dicho salario y jornal”[34].

 

Entretanto llega a El Escorial el nuevo prior fray Juan de Huete, hombre autoritario, entendido en arquitectura y de fuerte carácter, con el que Juan Bautista no tardará en chocar. El arquitecto fue allí a primeros de marzo con las trazas corregidas que no parecieron encontrar oposición entre los jerónimos[35]. Para entonces ya estaban en la obra Pedro de Tolosa, el maestro cantero venido de Guisando que oficiará como primer aparejador, y Gregorio de Robles el aparejador de Aranjuez que ya había ayudado el verano anterior a Juan Bautista a cordelar y estacar el sitio del monasterio[36].

 

La Semana Santa de 1563 fue tardía; El rey marchó de nuevo a Guisando para pasar después por El Escorial camino de Valsaín. Juan Bautista quedó en El Escorial donde pudo asistir el 23 de abril de 1563 a la colocación de la primera piedra del monasterio. Una ceremonia discreta, de perfil bajo, que se celebra en ausencia del rey y sin la presencia del prior Huete, cuya mala salud le da la excusa para no asistir. La ceremonia queda pues constreñida al mundo de las obras que celebra con alborozo aquel decisivo momento. Fray Juan de San Jerónimo es consciente de su importancia y lo describe con detalle. Gracias a él conocemos lo que aquella piedra llevaba tallado. En una de sus caras se invocaba el auspicio divino, en otra se hace memoria del rey fundador y se graba el año 1563. La inscripción de la tercera reza: Joannes Baptista architectus major. Aprilis 23. Tras las oraciones y cánticos de rigor, Colmenar, Almaguer y Juan Bautista sentaron la piedra, ordenando el arquitecto le acompañaran a ponerla los dos aparejadores, Pedro de Tolosa y Gregorio de Robles. “La cual puesta y asentada por todos los ya dichos, que fué á las once horas del dia, todos con mucho regocijo se volvieron al Escurial á comer donde convidaron al dicho Juan Bautista”[37]. Gran momento para el arquitecto.

 

Llega el verano y la corte está alterada por la inminente partida del monarca a las cortes de Monzón. Se prevé una ausencia larga y Hoyo se apresura a preparar unas detalladas instrucciones para la administración de las obras tanto las de Madrid como las de El Escorial. Ambas se promulgan a principios de agosto de 1563, con una semana de diferencia, y son documentos muy importantes para precisar las atribuciones y responsabilidades de cada uno de los oficiales que gobiernan las obras. La de Madrid empieza por precisar las funciones del proveedor, cargo para el que unos meses antes se había designado a Andrés de Ribera a quien no tardaremos en ver enfrentado al arquitecto. El nombre de Juan Bautista no aparece hasta avanzado el texto: “es nuestra voluntad que entretanto que otra cosa no proveyeremos y mandaremos Joan Baptista de Toledo nuestro Architeto sea maestro maior de las dichas obras […] y ponga en obra y lleve a debida execuçion las dichas obras hasta que de todo punto sean finidas y acabadas conforme a las traças generales y particulares que dello estan hechas y las que de aquí adelante yo mandare hacer”[38]. Así con esta provisionalidad, como de pasada y sin una cédula específica que confirme su nombramiento, Juan Bautista viene a suceder a Luis de Vega al frente de las obras madrileñas.

 

Lo mismo se va a hacer en El Escorial. Sólo que allí se contemplan otros actores a los que se dan amplios poderes y competencias, Almaguer y los frailes, el prior Huete y el vicario Colmenar[39]. En la correspondencia que el rey cruza esos días con Hoyo hablan de las posibles suspicacias que eso pueda crear en Juan Bautista: “la mynuta me parece que esta bien con algunas cosas que he moderado en ella por quitar achaques. Si Juan Bautista se rresiente no tendra razon”, apunta el monarca”[40].

 

Todo quedaba bien atado antes de la partida del rey hacia Monzón, que tuvo que retrasarse hasta entrado agosto. Salió camino de Valsaín, pasando por El Escorial donde el día 20 puso la primera piedra de la iglesia, esta vez con todo boato y ceremonia, estando presentes los grandes de la corte y el prior Huete al frente de la pequeña comunidad jerónima. “Juan Baptista de Toledo arquitecto mayor de S.M. y maestro mayor de la fábrica asentó con sus manos la dicha piedra grande […] al cual maestro mayor ayudaron Pedro de Tolosa aparejador de cantería y Gregorio de Robles aparejador de albañilería en la dicha obra”, escribirá el cronista[41].

