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Antonio Ricci, Retrato de don Juan de Ciriza (detalle de la firma de Ricci). Agustinas Recoletas de Pamplona, 1617.
ANTONIO RICCI

 

Primer Visitador General de la Limpieza de la Villa. Ancona (Italia) c. 1565 – Madrid c. 1635.

 

Antonio Ricci, nacido en Ancona, Italia, alrededor de 1565, fue un pintor y retratista barroco que llegó a Madrid junto a su maestro Federico Zuccari y otros colaboradores en el verano de 1585, con el propósito de decorar algunas estancias del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Sin embargo, sus pinturas no gustaron y pocos meses después fueron despedidos. A diferencia de su maestro que decidió regresar a Italia, Ricci se instaló en Madrid donde estableció su propio taller de pintura y orfebrería. Dos años después, el 18 de septiembre de 1588, en la Parroquia de San Ginés contrajo matrimonio con la madrileña Gabriela de Chaves o de Guevara, hija de un dorador. Fue entonces cuando probablemente el matrimonio se estableció en unas casas que compraron en la Carrera de San Jerónimo, esquina a la antigua calle del Lobo, actual de Echegaray, en las cercanías del Hospital de los Italianos [1]. En estas casas vivió Ricci y su numerosa prole, siendo bautizados la mayoría de sus hijos en la cercana parroquia de San Sebastián, con la que los artistas, literatos y cómicos mantenían vínculos muy estrechos al tener allí radicadas sus cofradías [2]. Dos de sus hijos llegaron a ser importantes pintores, el monje benedictino fray Juan Andrés Ricci (1600-1681) y el pintor de corte Francisco Ricci (1614-1685), que fue uno de los grandes representantes de la pintura barroca madrileña.

 

Durante sus primeros años en Madrid se dedicó a atender encargos personales, básicamente retratos de algunos personajes reales, cuadros de vírgenes y santos. Entonces, tuvo como principal mecenas al patriarca Juan de Ribera quien, ya en 1592, le llegó a comprar 15 obras para el Colegio de Corpus Christi de Valencia, donde todavía se conservan [3]. De mayor calidad fue el retrato que hizo en 1603 para Sor María de la Cruz que se conserva en el Monasterio de las Descalzas Reales [4]. También, trabajó como tasador de obras de arte y fue fiador de otros artistas y compatriotas. Además, mantuvo una relación de amistad y colaboración con no pocos italianos afincados en Madrid, y con numerosos arquitectos y pintores de prestigio. Fue el caso del célebre embajador de Módena Jacopo Gratti, conocido como el Caballero de Gracia, al que solía prestar sus pinturas y retratos para sus celebraciones [5]. Del mismo modo, mantuvo contacto con el círculo de artistas y pintores encabezado por Vicente Carducho, y con otros pintores y arquitectos como Patricio Cajés, Luis de Carvajal y Francisco López, quienes en 1603 trataron, sin mucho éxito, de crear en Madrid una sucursal de la prestigiosa Academia de San Lucas de Roma [6]. En estos momentos, la corte se encontraba en Valladolid y había una fuerte competencia artística en Madrid, con lo que vincularse artísticamente a una institución de prestigio contribuía a salir adelante. Pero a pesar de atender algunos encargos pictóricos para la Quinta Real de la Ribera de Valladolid, Ricci tuvo que endeudarse para mantener a su familia y, peor aún, el impago de sus deudas, le llevaron por primera vez a prisión a finales del año 1605.

 

Con el retorno de la Corte a Madrid en 1606, Ricci consiguió el apoyo de algunos fiadores que le permitieron saldar sus deudas, a la vez que volvió a recibir encargos como, por ejemplo, los retratos que hizo en 1609 de la reina Margarita de Austria para el Colegio del Corpus Christi de Valencia o el del escultor Pompeo Leoni; o los dos que hizo del príncipe y futuro rey Felipe IV (1611), que estuvieron adornando algunas estancias del Real Alcázar. Además, continuó realizando pequeñas obras para la condesa de Uceda y tasaciones e inventarios para importantes cortesanos como Agustín de Villanueva, secretario real, Conservador General de los Reinos de Aragón, y padre del célebre Jerónimo de Villanueva, fundador del Monasterio de la Encarnación Benita. Pero estos trabajos nunca eran suficientes, no llegaban con la regularidad deseada y difícilmente servían para mantener a su familia. Esta situación de fragilidad económica llevó a Ricci a dedicarse a los más dispares menesteres, razón por la que en 1612 se convirtió, por méritos propios, en el primer Visitador General de la Limpieza de la Villa de Madrid.

