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Enrique María Repullés y Vargas
ENRIQUE MARÍA REPULLÉS Y VARGAS

 

Arquitecto, Madrid, 30 de octubre de 1845 – Madrid, 13 de septiembre de 1922.

 

Resume el profesor Pedro Navascués lo que fue la personalidad de Enrique María Repullés y Vargas en pocas y acertadas palabras: “arquitecto, restaurador, erudito, magnífico dibujante”.

 

Nacido en el piso principal de la calle Santa María número 18 (actual 22) de Madrid, fue el primer fruto del matrimonio formado por León Repullés Comillas y Genara de Vargas Velluga, siendo el padre comerciante, natural de Madrid, y la madre de Segovia[1]. En los padrones municipales figura el lugar de nacimiento como residencia de la abuela paterna doña Paula Comillas, viuda de Mateo Repullés, natural de Valencia, con la que convive el referido joven matrimonio.

 

La posición familiar llegó a ser económicamente acomodada, pues el padre fue ascendiendo socialmente hasta llegar a ser agente de bolsa, pudiendo trasladarse a un piso propio en la inmediata y burguesa calle Atocha y su número 88. Esta situación le permitió al joven Enrique María Repullés realizar los estudios de arquitectura con desahogo a partir de julio de 1862, tras obtener el título de bachiller con calificación de sobresaliente, en el Instituto de San Isidro.

 

En septiembre de 1863 realiza con éxito el examen de ingreso en la Escuela, siendo compañeros prestigiosos de su promoción: Lorenzo Álvarez Capra, Eduardo de Adaro, Fernando Arbós y Tremanti, José Urioste y Velada, Ricardo Magdalena o Emilio Rodríguez Ayuso. Entre sus profesores más próximos habría que citar a Manuel Aníbal Álvarez, quien por su brillante expediente le selecciona, junto a Rodríguez Ayuso, para redactar un proyecto de escuela pública modelo de instrucción primaria en 1869, por encargo del Ministerio de Fomento a la Escuela de Arquitectura. A partir de este momento los estudios tipológicos educativos serían una constante en su producción.

 

En marzo de 1869 obtiene su título de arquitecto y seis meses más tarde, con los referidos Aníbal Álvarez y Rodríguez Ayuso se presenta a un concurso del Ayuntamiento de Madrid para la construcción de una escuela modelo en la Plaza del Dos de Mayo, de líneas clasicistas, por el que obtienen un accésit. Su realización le serviría años después de base para la redacción de uno de sus primeros y más aplaudidos textos: Disposición, construcción y mueblaje de las Escuelas Públicas de Instrucción Primaria en 1878, un moderno tratado que recibió el Premio de la Exposición Pedagógica cuatro años después. En él, el arquitecto demostraba su conocimiento de la vanguardia inglesa y francesa en materia educativa, destacando la importancia que debía tener la biblioteca en la escuela, “la relación entre aprendizaje y espacio y la visión integral de los actores en el aula”, como han señalado los profesores Pablo Campos y Blanca Muro.

 

Realmente, su actividad profesional se inicia en 1870, al solicitar al arzobispo de Toledo, y concedérsele, la plaza vacante de arquitecto diocesano por fallecimiento de Francisco Enríquez y Ferrer, aunque al principio lo que acometiera fuera escaso, pues tuvo que esperar al Real Decreto del 13 de agosto de 1876 para la reinstalación de las juntas diocesanas de reparación de templos, dependientes del Ministerio de Gracia y Justicia. Es entonces cuando se ocupa del proyecto definitivo para la Iglesia Parroquial de San Matías en Hortaleza, villa de la diócesis toledana, tras su hundimiento en la década de 1850. Presentó su propuesta el 25 de agosto de 1877, en la que aprovecha la cimentación iniciada en 1858 por el arquitecto Blas Crespo y sobre la que dispuso el templo de una sola nave, simétrica, cubierta con cerchas, con torre a los pies y presbiterio de mayor altura, con bóvedas nervadas neogóticas. Al exterior sus referencias son al mudéjar toledano, “mozárabe” diría el arquitecto, utilizando como material el ladrillo visto, que se adapta para resolver los arcos, de medio punto y polilobulados de herradura apuntado, el rosetón o los canecillos del alero.