 

Coincidiendo con la marcha del rey Hoyo recibió licencia para retirarse a su casa de Colindres, y las obras avanzaron sin sobresaltos ni contratiempos reseñables. Sin embargo, la biografía de Juan Bautista se verá conmocionada por una tragedia personal. Asentada definitivamente su posición en la corte quiso traer de Nápoles a su mujer, su hija y el resto de su hacienda. Pero la embarcación en la que venían fue abordada por los piratas berberiscos, perdiéndose el rastro de personas y enseres. En la respuesta a una carta que el secretario le envió el 15 de octubre de 1563, el rey apuntaba como el arquitecto “se ha desasosegado tanto [con la prisión] que queria venir aqui [a Monzón] por la posta. Vos le entretened tambien como de aca se ha hecho”. Había dado orden al virrey, duque de Alcalá “que los hiziese rescatar a my costa y estas cartas irán con un correo que se despacha agora de manera que no tiene por que venir aquí Juan Bautista”[42]. Pero las gestiones nunca llegaron a fructificar y nada volvió a saber el arquitecto de su familia.

 

Desasosegado por la pérdida, Juan Bautista pasó el otoño y el invierno en Madrid. Fue poco a El Escorial aunque en su aposento madrileño se trabajara en avanzar las trazas del monasterio. Le distraen un sinfín de pequeñas obras que el monarca le ha dejado encargadas en el alcázar, como la transformación en galería del corredor de Cierzo o la construcción de un paso -los llamados corredorcillos- para facilitar el acceso a la torre esquinera que remataba la fachada de poniente. Obras latosas, como cualquier reforma.

 

Juan Bautista se desgasta en mil disputas, enfrentado al resto de los oficiales. Especial animadversión le tendrá al proveedor Andrés de Rivera, con el que el arquitecto estuvo a punto de llegar a las manos. Desde Colindres Hoyo escribió reprendiéndoles: “screvirles he con un poquillo de colera porque converna assy […] No dejo de creer que aprovecharan la reprehension y seguro que todos den sus disculpas, pero Joan Baptista es terrible en esto de sus preeminencias de architecto”. Tardó en responder el rey, pero cuando contestó ya sabía “que el [Juan Bautista] y Andres de Rivera estan muy sentidos de lo que abeis escrito, mas no lo hagan [enfrentarse] y no se les escrivira, aunque yo sospecho que Hurtado [el veedor de las obras] es mas culpado que ninguno dellos y aunque calle es el que los rebuelbe”[43].

 

Las obras madrileñas son un avispero. Ya vueltos el monarca y Hoyo, en la primavera de 1564 la cuestión seguía lejos de resolverse. “Lo de aqui ha sido desastre porque allende de la perplexidad de Joan Bautista, despues que entro Andres de Rrivera ha sido tan grande la enbidia o rrencor que anda entre ellos que no me maravillo sino de lo que se açierta”, escribía el secretario. Reconocía que se habían engañado con Andrés de Ribera y que no había otro remedio que tener paciencia, “yo le dare esta tarde una mano […] y a Joan Baptista le hablare y metere por buen camino aunque lo deste en quanto a esta parte lo tengo por mal yncurable por su condicion, pero por ser buena perssona y zeloso de acertar es justo de sufrirle algo”. Hoyo pensaba que, si se cumplieran, las instrucciones dictadas debían de ser suficientes, y así también lo creía el rey, aunque apuntaba que: “las instruciones aprovechan poco si no se guardan y asi es menester que a todos estos deis a entender que las han de guardar y que si no que los hecharan por mas titulos y cedulas que tengan y se tomaran otros”. En cuanto al arquitecto, advertía “Y con Juan Bautista es menester myrar la orden que se ha de tomar porque así no esta bien el negocio sino muy mal”[44].

 

Mientras Juan Bautista seguía dando trazas para el monasterio, en Madrid le robaban el tiempo las reformas del palacio. En parte tenían que ver con pequeñas intervenciones en el aposento del monarca, pero había también obras de consideración puestas en marcha antes del fallecimiento de Luis de Vega. Como la torre nueva que empezaba a levantar sus fábricas al extremo del Cuarto Real, donde ya este revolvía hacia la fachada principal del alcázar. Con Juan de Vergara a cargo de la cantería y los albañiles flamencos levantando sus muros es difícil precisar cuánto se dejó notar la mano de Juan Bautista. Lo mismo sucede con el remate del edificio de las Caballerizas, al otro extremo de la plaza, cuyo cuerpo alto había dejado ya construido Vega. Allí se va a instalar la Armería Real y Juan Bautista cerrará el edificio dirigiendo la construcción de la armadura de cubierta con sus acusadas pendientes y sus testeros apiñonados.