 

Antonio Ricci fue Visitador General de la limpieza y los empedrados de Madrid durante 20 años, consiguiendo con sus innovaciones e ideas importantes avances en la limpieza y la higiene de la ciudad, que se mantuvieron, con algunas modificaciones, durante prácticamente el resto del siglo XVII. A su vez, siguió atendiendo algunos encargos como pintor destacando un San Agustín que estuvo en el desaparecido Convento de Santo Domingo el Real de Madrid, o los retratos que hizo en 1617 para Juan de Ciriza, del Consejo de Guerra de Felipe III, y su esposa Catalina de Alvarado, que se conservan en el Convento de las Agustinas Recoletas de Pamplona, donde también se conserva el único retrato de nuestro personaje, realizado el mismo año. Incluso para aumentar sus ingresos se dedicó a realizar investigaciones alquímicas y esporádicamente a la compra venta de inmuebles y otras inversiones no tan rentables que le volverían a llevar temporalmente a la cárcel en 1618 [7].

 

La pérdida de su cargo de Visitador General de la Limpieza en 1632 le llevaría a la ruina y la de su familia, agravada por el impago de las deudas y las nefastas inversiones que realizó con Francisco de Guillamas Velázquez, ayuda de cámara de su majestad. Un año después la Real Hacienda le confiscó sus bienes para saldar sus deudas, y al año siguiente los alquileres de sus casas de la Carrera de San Jerónimo. La ruina fue total e irrecuperable, su mujer murió en la cárcel en 1635 y, probablemente, el también falleció ese mismo año en la más absoluta miseria.

 

CONTRIBUCIONES DE ANTONIO RICCI A LA LIMPIEZA Y LA HIGIENE DE LA VILLA

 

Después del retorno de la corte de Valladolid, en la primavera de 1606, buena parte de los negociados municipales comenzaron a estar tutelados por el gobierno de la monarquía, más si cabe que en el periodo precedente, tras el asentamiento de la corte en la Villa en 1561. El orden público, los mercados, el abastecimiento de agua y la limpieza se asumieron como una competencia estatal. Por esta razón, entre 1606 y 1614 se produciría un desarrollo sin precedentes en lo tocante a la organización y regularización jurídica y económica del ramo de la limpieza y los empedrados de las calles, junto con un notable despliegue de medios técnicos y humanos, que en adelante trataron de dotar a la ciudad del decoro que exigía su condición cortesana. Prueba de ello fue la creación en 1607 de la Superintendencia General de Limpieza, que pasó a estar presidida por Diego López de Ayala, a la sazón presidente de la Sala de Gobierno del Consejo de Castilla. De este modo, las antiguas competencias que ya había tenido la antigua Junta de Ornato y Policía (1590) pasaron a estar controladas por el Consejo de Castilla, aunque ya entonces fue necesario adecuar los sistemas de limpieza a la realidad demográfica y urbanística de la Villa, y, también, a la capacidad presupuestaria del Concejo [8].

 

Estas medidas se fueron complementando con muchas más, ya utilizadas con anterioridad, como la actualización de las ordenanzas que venían a corregir los comportamientos incívicos de los vecinos, bajo la amenaza de las pertinentes sanciones; el establecimiento de los nuevos cuarteles de limpieza junto con las dotaciones de carros, mulas y personal, que bajo la fórmula de contratas u obligaciones deberían acometer su limpieza; el establecimiento de unas ordenanzas de empedrados actualizada a las dimensiones de la urbe, junto con la implantación de las llamadas limpiezas generales. Pero, sin duda, entre las contribuciones más importantes que se pusieron en marcha destacaron las propuestas de Antonio Ricci, quien conseguiría cambiar los métodos de hacer la limpieza de las calles, de evacuar los molestos e insalubres lodos, además de contribuir a establecer el nuevo marco regulatorio que debía de regir en la ejecución de las contratas u obligaciones de la limpieza y empedrados de las calles.