 

Su posición en la diócesis de Toledo propició su nombramiento en 1878 como corresponsal de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la ciudad imperial, iniciándose así, tempranamente, su relación con esta institución. No obstante, su vinculación con la ciudad se reduciría al presentar su dimisión como arquitecto diocesano en 1886, coincidiendo con la creación de la nueva sede obispal de Madrid-Alcalá, lo que le sería concedido por el Ministerio de Justicia tres años más tarde.

 

Se casó con María de Fridrich Domecq, con quien se estableció algún tiempo en Ávila y así atender a sus numerosos encargos, pues aquí fallecen en 1882 dos de sus hijos de corta edad José María y Concepción. Sin embargo, en 1895 está ya en Madrid, cuando se traslada al piso principal del recientemente construido edificio de la calle San Agustín, 13, que el arquitecto proyecta y promueve en el mismo barrio de su niñez. Aquí reside el matrimonio con sus otros cinco hijos, María Rita, Genara, Mariano, Enriqueta y Mercedes, además del padre ya viudo, León Repullés, quien falleció al poco, el 1 de febrero de 1898.

 

Decía su amigo Luis María Cabello Lapiedra, que tuvo doble condición, como arquitecto de obra nueva y restaurador, desarrollando ambas desde el principio y en paralelo, alcanzando un alto reconocimiento. En esta última faceta destacan sus trabajos desde 1879 en la Iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, si bien adoptando criterios más modernos frente a Narciso Pascual y Colomer, el anterior restaurador, eliminando sus decoraciones interiores no acordes con su concepción original.

 

Sus trabajos profesionales en la Diócesis de Toledo, como profesor auxiliar de la Escuela de Arquitectura y en las Exposiciones de Bellas Artes y de la Minería fueron premiados con la Encomienda ordinaria de Carlos III y el cargo de Arquitecto del Ministerio de Fomento en 1884, en el que llegó a ser vocal inspector de la Junta de Construcciones Civiles.

 

Esto fue asociado a la continuidad de su labor restauradora en Ávila, donde por residir deja profunda huella en sus monumentos, interviniendo en la Basílica de San Vicente y en las Murallas, la Capilla de Mosén Rubí o la Iglesia de Santa Teresa, en ésta concretamente a partir de 1888. También a su cargo en el Ministerio se debería el proyecto del 4 de enero de 1885 para la conducción de aguas potables en Piedrahita (Ávila). Y, además, proyecta de nueva planta en dicha ciudad castellana diversas obras civiles, como los desaparecidos instituto en la calle Vallespín y el mercado cubierto, así como la Capilla de las Adoratrices, una casa particular para don Antonino Prieto y en su cementerio el panteón de la familia Yruegas en 1892.

 

En 1884 gana el concurso para la construcción del nuevo edificio para la Bolsa de Madrid, del que su padre era agente, según se ha referido, viniendo a renovar las instalaciones de la vetusta sede de la calle de la Leña. Aprovechando sabiamente las posibilidades del solar de frente curvilíneo hacia la Plaza de la Lealtad, el nuevo y singular edificio cuenta con cuatro niveles, destacando el cuerpo central de planta basilical, con nave, galerías laterales, ábside semicircular y deambulatorio, al que se adosan otros dos trapezoidales, uno en cada flanco, con su respectivo patio triangular. Este conjunto se organiza según dos ejes: el de simetría, central y de acceso, que coincide con la dirección de uno de los diámetros de la Plaza, y en el que se suceden peristilo, galería o pórtico de arcadas, vestíbulo, nave y ábside; y otro transversal con dos núcleos de comunicación vertical a cada lado. El espacio más significativo, y al que queda supeditada toda la distribución, es el Salón de Contrataciones, centro del edificio y de doble altura, decorado con gran riqueza en lenguaje neorrenacentista. Está delimitado por una doble arquería, la inferior entre pilastras estriadas con capiteles tallados con el emblema del Comercio y la superior sobre columnas de mármol, con capiteles y basas de bronce, cuyas arquivoltas se adornan con los escudos de diferentes naciones. Cubre el Salón una bóveda esquifada de hierro y cristal. En el alzado principal se observa el mismo énfasis en el cuerpo central, configurado por una gran escalinata, un monumental pórtico hexástilo corintio, coronado por un ático con tondos y un reloj intermedio, más un escudo con las armas reales soportado por angelotes. Su clasicismo de distinta procedencia, inspirado en el Museo del Prado y en el Congreso de los Diputados, como ha señalado el profesor Javier Hernando, así como en la Bolsa de Viena, está cargado de simbolismo alusivo a su función, que acentúan sus esculturas exteriores dedicadas a la navegación, el comercio, la industria y el transporte.