 

Lejos quedaban las obras de Aranjuez. Pero en mayo de 1564, al volver el rey de Monzón, pasó por la posesión y decidió poner en marcha un proyecto que hacía tiempo tenía pensado, la construcción de una capilla junto a las casas maestrales. Juan Bautista no debió tener muchas dudas, porque a finales de junio Hoyo informaba que el arquitecto tenía acabada la traza, aunque para empezar la obra quería que el rey viera y aprobara el modelo que tenía acabado. “He visto el modelo de la capilla y está bien” apostillaba al margen el monarca[45].

 

Si explícita es la documentación sobre el proyecto de la capilla, no tanto lo es acerca de otra obra que entonces se empieza, la reforma del convento de la Esperanza en Ocaña, donde el rey solía retirarse cuando pasaba las navidades en Aranjuez. Antes de partir hacia Monzón Felipe había comunicado a Hoyo como “El guardian de Sperança ha estado oy comygo sobre lo de la obra de aquella casa y me dexo una traza y me ha de embiar otras de como esta agora que he menester”. Pedía a Hoyo hablara con él sobre el oficial que debía encargarse de la obra y la orden que debía darse para empezarla[46]. También que “cobrara las traças que tiene de allí Juan Bautista si tiene algunas y juntaldas con las que vos teneis y dadmelas todas despues”[47]. Pero con Juan Bautista desbordado y las arcas reales desfondadas, el tema se fue dejando correr.

 

Al acabar julio de 1564 se ordenó al arquitecto trasladarse a la casa de doña Leonor de Mascareñas, “porque estara allí mas a mano para [las] cosas que havra que comunicar con el”, escribía el rey al secretario[48]. La ocasión dio lugar a una nueva rencilla con Rivera, cuando el arquitecto decidió aderezar su aposento aduciendo que tenía “mucha necesidad de rretejarse porque las goteras le han dañado unas traças” a lo que el proveedor se había opuesto si no había un mandamiento explícito del rey. La respuesta del monarca no pudo ser otra: “Pareceme que en la guerrilla tenía rrazon Andres de Rrivera que, aunque la tenga Juan Bautista en querer que se reparasen las goteras, no abia de ser por aquella forma que es contra la instrucción”[49].

 

Las trazas de que habla Juan Bautista son, claro está, las de El Escorial en las que el arquitecto y su equipo trabajaban entonces febrilmente. De Monzón había regresado el rey con la decisión tomada de duplicar el número de monjes inicialmente previsto, una modificación tan importante como para que tener que repensar todo lo anteriormente trazado. Abiertos ya buena parte de los cimientos del monasterio pide el monarca no se altere la superficie del cuadro, lo que no dejará otra alternativa que elevar la altura de toda la mitad de poniente.

 

Pero un cambio tan radical arrastra otras consecuencias. Hacía tiempo que el prior Huete venía quejándose de la incapacidad de Juan Bautista para dejar ordenadas las obras durante sus continuas ausencias. Ahora ve el momento de tomar la iniciativa. Convoca por su cuenta a otros maestros que propongan soluciones -Gaspar de Vega, Hernán González de Lara, Rodrigo Gil- y se atreve él mismo con la ayuda de Tolosa a elaborar su propia distribución. A Hoyo escribe como “aunque Juan Bautista sea gran oficial como es y si supiese el solo lo que todos los artífices romanos supieron, no podra alcanzar las particulares cosas que en un monasterio son necesarias”, sugiriendo se le envíe una temporada a recorrer y estudiar las casas de la orden. Mide mal sus palabras el prior y el rey le responde tajante que, lo que haya que ver, lo ponga en un memorial[50].

 

Felipe conoce mejor que nadie lo que significa saber lo que entendieron los artífices romanos. Pero se mueve con cautela, buscando las espaldas de Juan Bautista. “Venios aca de aquí a una hora o poco mas que será la una y media y traed todo esto y para las dos hazed que venga Juan Bautista […] y entretanto habremos visto lo del monasterio porque el no lo vea”, escribe al secretario cuando se le informa que son llegadas las trazas enviadas por Huete[51]. Y de nuevo aparece la inquietante sombra de Gaspar de Vega al que el rey hace ir en agosto a El Escorial para entrevistarse con Hoyo “diciendo que es para lo del Bosque y para informaros del de aquella obra porque Juan Bautista no se escandaliçe y podreis tomar también su parecer en lo que tocare al monesterio”[52].