 

Entrado el año 1611, Ricci convenció al corregidor y los regidores comisarios de la limpieza de la Villa que le permitieran demostrar la viabilidad de un nuevo modelo de carro para la recogida de las basuras y los lodos que conjuntamente había diseñado con el maestro carretero Francisco Daza. A diferencia de los tradicionales del ramo, contaba con mayor maniobrabilidad, capacidad de carga y dotación de enseres [9]. La propuesta fue tan bien acogida que la Superintendencia, sin contar con el preceptivo permiso del Consejo de Castilla, se comprometió a costear la construcción de dos de estos carros, por un coste de 4.840 reales con las mulas de tiro incluidas [10]. Listos los carros, el 26 de marzo de ese año 1611 se ordenó que se demostrara su eficacia limpiando las calles del Príncipe, de la Cruz, la plazuela del Ángel y otras aledañas, pero antes de proceder, siguiendo las instrucciones de Ricci, el corregidor Gonzalo Manuel ordenó a los vecinos que en las referidas calles tuvieran bien limpias las delanteras de sus casas; que vertieran sus bacines en los albañales y que en adelante los mozos de la limpieza ya no les avisarían de la llegada de los carros, sino que estando provistos de campanillas al oírlas sonar deberían bajar a depositar la basura en las cubas de los carros. Fue todo un éxito, los carros consiguieron su cometido con mayor economía de tiempo y esfuerzo. El superintendente López de Ayala quiso repetir la demostración para los miembros del Consejo de Castilla, pero aumentando el desafío. Los nuevos carros tendrían que limpiar la calle Mayor, desde la Puerta de la Vega hasta la Puerta del Sol, y su prolongación por la Carrera de San Jerónimo hasta el Convento del Espíritu Santo, hoy Congreso de los Diputados. Cuando el 16 de febrero de 1612 se hizo la segunda demostración, los dos carros de Ricci superaron de nuevo el reto. Fue entonces cuando el Consejo de Castilla y la Superintendencia decidieron adoptar e incrementar los nuevos carros para la limpieza de las calles y, más aún, a finales de febrero de 1612 Antonio Ricci, además de quedar con el encargo de limpiar la principal calle Mayor, se convirtió en el primer Visitador General de la Limpieza de la Villa, el cargo técnico más importante con el que iba a contar el ramo de limpieza durante toda la centuria y buena parte de la siguiente [11].

 

Como visitador general Ricci siguió introduciendo mejoras tras comprobar el mal estado que presentaban las calles. Propuso cambiar los métodos tradicionales de recogida de basuras y lodos que realizaban los obligados de la limpieza, en los seis cuarteles que se encontraba dividida la ciudad, e incluso cambió su antigua denominación. En adelante, en todos los cuarteles los obligados deberían hacer sus tareas bajo su método, consistente en realizar tres modos diferentes de limpieza en las diferentes calles que los componían. El primer modo fue denominado cumplida limpieza y consistía en barrer diariamente las calles principales de cada cuartel y recoger a diario las basuras de todas sus casas. El segundo modo fue conocido como la mediana limpieza, aplicable a calles menos importantes que sólo se limpiarían los sábados, aunque la basura de sus casas se recogería a diario. El tercero y último se llamó la limpieza venturera o de venturero, que abarcaba a las calles restantes de cada cuartel que sólo se limpiarían una vez al mes y la basura se recogería todos los viernes [12]. Al igual que ocurría con otro tipo de servicios e infraestructuras urbanas, con este nuevo método se introducía en Madrid una limpieza cortesana, orientada a satisfacer no tanto las necesidades generales de higiene de la urbe sino el de las calles principales, las más comerciales y públicas donde residían y desenvolvían socialmente los privilegiados, cortesanos, aristócratas y altos funcionarios. Este método de Ricci, que también permitía conocer el coste diario de la limpieza de cada cuartel, fue bien acogido por el superintendente López de Ayala, quién sin encontrar razón para modificarlo, las aprobó el 30 de mayo de 1613.