 

En el Barrio de Salamanca de Madrid proyecta en 1888 dos casas de renta para don Mariano de Goicoechea y Ugarte, una ocupando el ángulo, de planta cuadrangular, y la otra rectangular, entre medianeras y de menor superficie. La primera cuenta con dos viviendas por nivel y la segunda solo con una, organizadas ambas alrededor de dos patios, el principal común y central y el de luces perimetral, en las medianerías del fondo y derecha, respectivamente. Por coincidir propiedad y uso, el arquitecto planteó un único volumen que integraba los dos edificios, con iguales características compositivas, constructivas, decorativas e incluso alturas de imposta y cornisa, de modo que desde el exterior no se advierte su división, sino es por la existencia de dos portales, el de la mayor hacia la calle Conde de Aranda. Es muy notable la integración en el basamento de los dos primeros pisos, bajo y entresuelo, uniendo los huecos de ambos a modo de pórtico, con arcos rebajados y pilastras de cantería, que recuerdan a los de las calles Mayor y Arenal, así como el contraste entre el aparejo de ladrillo de las plantas altas y las guarniciones e impostas en yeso. Los cuerpos de miradores acristalados en los extremos de los frentes, el sutil diseño de los paramentos, que se curvan en el chaflán, o las bandas decorativas de ladrillo con formas geométricas, rombos, hendiduras, sirven para reconocer en ellos un destino dirigido a residencia de las capas altas de la sociedad.

 

En 1890 se presenta al concurso para la construcción de la nueva Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha en Madrid, que no ganó pero fue premiado en la Exposición Universal de Chicago.

 

Ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando el 24 de mayo de 1896, ocupando el sillón vació tras la muerte de Francisco Jareño y Alarcón, versando su discurso sobre “La casa-habitación moderna”. En él plasma sus preocupaciones residenciales que ha tratado de llevar a sus proyectos, siendo muy crítico con la tradicional vivienda burguesa por su falta de luminosidad e insuficiente higiene en muchas habitaciones. Fue contestado por su compañero Lorenzo Álvarez Capra, elogiando sus contribuciones constructivas: las escuelas públicas de instrucción primaria. En esta institución llegó a ser secretario, participando como jurado en números concursos de arquitectura, y finalmente secretario general perpetuo desde el 4 de abril de 1918, en reconocimiento a su “meritísima labor”, como juzgaban las crónicas de la época.

 

Comienza el proyecto para la nueva Casa Consistorial de Valladolid en 1898, que plantea parcialmente en lenguaje neoplateresco, alineado con la corriente nacionalista que triunfa en España al finalizar el siglo XIX y mira, en plena decadencia política, a épocas pretéritas añoradas. A juicio de Pedro Navascués, no consigue la armonía entre sus torres esquineras, inspiradas en el Palacio Monterrey de Salamanca, con el cuerpo central de gusto neobarroco francés, con su cubierta amansardada y sus amplias arquerías de medio punto superpuestas. Precisamente estos huecos de la segunda planta iluminan el salón de recepciones, que, con la escalera, son los espacios más interesantes.

 

También proyecta el mismo año y de nueva planta la Basílica de Santa Teresa en Alba de Tormes, siguiendo el estilo neogótico, historicista más que ecléctico en esta ocasión, como señala el profesor Pedro Navascués, para lo que había recibido, como única condición, el que fuera todo de piedra. Esto unido a sus ambiciosas dimensiones hicieron costosísima su ejecución y dejaron el edificio inconcluso, aun habiendo sido premiado con medalla de plata el proyecto en la Exposición Universal de París de 1900. Consta de tres naves de gran altura, capillas laterales, crucero, girola, cimborrio y dos torres a los pies con chapiteles, todo pensado para la alta afluencia de peregrinos en fiestas y solemnidades.

 

Mantiene su labor restauradora, dando prueba en todas estas obras de su saber y pericia y de sus detenidos estudios arqueológicos, aun cuando siga en sus criterios los principios de la escuela francesa de Viollet-le-Duc. De este modo, en 1897 interviene en el palacete de la Quinta del Duque del Arco en El Pardo y en 1903 está restaurando la Catedral nueva y vieja y Universidad de Salamanca, así como la torre de San Esteban de Segovia, que se hallaba en muy mal estado y hubo que desmontar en gran medida, eliminando su chapitel churrigueresco y sustituyéndolo por otro piramidal, sin seguridad de su factura original.

