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Narciso Pascual y Colomer. Edificio del Congreso de los Diputados. 1842.
Pascual y Colomer, Narciso

 

Arquitecto, Madrid 12 de marzo de 1808, Lisboa 9 de junio de 1870.

 

Para Madrid el siglo XIX será, como para todas las grandes ciudades de la época, un período de grandes cambios desde el punto de vista social y urbanístico que modificarán por completo la imagen de sus calles, su extensión y muchos de sus edificios[1]. Y si el siglo XIX fue decisivo para la ciudad de Madrid, hay una figura que destaca por encima de todas, personaje polifacético y fructífero; que desde sus cargos vinculados a la Corona, a la Escuela de Arquitectura de Madrid y trabajando para la nueva y pujante burguesía, tuvo especial resonancia. Esa figura es la del arquitecto Narciso Pascual y Colomer, cuyo desarrollo profesional coincide de pleno con el Madrid de Isabel II, la etapa de mayores cambios para la ciudad.

 

Arquitecto de formación clásica, llegó a ser el más representativo de la época isabelina, dejando su impronta en grandes edificios públicos como el Congreso de los Diputados, privados como el Palacio del marqués de Salamanca en el Paseo de Recoletos, así como en las reformas de espacios urbanos como la Plaza de Oriente. Aunaba su faceta profesional con la académica, fue director de la nueva Escuela de Arquitectura de Madrid, fundador de la Escuela de Arquitectos Paisajistas, así como pionero en la teoría y práctica de la restauración arquitectónica en España.

 

ETAPA DE FORMACIÓN

 

Narciso Pascual y Colomer era hijo de Juan Pascual y Colomer, el bibliotecario de la Academia de Bellas Artes de San Fernando (desde 1793 a 1826), y en 1824 ayudaba como oficial de la biblioteca con agregación al Archivo[2], con lo que tenía a mano todo tipo de documentos y dibujos de arquitectura que redundarían en su formación. Además, acudía a la academia de dibujo para la preparación del ingreso a la Academia de San Fernando que dirigía el arquitecto Custodio Teodoro Moreno, que será su principal maestro.

 

En 1831 Narciso Pascual y Colomer cursa ya los estudios de Arquitectura en la Academia de San Fernando, obteniendo el primer premio de la 2ª clase, con su Proyecto de Galería[3], pensada como entrada principal al palacio de Buenavista. Delimitaba toda una plaza de planta rectangular ajardinada frente al palacio, que hubiera sido un curioso espacio semipúblico entre la calle de Atocha y la Inspección general de Milicias, justo en el cruce con el paseo del Prado y el de Recoletos. Se trataba de un espacio homogéneo de tres crujías adinteladas y totalmente permeables de columnas dóricas. Se singularizaba en su centro con un pórtico que avanza, un friso tallado y una cuádriga como remate, formando casi un arco de triunfo, y se señalaban las esquinas con pabelloncitos que recuerdan a la Puerta para los Jardines del Buen Retiro diseñada por Machuca en el siglo anterior. La función de estas galerías sería la misma que las del Palais Royal de París, tan de moda en aquella época, pero creadas bastante antes.

 

Durante sus estudios tendrá la oportunidad de viajar como pensionado a Italia, donde pudo visitar alguna de las abundantes villas renacentistas y barrocas, aparte de los consabidos monumentos de la época clásica. A su vuelta, Colomer se graduó como Maestro Arquitecto el 25 de agosto de 1833 con el proyecto de una Casa de Campo para un soberano[4], casi como si esto fuese una premonición de su carrera.

 

Además, a lo largo de toda su vida seguirá viajando para actualizar su formación. Así, entre 1836 y 1838 visitará becado[5] París y Londres donde pudo asimilar las tendencias internacionales. En 1867 visita la Exposición Universal de París como director de la Escuela de Arquitectura, acompañado de los destacados alumnos Fernando Arbós y Fernando Arzua. En 1868 es comisionado para estudiar la organización de la enseñanza de las escuelas profesionales y de artesanos en Francia e Inglaterra y en 1869 el Ministerio de Fomento le concede licencia para viajar a Alemania e Italia para continuar este estudio, y, de hecho, en uno de sus viajes, en Lisboa, le sorprendió la muerte.