 

Aquel año no hubo jornada veraniega por el delicado estado de salud de la reina y Felipe aprovecha para estudiar unas y otras trazas y pareceres, decidido a involucrarse personalmente. “Aqui va aquella planta que hezimos ayer del monesterio. Hazelda dar luego a Juan Bautista para que luego mañana saque desta […] todos los repartimyentos […] así los del mediodia que ayer hezimos como los del poniente que yo he hecho despues a la parte de la enfermeria […] y no saque otro repartimyiento que hize a la otra parte del poniente [… ] hasta que yo aya platicado para lo que es aquello. Solo ponga alli las ventanas y tambien a la parte del cierço como quedaron ayer en la traça y ponga todos los pilares de los quatro patios […] y a la noche me embiad acabado aquella y esta [traza] para que yo piense sobre ellas y ese otro día nos juntaremos a tratar dellas“, apunta en el margen de una carta de Hoyo[53].

 

Por fin en septiembre de 1564 las cosas parecen de nuevo encarriladas y Felipe escribe al secretario “Aquí os embio las traças del monasterio acabadas […] Ya visteis que dixe a Juan Bautista que dexase algun discípulo suyo para que las sacase quando vos se las diesedes y asi hazed que las saquen agora de la mysma manera que están estas, con sus escritos y sin mudar nada, y que las saquen dobladas porque son menester tres de cada suelo las unas para los frayles y las otras para Juan Bautista y las otras para my. Y hazed que las saquen en esta semana por que este todo a punto”[54]. Hoyo por su parte aclara que “Las traças del monesterio se hazen […] Creo se acabarán dupplicadas entre oy y mañana y en acabándose las enbiare a V. Magd. Hazenlas el clérigo [Juan de Valencia] y Herrera discipulos de Juan Bautista”[55].

 

Pero la crisis no termina de cerrarse. Juan Bautista va a El Escorial en octubre y tras enfrentarse con Tolosa le despide fulminantemente de las obras poniendo en su lugar a Lucas de Escalante, hombre de su confianza. Había resentimiento en Juan Bautista, pero el rey sabe la importancia de Tolosa en la obra y les obliga a buscar un compromiso. Todo esto es demasiado para Huete cuyas opiniones han quedado desautorizadas. La enfermedad hace mella en su salud y acaba retirándose al Queixigal, aquejado ya del mal que no tardará en llevarle a la tumba.

 

Resuelto el seísmo de la modificación del proyecto y allanado el camino para continuar las obras, en las Navidades de 1564 Juan Bautista acompañó al monarca a Aranjuez. Felipe ordenó se comenzaran a abrir los cimientos de la capilla y aunque todavía no quería dar a torcer su brazo en el tema de la navegación, estaba claro que las rentas de la posesión no daban para tanto y tendría que elegir entre una cosa y otra, aún y a sabiendas de que posponer las obras del río era perderlas irremediablemente[56].

 

En cualquier caso para entonces ya nadie piensa que sea necesario que el arquitecto permanezca allí, teniendo como tiene entre manos el proyecto escurialense y las obras del palacio madrileño. A la vez que el modelo de la capilla de Aranjuez hacía otro para las “privadas” del alcázar, “obra grande de muchas entradas y salidas” dice Hoyo, tan engorrosa como poco lucida, que si algún interés tiene es mostrar hasta donde llegan las obsesiones higienistas del monarca[57]. Las privadas y la obra de los “corredorcillos”, un pequeño cuerpo de fachada para pasar desde el aposento del rey hasta la torre norte del palacio, tendrán a Juan Bautista ocupado durante todo el año 1565[58].

 

Entretanto, y a su ritmo, proseguían las obras de la nueva torre que levantaban Vergara y los albañiles flamencos y se empezaban a sentar las armaduras de cubierta para empizarrar la Armería. “He acabado con Juan Baptista que se dé a destajo todo el maderamiento que falta en estas cavallerizas y el acabar de labrar y asentar lo que falta de la cornija de piedra […] un pedaçillo rrazonable esta ya cubierto de piçarra” escribía a primeros de mayo Hoyo al monarca, que apuntaba satisfecho “Ha sido muy bien esto y con ello yo creo que se acabara a buen tiempo y con esta esperanza hago quitar las armas [de Valladolid] y ir quitando los caxones”[59].