 

Muy próximo a su domicilio madrileño, realiza en la calle Atocha un gran edificio de viviendas para doña María Josefa de Goicoechea, en el cual destaca el tratamiento de las fachadas, con un gran basamento en piedra, como en Conde de Aranda, en el que se abren dobles huecos que integran el nivel bajo y el entresuelo para locales comerciales, flanqueados por pilastras, y las plantas altas, en donde juega con la bicromía de los paramentos de ladrillo visto y los marcos, impostas y cornisas. En los extremos sitúa miradores de hierro y cristal.

 

En julio de 1902 proyecta el Grupo Escolar Alfonso XIII en la calle Fuenterrabía de Madrid, participando de manera altruista, con el fin de sumarse a la generosa iniciativa de la reina María Cristina para multiplicar los centros educativos en los barrios madrileños, especialmente para familias con pocos recursos. Conseguía así, Repullés, materializar más rotundamente sus ideas al respecto, enunciadas en el referido texto de 1878, y el modo de concebir la arquitectura, en el que el coste del edificio, su función y su lenguaje formal debían estar vinculados. Se trata de un edificio de sencilla y racional composición, de planta rectangular, en cuyo exterior domina la simetría y el lenguaje neomudéjar, con muros de ladrillo visto sobre un zócalo de piedra granítica, y aplicaciones cerámicas. Se distingue por la elevación de sus cuerpos extremos, con tres alturas frente a las dos del central, rematados con hastiales escalonados. Lo más interesante es su funcionalidad, incluyendo biblioteca, salón de actos, museo, cuartos para maestros, locutorio para el director, y la asunción de los preceptos de la higiene escolar, con aulas capaces, bien ventiladas e iluminadas.

 

Este mismo año realiza la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, otra vez decidiéndose por el lenguaje neogótico y demostrando el eclecticismo de su autor, del que hace gala a lo largo de su producción, no tanto en cada edificio, pues trata de mantener la unidad estilística, como de su actitud que le permite trabajar en distintos registros estilísticos. Esta iglesia se levanta como primer centro parroquial de Cuatro Caminos, sustituyendo con su proyecto a otro anterior de menores dimensiones, realizado en colaboración con Miguel de Olabarría. Destaca su torre con esbelta aguja en el centro de la fachada, como en la Iglesia de San Matías, y su claristorio y triforio, que se abren a la única nave con capillas laterales y crucero.

 

En cambio, en la Iglesia Parroquial de Santa Cristina, fundada por la propia reina en 1904, a cuya santa patrona se le dedica, apuesta por el lenguaje neomudéjar, logrando, en opinión del profesor Adolfo González Amezqueta, “uno de los más recargados y virtuosos ejemplos” de aquél, pues el ladrillo se utiliza con su máxima expresividad, en cornisas, arquillos ciegos, remarcando los arcos geminados y los de herradura apuntados, pero especialmente en las retículas decorativas de los paramentos, con el sebka islámico. Destaca nuevamente su torre centrada a los pies, que se convierte en un hito en el Paseo de Extremadura, y su única nave, con capillas a los lados, cubierta con armaduras de madera labrada al descubierto, imitando los antiguos artesonados.

 

También en 1904 realiza con el escultor Mariano Benlliure un pabellón apiramidado para panteón de los Duques de Denia en el Cementerio de San Isidro de Madrid y, tras la muerte de Miguel de Olabarría, continuador del proyecto del marqués de Cubas, asume la dirección de las obras de la Catedral de la Almudena, terminando la cripta y comenzando la iglesia. En esta responsabilidad se mantuvo hasta su fallecimiento en 1922, introduciendo importantes modificaciones de contención económica, al considerarse el proyecto original desmesurado.

 

Participa en las sesiones del VI Congreso Internacional de Arquitectos que se celebra en Madrid y en el mes de abril del dicho año de 1904, en el que coincide con maestros precursores del Movimiento Moderno, como H. P. Berlage, P. J. H. Cuypers o Hermann Muthesius. También lo hará en mayo de 1908, como delegado de la Sociedad Central de Arquitectos de España, viajando a Viena, sede esta vez del VIII Congreso, en compañía de Urioste, Velázquez Bosco y Arbós.