 

COLOMER Y EL MADRID ISABELINO, LA ARQUITECTURA PÚBLICA Y REPRESENTATIVA

 

CARGOS DESEMPEÑADOS Y EDIFICIOS PÚBLICOS:

 

A lo largo de su vida profesional Narciso Pascual y Colomer ostentó diversos cargos públicos para la Corona, el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Instrucción y Obras Públicas, cofradías y cargos académicos, fruto de los cuales obtuvo importantes encargos de arquitectura pública, reformas urbanas y restauración de edificios históricos. Su primer y más sonado logro, de “la serie ininterrumpida de éxitos profesionales que le acompañaron hasta su muerte”[6] fue ganar el concurso para la nueva sede del Congreso de los Diputados en 1842, por el cual fue condecorado por Isabel II con la Cruz de Carlos III al año siguiente. En 1843 recibió el encargo de proyectar la Sacramental de San Luis y en 1844 se sucedieron relevantes nombramientos: fue elegido miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde será el director de Arquitectura, nombrado Arquitecto Mayor de Palacio y de los Reales Sitios (sucediendo a Custodio Teodoro Moreno) y llamado a formar parte de la recién creada Escuela de Arquitectura de Madrid, de la que será director a partir de 1852. En 1845 es nombrado Arquitecto de Instrucción Pública y comienza a trabajar para el marqués de Salamanca, representante de la nueva burguesía adinerada de la sociedad decimonónica.

 

En el reinado de Isabel II la ciudad se debatía entre la ampliación y la reforma, siendo el aspecto fundamental de este período la activa presencia de la emergente burguesía, rozaba los 200.000 habitantes y se preparaba para convertirse en metrópoli. Las continuas transformaciones políticas e institucionales hicieron que Madrid asumiese una nueva condición de capital del reestructurado Estado Monárquico, resultando una ciudad más rica y compleja sembrada de nuevas instituciones (Cortes, Ministerios, Universidad…) y dotada de nuevos servicios (mercados, mataderos, casas de beneficencia, conducciones de agua, ferrocarril, gas)[7]. Asimismo, el patrimonio inmobiliario se vio impulsado por el capital privado en auge frente a los fondos del Estado, inmerso en las guerras carlistas. Es la época de las desamortizaciones, en las que hasta 540 propiedades eclesiásticas pasaron a manos particulares. En las décadas de los treinta y cuarenta fueron destacables las realizaciones y propuestas del alcalde Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos, y de Ramón de Mesonero Romanos[8] para reorganizar la ciudad: reforma de la división administrativa, nueva denominación y numeración de calles, regulación de aceras y empedrados, alumbrado, ajardinamiento de zonas públicas… aunque no respondían a un proyecto global de transformación de la ciudad, sino que eran iniciativas parciales.

 

En este contexto urbano la primera obra de Colomer fue la dirección de la construcción, compartida con Aníbal Álvarez, del mercado de Caballero de Gracia en el solar que había ocupado el homónimo convento en 1840. Ese mismo año obtuvo la plaza de arquitecto ayudante del Congreso de los Diputados, que ocupaba entonces la desamortizada iglesia del antiguo convento del Espíritu Santo en la carrera de San Jerónimo y que había sido habilitada para el nuevo fin por Pérez Cuervo. En 1841 se declaró en ruina el edificio, celebrándose las sesiones en el todavía inacabado Teatro Real, supervisando Colomer el traslado. Otras obras suyas como el palacio del marqués de Salamanca en terrenos del convento de Agustinos Recoletos, la Universidad Central (antiguo Noviciado jesuita), la plaza de Oriente, el palacio de Fontangud sobre el convento de San Hermenegildo, sus intervenciones en la iglesia de los Jerónimos, en la Encarnación, etc., tienen relación con los procesos desamortizadores, que además le permitieron, definiendo nuevos modelos arquitectónicos, configurar los dos polos extremos del Madrid de su momento: la zona de Palacio, con la nueva calle Bailén, la plaza de Oriente y la Armería y el eje Prado-Recoletos que comenzaría a apuntar como futuro gran eje de crecimiento hacia el norte.