 

Más complicado le resultó clarificar las ordenanzas que debían regular los procesos sancionadores por las faltas o infracciones cometidas por los obligados o por los vecinos, lo que implicó una reorganización previa del personal del ramo; y otorgar de la correspondiente autoridad y legalidad a las diferentes funciones que realizaban los alguaciles, porteros y escribanos. Esta necesidad regulatoria se sustentaba no sólo en corregir los comportamientos indecorosos de los vecinos o las faltas de los obligados, sino también, y en gran medida, en afianzar una fuente de ingresos regular a través de las sanciones que se dedicaban a suplir parte de los gastos del personal del ramo, de la limpieza y de los empedrados de las calles. Así, antes de introducir el nuevo método de limpieza en los cuarteles de la villa, el 11 de enero de 1613, los juristas de la Sala de Gobierno aprobaron y mandaron publicar el Pregón del nuevo marco organizativo del personal del ramo, de sus respectivas funciones y de los procesos sancionadores [13].

 

Pero los ingresos que percibía el ramo de la limpieza tanto del presupuesto municipal como de las sanciones que se imponían a vecinos y obligados no alcazaba para cubrir los salarios del personal, y provocaba frecuentes retrasos. Esta precariedad también afectó a Ricci, quién a menudo padeció no pocas estrecheces económicas y falta de medios para el desempeño de su oficio. Ya en 1615 había solicitado en diversas ocasiones que se le concediese una ayuda de costa para atender sus obligaciones, lo que finalmente llevó al superintendente a incrementar su salario en 800 reales anuales con los que poder mantener la cabalgadura que tenía a su cargo. Esta cantidad resultó insuficiente. Al tener que sustentar a una abultada familia de hasta 17 miembros entre hijos y criados, se dedicó, junto con algunos escribanos del ramo, a realizar informes técnicos a particulares para que les fueran concedidas licencias de obras. Ni que decir tiene que la Sala de Gobierno le reprobó estos quehaceres porque al parecer descuidaba sus tareas y para verificar que a diario visitaba las calles de la ciudad le pusieron a un escribano que debía dar cuenta y razón de su trabajo, sin cuya certificación no podría percibir ni su salario ni la ayuda de costa [14]. No sería la primera vez que Ricci fuera amonestado. En abril de 1621 fue condenado ejemplarmente a pagar 4.965 reales por los excesivos gastos de la limpieza extraordinaria que hubo que hacer en las calles de la Villa, por la dejación voluntaria de las obligaciones de los contratistas. Entonces, Ricci tuvo que hacer frente a la limpieza de las calles echando mano de personal externo y pretendía que estos gastos se detrajeran de los honorarios que correspondían a los obligados. Pero el coste, francamente, había sido demasiado elevado y los obligados lo denunciaron al superintendente, quien, para evitar agravar más la situación, decidió hacer las averiguaciones pertinentes que le llevaron a sancionar al visitador general [15].

 

Tanto Ricci como los alguaciles del ramo conocían la realidad laboral y la precariedad económica de los obligados, una situación que se volvió más frágil apenas unos años después cuando se incrementó el celo y la vigilancia sobre su trabajo, y se puso de relieve la imposibilidad de algunos de ellos para cumplir lo comprometido en sus contratas [16]. En junio de 1631, esta situación le llevó a proponer al superintendente Tejada la creación de un depósito en el que se guardasen 50 ducados por cada uno de los seis cuarteles de la ciudad, sufragados por sus correspondientes obligados, para paliar con sus fondos las faltas y carencias que se cometían en la limpieza y empedrados de las calles, ya que “no cuidan tanto como deben ni es justo que se lleven el salario concertado sin cumplir” [17]. El 29 de julio de 1631, el superintendente Francisco de Tejada y Mendoza resolvió afirmativamente la última contribución de Ricci al ramo de la limpieza.

 

BIBLIOGRAFÍA DE CONSULTA Y REFERENCIA

 

AGULLÓ Y COBO. M. Más noticias sobre pintores madrileños de los siglos XVI al XVII, Madrid, 1981.

 

AGULLÓ Y COBO. M. Documentos para la historia de la pintura española, Madrid, 1994.

 

ANGULO ÍÑIGUEZ, D. y PÉREZ SÁNCHEZ, A. E., Escuela madrileña del primer tercio del siglo XVII, Madrid, 1969.

 

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FERNÁNDEZ GARCÍA, M. “Pintores de los siglos XVI y XVII que fueron feligreses de la parroquia de San Sebastián”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, XVII, 1980. Pp. 109-135.