 

Con el escultor Aniceto Marinas diseña un monumento en 1908 para conmemorar el atentado que sufrieron Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia en la calle Mayor dos años antes, el día de su boda, siendo promovido por diversos aristócratas, con un pedestal “poco afortunado”, como expresa el profesor Navascués, que servía de base a una imagen de la Virgen. Dos años después, con el mismo artista, realiza la estatua homenaje a Fray Tomás Cámara en Salamanca, obispo que fue de esta ciudad, siendo inaugurada el 17 de mayo de 1910.

 

El 1 de marzo de 1910, Repullés había solicitado licencia al Ayuntamiento de Madrid para construir la casa y estudio del pintor Joaquín Sorolla en el Paseo del General Martínez Campos, actual Museo. Se trata realmente de un palacete rodeado de jardines, en el que la participación del artista fue esencial, encargándose el arquitecto de hacer realidad sus deseos. Sorolla, que retrató al arquitecto, contó también con la ayuda de otros de sus amigos, el escultor Mariano Benlliure y el neuropsiquiatra Luis Simarro.

 

La casa, situada en el interior de la parcela sin fachada a la vía pública, se distingue por un porche con dos arcos de medio punto sobre cuatro columnas, que cobija la entrada. El interior muestra el ejemplo perfectamente conservado de una casa de la época, con decoraciones muy coloristas creadas en gran parte por el pintor, que encajan perfectamente en el clima estético de su obra luminosa y vitalista.

 

En cuanto a los jardines se organizan en tres sectores, tratando de recrear el espíritu de los hispanomusulmanes, mediante la armonía entre la vegetación y el agua. El primero o de entrada desde la calle cuenta con cuatro setos de boj de forma circular y fuente con taza elevada, delimitado con un banco lateral y adosado a un muro decorado con azulejería. El segundo jardín sigue la misma línea que el anterior, incorporando una acequia al modo del Generalife y una escultura romana, flanqueada por dos cipreses. En la transición al tercer sector se incorpora un terrado, un banco de azulejería y una columnata con fuente clásica adosada a la casa. El último jardín o tercero es el más sombrío. Está encerrado entre la casa, el estudio y la tapia. El mirador del salón ordena la composición arrancando desde él un eje en el que axialmente se suceden: la fuente de las confidencias, el estanque, un paseo y la pérgola columnada con un rosal trepador.

 

También en este año de 1910 proyecta el Oratorio del Cristo del Olivar en el Barrio de Embajadores de Madrid, dentro de la línea neomudéjar, de planta basilical de tres naves, con crucero y cabecera recta. Al exterior destaca la mayor altura del cuerpo central, con dos pisos, el inferior con un gran arco de entrada entre pilastras y el superior con serliana, rematados por frontón con pináculos y espadaña. Nuevamente vuelve a hacer gala del bicromatismo entre el ladrillo y la piedra.

 

El arquitecto Cabello Lapiedra igualmente decía que Repullés tenía doble personalidad como arquitecto y escritor. Corroboran esta afirmación, tanto el profesor Fernando Chueca Goitia, al decir que fue un “gran escritor sobre temas de arte”, como Pedro Navascués, expresando que “ha sido el mejor crítico de arquitectura de todo nuestro siglo XIX”, con cientos de artículos sobre arquitectos y obras y numerosos libros. Además, fue prolífico conferenciante y muchas de sus conferencias se conocen porque fueron publicadas, como la ofrecida en la Academia de San Fernando el 29 de marzo de 1914 con el título: “El Greco, arquitecto y escultor”, con motivo del tercer centenario del fallecimiento de este artista.

 

El 22 de marzo de 1919 celebró sus bodas de oro con la profesión, recibiendo en tal ocasión la medalla de la Sociedad Central de Arquitectos. Fue uno más de los muchos galardones que se le concedieron, especialmente en sus últimos años: caballero Gran Cruz de la Real Orden española de Isabel la Católica y de la Civil de Alfonso XII, comendador de número de la de Carlos III, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y del Colegio Notarial, jefe superior honorario de Administración civil, miembro corresponsal y honorario de la Sociedad Central de Arquitectos franceses, del Real Instituto de Arquitectos británicos, de las Sociedades central de Arquitectura de Bélgica y Real de Arquitectos de Amberes, y del Instituto Americano de Arquitectos, entre otros méritos.