 

Juan Bautista gasta tiempo y energías en dirigir estas obras mientras ayudado de sus discípulos trabaja intensamente en las trazas del monasterio. En los primeros meses de 1565 termina el modelo de la escalera y los alzados de mediodía y de la delantera que se llevan a los frailes en marzo. Resuelta la crisis de los aparejadores las obras avanzan “con furia”, por utilizar las palabras del rey y llega la hora de comenzar a levantar los patios, los “chicos” de las oficinas y el “claustro grande” del monasterio. Se hace mediante un sistema de destajos que se reparten los aparejadores y al que también se apunta Gaspar de Vega, aunque al final no quiso concertar ninguno “porque dize que Juan Baptista quiere muchas perfiçiones”, escribe Hoyo al rey[60].

 

Estas “perfiçiones” le matan, porque el rey se da cuenta de que todo lo valioso que tiene su trabajo de proyecto, se pierde cuando Juan Bautista va a la obra. El primero de abril Hoyo da cuenta de las quejas que le llegan desde El Escorial, “cierto aquella obra quisiera continua asistençia de Juan Baptista porque no siendo asy no han de faltar hartas destas pesadumbres por no ser el el mas liberal del mundo y por otra parte querer entender en todo. Su yda es muy nescesaria y aca lo es su estada”. El secretario había estado con él, que se quejó mucho de la división en destajos de los claustros, “y de que dize que Tolosa entra muy orgulloso, y el quierele peor que al diablo”. Hoyo iba a hablarle para que entrara en razón, pero Felipe escéptico anota en el margen “Antes creo que lo que mas combendria a aquella obra seria que Juan Bautista estuviese allí muy poco tiempo porque el que esta yo creo que daña mas en la dilación que aprovecha, y el nunca ha de tragar a Tolosa y vos lo veréis. Si el pudiese embiar de aca la orden por escrito seria lo mejor y haria aquí menos falta”[61].

 

No eran reflexiones a la ligera. En estos años Felipe había llegado a conocer muy bien a su arquitecto. Sabía de su competencia en el proyecto, pero también de sus problemas para enfrentarse al endiablado mundo de las obras. Cuando un mes más tarde Hoyo da cuenta de la visita del arquitecto a la fábrica y de cómo había dejado ordenado el trabajo para muchos días, el monarca vuelve a insistir, “Abiendo dexado que hazer para muchos días como decis mejor sera que no baya alla si no fuese ofreciendose alguna duda, porque verdaderamente he myrado en ello que estorba a la obra y que se haze menos quando el esta alli que quando no esta y para Madrid es muy neçesaria su estada allí y así como digo si no fuere muy neçesaria escusad su ida al Escurial”[62].

 

Distanciado Juan Bautista de la obra, en la correspondencia entre el rey y el secretario empieza a aflorar con cierta frecuencia el nombre de Herrera que va y viene de un lado a otro llevando trazas y trasmitiendo instrucciones. También vuelve a asomar Gaspar de Vega. Cuando a finales de año se completa el alzado del claustro grande, Felipe quiere que Hoyo se lo enseñe. “Sobre lo de la montea hablo Gaspar de Vega con el prior, y anoche me dixo el Gaspar lo que le havia parecido, de que le pedi memoria. Y hasta verla, es bien que V. Magd. difiera de tratar con Joan Baptista lo que toca a esto”, anota el secretario”[63].

 

Ese será el tenor durante el poco tiempo de vida que queda al arquitecto. Relegado en Madrid avanza las trazas, consiguiendo con la ayuda de Valencia y Herrera dejar atado lo principal del proyecto. Ya terminados los claustros, el rey quiere en enero de 1567 que el arquitecto “haga las plantas, monteas y perfiles de toda la iglesia principal”[64]. Mucho recorrido queda por delante. El envío de las trazas a Italia, la solicitud allí de nuevos proyectos, la intervención de Herrera. Pero hoy parece confirmado que las líneas maestras del nuevo templo quedaron ya entonces fijadas. Enorme esfuerzo entre las pesadumbres del día a día de las obras del alcázar.

 

A lo largo de los años el monarca pidió muchas veces la opinión de Juan Bautista, su parecer sobre lo que se hacía en uno y otro palacio. Por ejemplo, sabemos que estuvo en Toledo en los años 62 y 63 y a El Pardo acudió en diversas ocasiones. Pero es aventurado sacar de ello conclusiones que lleven a pensar que pudiera tener una participación activa en esas obras. Hizo informes, quizás algunos rasguños, sin que haya testimonios de una implicación continuada. En el alcázar toledano seguía el rey dando vueltas a las arquerías del patio y estaba pendiente toda la crujía de mediodía, y en El Pardo Gaspar de Vega reformaba los tejados mientras se trabajaba en la decoración de las estancias del palacete. Juan Bautista dio dibujos para las chimeneas y quizás algunos otros elementos ornamentales, como también pudo ser consultado cuando se construyó la hermosa gruta de los jardines en la Casa del Campo.