 

GARCÍA LÓPEZ, D. “Antonio Ricci en Madrid 1586-1635”, en Archivo Español de Arte, LXXXIII, 329 (2010). Pp. 75-86.

 

GILI RUIZ, R. Higiene y alcantarillado en el Madrid del Antiguo Régimen. Tesis doctoral dirigida por Virgilio Pinto Crespo. UAM, junio de 2017.

 

MATILLA TASCÓN, A. “La Academia madrileña de San Lucas”, en Goya, n. 161-162. 1981.

 

PÉREZ PASTOR, C. “Colección de documentos inéditos para la historia de las bellas artes en España”, en Memorias de la Real Academia Española, t. XI, 1914, p. 54.

 

PÉREZ SÁNCHEZ, A. E., “La Academia madrileña de 1603 y sus fundadores”, en Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, 1982. Pp. 281-289.

 

PINTO CRESPO, V., GILI RUIZ, R. Y VELASCO MEDINA, F. Historia del saneamiento de Madrid. Fundación Canal y UAM Ediciones. Madrid, 2016.

 

SANABRIA, J.M. El Caballero de Gracia y Madrid. Madrid, 2004.

 

 

RAFAEL GILI RUIZ

FECHA DE REDACCIÓN: 19 DE DICIEMBRE DE 2021

FECHA DE REVISIÓN:

 

NOTAS

[1] Algunos apuntes biográficos de Antonio Ricci se han tomado de García López, D. “Antonio Ricci en Madrid 1586-1635”, en Archivo Español de Arte, LXXXIII, 329 (2010). Pp. 75-86.

[2] Fernández García, M. “Pintores de los siglos XVI y XVII que fueron feligreses de la parroquia de San Sebastián”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, XVII, 1980. Pp. 109-135.

[3] Benito Domenech, F. Pintura y pintores en el Real Colegio del Corpus Christi. Valencia, 1980.

[4] García López, D., ob. cit. Pp. 79.

[5] Sanabria, J.M. El Caballero de Gracia y Madrid. Madrid, 2004. Se especula que el retrato del Caballero de Gracia que se conserva en su Oratorio pudiera ser de Antonio Ricci.

[6] Matilla Tascón, A. “La Academia madrileña de San Lucas”, en Goya, n. 161-162. 1981. Los pocos años que funcionó la Academia los pintores y artistas celebraron sus reuniones en el Convento de la Victoria.

[7] García López, D. Ob. cit. Pp. 84.

[8] Las primeras medidas que se tomaron después del retorno de la Corte de Valladolid fue la de actualizar las ordenanzas y los pregones de la limpieza por orden del corregidor Gonzalo Manuel, así como se pusieron en marcha numerosas iniciativas concejiles como el establecimiento de los cuarteles de la limpieza y las nuevas ordenanzas de los empedrados. Todas estas cuestiones se detallan en Gili Ruiz, R. Higiene y alcantarillado en el Madrid del Antiguo Régimen. Tesis doctoral dirigida por Virgilio Pinto Crespo. UAM, junio de 2017. Pp. 100-114. Algunas cuestiones tratadas en esta tesis y como investigación previa de la misma se publicó la obra de Pinto Crespo, V., Gili Ruiz, R. y Velasco Medina, F. Historia del saneamiento de Madrid. Fundación Canal y UAM Ediciones. Madrid, 2016.

[9] A.V.M. Secretaría 1-1-62. Su caja o bañera, de la que desconocemos su volumen de carga, era de mayor tamaño; se apoyaba sobre grandes ejes provistos con ruedas montadas en hierro de notables dimensiones, con diámetros de 5 pies castellanos las traseras -1,50 metros- y 4 pies las delanteras -1,20 metros-. Con esta envergadura se podían salvar sin dificultad las zonas centrales de las calzadas, donde se encontraban los albañales y con frecuencia se amontonaban las basuras y los lodos, permitiendo su ágil recogida al paso del carro, con la ayuda de los mozos de escobas y palas. Además, estaba dotado con dos escaleras, dos grandes cubas reforzadas con hierro para recoger la basura que entregaban los vecinos al paso del carro y con otras dos cubas grandes de madera para regar y disolver los lodos, impermeabilizadas y provistas de un sistema manual de bombeo.

[10] Ibídem. En este expediente constan las partidas desglosadas y el coste de estos nuevos carros.