 

Socialmente reconocido, el 13 de septiembre de 1922, ya viudo, pero rodeado de sus hijos y nietos, fallecía en su domicilio de la calle San Agustín, sin haberse retirado, pues mantenía la dirección de las obras de la Catedral de la Almudena y la conservación de los Monumentos Nacionales, por encargo del Estado. Decía Cabello Lapiedra en su homenaje, unos meses antes de su muerte, que “Repullés y Vargas es bueno, con esa bondad que no transige con lo injusto y acomodaticio, pero que da medios para armonizar intereses y aspiraciones de todos, aunando pareceres discrepantes, sin que nadie tenga derecho a reconvenirle por incorrección alguna”.

 

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CRONOLOGÍA DE OBRAS EN MADRID

 

1869. Proyecto de concurso para una Escuela Modelo en la Plaza del Dos de Mayo, convocado por el Ayuntamiento de Madrid, con Aníbal Álvarez Bouquel y Emilio Rodríguez Ayuso.

 

1878. Iglesia Parroquial de San Matías, Plaza de la Iglesia, Madrid (Archivo del Ministerio de Justicia leg. 3.743, exp. 11.533)

 

Viviendas para don Pascual Aguado, calle Luisa Fernanda, 16, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 6-440-2)

 

1879. Restauración de la Iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, calle Ruiz de Alarcón, 19-21, Madrid.

 

Viviendas para don José Antonio Noguerol, calle Bravo Murillo, 77, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 6-440-3)

 

1880. Viviendas para don Pascual Aguado, calle Mendizábal, 15, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 6-424-4)

 

1881. Viviendas para don Luis Ezpeleta y Contreras, calle Santa Feliciana, 18 y calle Quesada, 8, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 6-404-17)

 

1884. Edificio sede de la Bolsa de Madrid, Plaza de la Lealtad, 1, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 11-435-3)

 

1888. Dos edificios de viviendas para don Mariano de Goicoechea, calle Claudio Coello, 17 y Conde de Aranda, 7, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 7-364-20, 8-6-13)

 

1890. Proyecto de concurso para la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, Madrid.

 

1892. Primer proyecto para la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles, calle Bravo Murillo, 93, Madrid, con Miguel de Olabarría (Archivo de Villa de Madrid 11-430-31)

 

1893. Viviendas del propio arquitecto Enrique Mª Repullés y Vargas, calle San Agustín, 13, Madrid.

 

1897. Restauración del Palacete de la Quinta de El Pardo, Carretera de Somontes a la Real Quinta, s/n, Madrid.

 

Viviendas para doña María Josefa de Goyeneche, calle Atocha, 26, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 11-442-51, 13-5-6)

 

1902. Grupo Escolar Alfonso XIII, actual CEIP San Isidoro, calle Fuenterrabía, 15, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 18-137-58).

 

Panteón de Hombres Ilustres, de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, Cementerio de San Justo y San Millán, Madrid.

 

Panteón de la familia González Careaga, Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena.

 

Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, calle Bravo Murillo, 93, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 18-187-30, 19-410-27)

 

1903. Dirección de obras del Colegio de la Divina Pastora, calle Santa Engracia, 140-142, Madrid, proyectado por José Urioste (Archivo de Villa de Madrid 6-57*-112, 16-478-17)

 

1904. Panteón de los Duques de Denia, Cementerio de San Isidro, Madrid, con Mariano Benlliure (escultor)

 

Continuación de las obras de la Catedral de la Almudena, Plaza de la Armería, Madrid.

 

Iglesia parroquial de Santa Cristina, Paseo de Extremadura, 32, Madrid.

 

1908. Monumento conmemorativo del atentado a Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia, con Aniceto Marinas (escultor)

 

1910. Hotel y estudio del pintor Joaquín Sorolla, calle General Martínez Campos, 37, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 17-262-25)

 

Oratorio del Santo Cristo del Olivar, calle Cañizares, 4, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 4-94-67, 18-215-67)

 

 

MIGUEL LASSO DE LA VEGA

FECHA DE REDACCIÓN: 31 DE DICIEMBRE DE 2020

FECHA DE REVISIÓN:

 

NOTAS

[1] Un extracto de su partida de bautismo el 1 de noviembre de 1845 en la Parroquia de San Sebastián de Madrid (Libro 76, fol. 4) ha quedado recogido en el libro: FERNÁNDEZ GARCÍA, Matías, Parroquia madrileña de San Sebastián. Algunos personajes de su archivo, Madrid, Caparrós editores, 1995, p. 111.

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