 

Empecemos con el Palacio del Congreso. En 1842, debido al mal estado del lugar inicial, como hemos dicho, y una vez decidido que se mantenía el solar para su ubicación, se convocó un concurso nacional para el nuevo Palacio del Congreso, el cual fue ganado por Colomer con un funcional proyecto que proponía un gran salón de sesiones en forma de hemiciclo, donde el modo de organizar el espacio, encadenando las diversas estancias, los pasillos y salones tiene mucho de neoclásico academicismo, con un exterior italianizante pero con un pórtico neogriego, ajustado a la función parlamentaria. El edificio del Congreso de los Diputados se construyó entre 1843 y 1850, poniendo la primera piedra la reina Isabel II el mismo día que cumplía 13 años.

 

Colomer presentó un primer proyecto, del cual no se conservan los planos sino tan solo la memoria facultativa remitida a la Comisión de Gobierno del Congreso[9], donde manifiesta su preocupación por la pequeña superficie del solar, la alineación de las fachadas y el fuerte desnivel de la fachada principal que forzaba extremadamente la distribución interior. Explica también el modelo francés elegido para el salón de sesiones por su probada acústica y visibilidad. Las obras comenzaron pues, con un salón con capacidad para trescientas noventa y tres personas y, al cambiar la ley electoral en 1846, debía haber sitio para casi setecientos asistentes. Aquel primer proyecto se había organizado en función de la secuencia portada principal-vestíbulo-salón de sesiones-sala de conferencias y no como hoy la vemos, con la sala de conferencias entre el vestíbulo y el salón.

 

El proyecto definitivo se sancionó por Real Orden del 22 de febrero de 1843[10]. Su fachada principal a la carrera de San Jerónimo, consta de un cuerpo central hexástilo de orden corintio, ligeramente avanzado y realzado por la escalinata flanqueada por dos leones. Sobre el entablamento un frontón con relieves alegóricos que representan, en palabras del propio Colomer «España abrazando la Constitución del Estado, símbolo de todos los poderes, que estará rodeada de la fortaleza y la justicia…»[11]Los dos cuerpos laterales de la fachada siguen el modelo de un palacio renacentista italiano, con almohadillado y pilastras jónicas, al igual que el resto de fachadas del edificio. La principal es de fábrica de piedra pero en las otras hay lienzos de cuidados paramentos de ladrillo combinados con la piedra. Siguiendo el eje mayor, tras el pórtico se abre un vestíbulo circoagonal, después la sala de conferencias, ricamente decorada al modo renacentista, para llegar al salón de sesiones, de planta semicircular, con los asientos dispuestos en anfiteatro, con la tribuna de la presidencia situada en el lado plano. La formidable sala se ilumina por un gran tragaluz de madera y hierro, diseñado por Colomer, en el centro de la bóveda pintada por Carlos Luis de Ribera. Las ricas decoraciones pictóricas del interior fueron realizadas, aparte de por Ribera, por Vicente Camarón, Joaquín Espalter y Federico de Madrazo. Los relieves, capiteles y esculturas de las fachadas fueron tallados por Panuchi y Ponciano Ponzano, mientras que las esculturas que adornan el interior las realizaron José Piquer y Duart, Sabino Medina, Andrés Rodríguez y José Peguincci.

 

En el decenio 1844-1854, Colomer desempeñó el cargo de Arquitecto Mayor de Palacio y de los Reales Sitios[12], bajo el cual realizó destacados proyectos en las posesiones reales, el propio palacio Real y la ciudad de Madrid.