 

No hay documentación todavía que justifique su intervención en el convento de los Ángeles, fundado por doña Leonor de Mascareñas ni en la fachada de la iglesia de las Descalzas Reales, obras que a veces se le han atribuido[65]. Y es discutible que llegara a ocuparse de algo de lo recogido en el informe dado por el corregidor madrileño para llevar adelante grandes obras en la ciudad, aunque su nombre aparezca citado en numerosas ocasiones para que proyectara y dirigiera los trabajos. Serán después Gaspar de Vega, Herrera y Francisco de Mora quienes los lleven adelante.

 

Aún y así, basta lo conocido de Aranjuez y El Escorial para colocar a Juan Bautista de Toledo en el lugar que le corresponde como un personaje decisivo para nuestra arquitectura. La traza universal, esa tupida malla que permite tejer los espacios solo desde la geometría, tiene la misma fe en el valor absoluto de sus principios que la mejor arquitectura palladiana. Y en el monasterio se interpreta el mundo de los órdenes clásicos con una disciplina que proyectará su rigor sobre todo lo que después se haga. No necesita Juan Bautista nada más.

 

El 12 de mayo de 1567 firmó su testamento ante Cristóbal de Riaño, al que añadió días después un codicilo. Los albaceas fueron el escultor Francisco Giralte, Luis Hurtado y Pedro de Santoyo (veedor y pagador respectivamente de las obras madrileñas) y el maestro de cantería Miguel de la Higuera. Como testigos firmaron Juan de Herrera, Juan de Valencia, Manuel Álvarez, Jerónimo Gili y Pedro Díaz, este último criado del arquitecto[66]. Falleció el 20 de mayo de 1567 siendo enterrado en la parroquia de Santa Cruz, “dándole sepultura en medio del coro della, para que de allí se trasladase en el mismo coro adonde se había de hacer el altar que por su testamento mandó hacer junto á su sepultura”[67].

 

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JOSÉ MANUEL BARBEITO DÍEZ

FECHA DE REDACCIÓN: 22 DE NOVIEMBRE DE 2019

FECHA DE REVISIÓN: 15 DE DICIEMBRE DE 2019

 

NOTAS

[1] Enrique Valdivieso, “Una planta de Juan de Álava para la iglesia de San Esteban de Salamanca”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología BSAA, (1975), pp. 221-240

[2] Para su presencia en Roma, Juan de Quiñones, Explicación de unas monedas de oro de emperadores romanos, Madrid 1620, fol. 62: “Iuan Baptista de Toledo natural de Madrid, que merecio ser llamado en Roma el Valiente Español, y fue en ella aparejador de la fabrica de San Pedro, en tiempo de Micael Angelo”. Quiñones, el autor, fue alcalde mayor de El Escorial y juez de obras en la fábrica de San Lorenzo, donde pudo haber recogido esa información. Sobre esta y otras fuentes antiguas, véase Javier Rivera, Juan Bautista de Toledo y Felipe II, Valladolid 1984, pp. 73-74

[3] Fundamentalmente, Carlos Vicuña, “Juan Bautista de Toledo, Arquitecto segundo de la fábrica de San Pedro de Roma”, Archivo Español de Arte, T. 39, (1966), pp.1-8, Severino Giner Guerri, “Juan Bautista de Toledo y Miguel Ángel en el Vaticano, Goya, nº 126, (1975), pp. 351-359.

[4] Antonio Ponz, Viaje de España, T.II, carta II, nota 1, Madrid 1788, cito por la edición de Madrid 1988, pp. 333

[5] Rivera, J., (1984), pp. 98-99

[6] Para los jardines de la Abadía y la datación en 1555 de las fuentes monumentales, véase Pedro Navascués, “La Abadía de Cáceres: espejo literario de un jardín”, Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte, UAM. vol. V, 1993, pp. 71-90.