[11] Ibídem. Bajo la supervisión del corregidor, el visitador general junto a los regidores comisarios de cada cuartel se encargaría de la administración y organización diaria de la limpieza y empedrados de las calles, verificando el cumplimiento de las labores realizadas por los obligados o contratistas y por las cuadrillas de mozos y carros. Inspeccionaría el estado de carros, pertrechos y muladares para su normal funcionamiento y de las necesidades materiales e incidencias que pudieran surgir; se encargaría de organizar las limpiezas generales anuales y de las célebres “mareas” o arrastre de los lodos en el invierno o cuando hubiera una notable acumulación de lodos, además de las limpiezas extraordinarias motivadas por fiestas y celebraciones públicas o cortesanas. También, quedaban bajo su control todas las cuestiones afectas al personal del ramo e incluso con jurisdicción para sancionar con la preceptiva aprobación del superintendente. Para verificar y justificar las tareas diarias debía dar certificación cumplida y refrendada por un escribano y por un regidor comisario para posteriormente hacer los correspondientes libramientos o pagos a los obligados o imponer multas o quitas por tareas incumplidas. Estas mismas atribuciones se extendían a los empedrados de las calles, con la novedad de establecer una visita general que se realizaría anualmente por la festividad de san Miguel, entrado septiembre, que la realizaría en compañía del regidor comisario de cada cuartel y un alarife de la Villa, para verificar el cumplimiento del trabajo de los empedradores y certificar su correcta ejecución.

[12] A.V.M. Secretaría 1-2-10 y 1-2-25. En adelante los seis cuarteles o distritos de la limpieza de la Villa se llamaron de Santa Cruz, de la Merced, de Santiago, de San Hermenegildo, de Santo Domingo y el de Santa María, quedando establecidos los límites de cada uno de ellos, el coste diario que costaba su limpieza y los distintos trabajos que los obligados o contratistas debían hacer en las distintas calles de cada uno de ellos con sus carros, mulas, mozos y enseres. Los métodos de limpieza de Antonio Ricci ya fueron comentados por Verdú Ruiz, M. “Limpieza y empedrados en el Madrid anterior a Carlos III”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños. Tomo XXIV. CSIC, Madrid, 1987.

[13] A.V.M. Secretaría 1-1-18 y 1-2-9. Para la Sala de Gobierno del Consejo de Castilla fue condición indispensable establecer, antes que nada, un nuevo marco regulatorio donde quedarán diligentemente clarificadas las formas de hacer las denuncias, pesquisas, imponer sanciones pecuniarias y cobrarlas a los infractores, iniciar causas penales que se pudieran ver en instancias judiciales superiores, como la Sala de Alcaldes, y vigilar la higiene de las calles. En estos expedientes se detallan los 8 artículos o disposiciones de obligado cumplimiento del Pregón de 1613, alusivas a los 6 alguaciles que debían servir en cada uno de los seis cuarteles, haciendo también las labores de sobrestantes, con competencia en lo tocante a la policía urbana y la limpieza, con capacidad para denunciar. También, a los 4 porteros que debían asistir en sus diversas funciones al visitador general, dando cuenta de sus salarios de los que una parte se cubren con los dineros recaudados con las sanciones. A su vez, reconoce la autoridad del visitador general sobre el gobierno del ramo, la judicial del superintendente para ver las causas cometidas contra las ordenanzas de limpieza y la del corregidor para las tocantes a policía urbana, junto con las tareas y el curso legal que debían dar a los procesos sancionatorios los escribanos y sus honorarios.

[14] A.V.M. Secretaría 1-2-2 y 3-493-19.

[15] A.V.M. Secretaría 1-14-19.

[16] A.V.M. Secretaría 3-493-19. Entrada la década de 1630 algunos obligados habían subarrendado sus contratas a precios más bajos de lo habitual y los que las habían tomado a su cargo, al poco tiempo, no cobraban lo suficiente para cubrir los gastos, con lo que se producía su inminente ruina y se desatendía la limpieza de las calles. Así se lo hizo saber Ricci al superintendente Francisco de Tejada Mendoza, pero a éste tan sólo le interesaba que las calles estuvieran limpias, sin importarle los negocios entre particulares.

[17] Ibídem.

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