[7] Como se indica más adelante el rey ordenó rasgar esta primera cédula en agosto de 1561 cuando se incrementó el salario del arquitecto a 500 ducados en vez de los 220 ducados iniciales. AGP. CR. T. II, fols. 142vº-143, 12 de agosto de 1561

[8] AZ. Caja 146. 71, Hoyo a Felipe II, 27 de enero de 1561. Hacía diez días que el rey había regresado a Toledo, después de una rápida visita a la posesión. A eso debe referirse el “después que vine” del documento.

[9] AIVJ. Env. 61.1, fols. 375-375vº, s.f., finales de junio primeros de julio de 1561.

[10] AGS. CySR. Leg. 251.1, fols. 106, 107, 109 y 110, donde se encuentran las libranzas a los oficiales contratados por el cardenal Granvela, un entallador, un pintor y un relojero. El modelo se envió desde Bruselas a Madrid.

[11] AGS. CySR. Leg. 251.2, fol. 11, 15 de abril de 1561

[12] AGS. CySR, Leg. 251.2, fol. 19

[13] AGP. CR. T.II, fols. 127vº-130vº. Instrucción despachada a Alonso de Mesa, 22 de junio de 1561

[14] AGS. CySR, Leg. 247.1, fol. 42

[15] La crónica de fray Juan de San Jerónimo es un poco confusa cuando narra estos hechos en los que él no estuvo presente y tiene que contar de oídas. Fray Juan de San Jerónimo, Memorias, Colección de documentos inéditos para la Historia de España, Madrid 1845 (reed. 1984)

[16] AGS. CySR. Leg. 251.2, fol. 30, 11 de septiembre de 1561. El documento está transcrito en Magdalena Merlos Romero, Aranjuez y Felipe II, Madrid, Aranjuez 1998, doc. 28, pp. 184-185

[17] AIVJ. Env. 61.1, fols. 8-9vº

[18] Eugenio Llaguno, Noticia de los arquitectos…, Madrid 1829, T.II, p. 228. Amancio Portabales, Maestros mayores, arquitectos y aparejadores de El Escorial, Madrid 1952, p. 159, Miguel Modino de Lucas, Los priores en la construcción del monasterio de El Escorial, Madrid 1985, vol. I, doc. 18, pp. 57-58

[19] AIVJ. Env. 61.1, fols. 25-26vº. Hoyo al rey, 5-10 de marzo de 1562

[20] AGS.CySR. Leg 251.2, fol. 59, Mesa a Hoyo, 20 de enero 1562

[21] BL. Add. 28350, fol. 18. El rey a Hoyo, 18 de marzo de 1562

[22] AGS. CySR. Leg. 251.1, fol. 62. Alonso de Mesa a Pedro de Hoyo, con anotaciones del monarca. De Aranjuez 24 de abril de 1562

[23] Fr. José de Sigüenza, Sigüenza, F.J., Tercera parte de la historia de la orden de San Gerónimo, Madrid 1605, (reed. 1988), p. 31

[24] AIVJ. Env. 61.1, fol. 44-47vº

[25] AGS. CySR. Leg. 251.2, fol. 67. Mesa a Hoyo, 26 de septiembre de 1562

[26] AIVJ. Env. 61.1, fols. 55-56vº, Hoyo al rey, 15-20 de julio de 1562

[27] AGS. CySR. Leg 258, fols. 255-260. Agustín Bustamante, La octava maravilla del mundo, Madrid 1994, pp. 51-52, transcribe y traduce el documento,

[28] AZ. Caja 146.4, 25-28 de julio de 1562

[29] AIVJ. Env. 61.1, fols. 59-61vº

[30] AIVJ. Env. 61.1, fols. 386-387vº, Hoyo al rey, 10-15 de diciembre de 1562

[31] Amancio Portabales, Los verdaderos artífices de El Escorial y el estilo indebidamente llamado Herreriano, Madrid 1945, p. 70, que lo cita parcialmente. Francisco Íñiguez, Las trazas del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid 1965, p. 15 lo reproduce en su totalidad.

[32] AP. CR. T.II, fols. 269-270. Un traslado de esta cédula en AGS. CMC. Leg. 1025, fols. 110-111

[33] AP. CR. T.II, fols. 272vº-273

[34] AP. CR. T.II, fols. 282vº-283

[35] A Hoyo que fue con Juan Bautista le pedía el rey que vistas las trazas por los frailes, “os digan lo que les paresce dellas para que se tome rresolucion”, AIVJ. Env. 61.1, fols. 415-416vº

[36] San Jerónimo, F. J., (1984), pp. 18-19. Robles no debió trasladarse a El Escorial hasta principios de 1563. En febrero de aquel año todavía el rey le volvió a enviar por unos días a Aranjuez a supervisar el muro que se construía en la plaza de la calle de Alpajés. BL. Add. 28350, fol. 46

[37] San Jerónimo, F. J., (1984), pp. 23-24

[38] AP. CR. T.II, fols. 362vº-371

[39] El 10 de agosto de 1563. Llaguno, E., (1829), T.II, p. 228. La instrucción completa la publicó Julián Zarco en Documentos para la Historia del Monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial, vol. III, Madrid 1918, pp. 3-14

[40] BL. Add. 28350, fol. 89-90, Hoyo a Felipe II, 4 de agosto de 1563

[41] San Jerónimo, F. J., (1984), p. 28

[42] BL. Add. 28350, fols. 97-108, Hoyo a Felipe II, 15 de octubre de 1563

[43] BL. Add. 28350, fols. 97-108, Hoyo a Felipe II

[44] AIVJ. Env. 61.1, fols. 132-133vº, s.f. (junio 1564)

[45] BL. Add. 28350, fols. 338-340, Hoyo a Felipe II, 30 de junio de 1564, “Joan Baptista tiene acabada la [traza] de la capilla de Aranxuez – podrala V. Magd veer quando fuere servido”. AIVJ. Env. 61.1, fols. 233-234vº, Hoyo a Felipe II, 31 de julio de 1564

[46] BL. Add. 28350, fol. 73, Felipe II a Hoyo, 7 de julio de 1563

[47] AIVJ. Env. 61.1, fols. 134-134vº

[48]BL. Add. 28350, fols. 141-142, Hoyo a Felipe II, 21 de julio de 1564. El último día del mes el secretario informaba que Juan Bautista estaba ya instalado en su aposento: Joan Baptista está en la casa de doña Leonor tres o quatro días ha”, AIVJ. Env. 61.1, fols. 233-234vº, 31 de julio de 1564

[49] BL. Add. 28350, fols. 163-164. Hoyo a Felipe II, 11 de septiembre de 1564

[50] Modino, M., (1985), p.142

[51] BL. Add. 28350, fols. 128-129

[52] AIVJ. Env. 61.1, fols. 407-408vº

[53] AIVJ. Env. 61.1, fols. 417-418vº, Hoyo a Felipe II, 12 de julio de 1564

[54] BL. Add. 28350, fol. 169. “Yo me quedo con las unas traças de las nuevas y aquí van las otras nuevas y las viejas […] Las viejas guardad para dar a Juan Bautista en volviendo para que él las tenga y guarde por registro”. AZ. 146.15, Felipe II a Hoyo 17 de septiembre de 1564

[55] AIVJ. Env. 61.1, fols. 404-405vº

[56] AIVJ. Env. 61.1, fols. 160-162, Hoyo a Felipe II, 29 de diciembre de 1564. El secretario, enfermo, no acompañó en esta ocasión al monarca

[57] AIVJ. Env. 61.1, fols. 327-330vº. Hoyo a Felipe II, s.f. (1-10 de mayo de 1565)

[58] Juan Bautista hizo la traza de los antepechos de hierro, la de la enlosadura de pizarra que cubría los pasillos y un alzado que se conserva en Simancas con anotaciones del rey, AGS. MPyD., XL-5 y XL-2 respectivamente

[59] AIVJ. Env. 61.1, fols. 327-330vº. “La traça de la Armeria de aqui con las medidas de los caxones de la de Valladolid que Juan Baptista tenía acá yrá con esta”, anota en el margen el secretario

[60] AIVJ. Env. 61.1, fols. 317-322vº, Hoyo al rey, s.f. (finales de junio de 1565)

[61] AIVJ. Env. 61.1, fols. 425-426vº, Hoyo al rey, 1 de abril de 1565

[62] AIVJ. Env. 61.1, fols. 327-330vº

[63] BL. Add. 28350, fols. 217-218, Hoyo al rey, 27 de noviembre de 1565

[64] Citado en Luis Cervera, “La construcción del palacio Espinosa en Martín Muñoz de las Posadas”, Academia, nº 44 (1977), pp. 17-69, n. 58, p. 54, El rey a Hoyo, 6 de enero 1567

[65] Vid. Rivera, J., (1984), pp. 268-272

[66] Luis Cervera, “Juan Bautista de Toledo y sus disposiciones testamentarias”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, BSAA, nº 38, 1972, pp. 287-322

[67] Llaguno, E., (1829), T. II, pp. 233-243 donde se reproduce completo el testamento y codicilo.

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