 

OBRAS URBANAS:

 

El proyecto urbano de mayor interés del primer tercio del siglo fue la plaza oriental de palacio. Tras la explanación y el derribo del antiguo teatro de los Caños del Peral (1817) el gran círculo proyectado por Isidro González Velázquez intentó sintetizar un pacto entre la Corona y la Villa. La ciudad, con su arquitecto Antonio López Aguado, se haría cargo del nuevo teatro y la Corona asumiría el perímetro residencial cuyo pórtico sur se levantó (1836) para después ser derribado (1836). Así, la zona que sufrió mayores cambios fueron los alrededores de Palacio, no sólo con la plaza de Oriente, sino también con la plaza de la Armería y, después, con la prolongación de la calle Bailén, el Viaducto y la urbanización de la Cuesta de la Vega, el definitivo asentamiento del Senado y de las Cortes, el remate del Observatorio Astronómico y el inicio de la reforma del templo de los Jerónimos y, sobre todo, la reforma de la Puerta del Sol (1854-1862). En cuanto a las infraestructuras, en 1850 llega el ferrocarril y el Canal de Isabel II se inaugura en 1852; ambos acontecimientos serán fundamentales para la reforma y la expansión ilimitada de la ciudad. Sólo restaba el derribo de las murallas, que se realizará en 1868.

 

En muchos de estos proyectos urbanos participará Colomer, como toda la ordenación del entorno de Palacio, la ordenación definitiva de la plaza de Oriente y la nueva plaza de la Armería. Muy importante desde el punto urbanístico fue la conclusión de la Plaza de Oriente, que tras numerosas vicisitudes[13] se convirtió en un ámbito ajardinado según los proyectos de los ingenieros Merlo, Gutiérrez y Ribera (1842) y del arquitecto mayor de Palacio, Pascual y Colomer[14] (1844). Éste convirtió las manzanas laterales en jardines tipo quinconce, pero la zona central, con el monumento-fuente y la estatua de Felipe IV, se adornó según el plan de los ingenieros en forma oval, elevado y cerrado por una verja y un paseo de acacias, con las esculturas de reyes de la serie destinada a lo alto de Palacio, dispuestas en parejas separadas por un banco. Rodeando el monumento-fuente había parterres geométricos de boj, flores y frutales. Estos jardines fueron rediseñados varias veces a lo largo de los siguientes cien años, como en 1861, cuando el jardinero mayor de Palacio, Francisco Viet, reforma las zonas laterales en estilo inglés, con senderos curvos y praderas.

 

El proyecto de Colomer para la plaza de Oriente de Palacio se plasmó en un bello dibujo[15] en 1844 que aunaba jardines, viarios y edificación, que anunciaba un nuevo sentido urbanístico y paisajista de transformar la ciudad. Además, redactó las ordenanzas de los edificios de la plaza en 1850, y de acuerdo a ellas proyectó el edificio de la calle Lepanto, con la imposta de las casas alineada con la cornisa de la fachada del Teatro Real y una distribución también unitaria de los huecos de fachada y color uniforme de los revocos. Se creaba así un conjunto urbano unitario e integrado con la fachada del Teatro Real, cuya armonía se puede apreciar incluso hoy en día. La creación de esta plaza oriental de Palacio permitió la apertura de la calle Bailén, entonces llamada calle Nueva, que iba de la plazuela de San Marcial (hoy plaza de España), pasando entre el palacio Grimaldi y las Reales Caballerizas y terminando en el ala este de la plaza de Armas (aún sin concluir) hasta la calle del Viento (bastante antes de la calle Mayor). Colomer propuso consecuentemente también mejorar la plaza de la Armería y el Campo del Moro.

 

RESTAURACIONES:

 

Colomer formó parte de la comisión que publicaba Monumentos arquitectónicos de España, realizó un informe sobre la catedral de León e intervino y dejó su impronta en importantes monumentos madrileños. Así, restauró el Observatorio Astronómico[16] de Villanueva entre 1845-47, continuó también la obra de la plaza Mayor de Villanueva y realizó parte de la fachada de la Universidad Central de San Bernardo, que había sido comenzada por Mariátegui. En estas obras utiliza Colomer un clasicismo atenuado, con una ornamentación contenida, al igual que en varias casas para particulares realizadas en las mismas fechas, como la fachada para el duque de Riansares enfrente del Senado, realizada hacia 1846. Dirigió la finalización de las obras de los áticos del cuerpo sur y norte del Real Museo de Pinturas entre 1844 y 1848 y reformó el cuerpo absidial del mismo, creando la “sala de Isabel II”, de pintura y escultura, a doble altura con una tribuna sobre un anillo ovalado sustentado por columnas de fundición (1847-52). También realizó la primera instalación de calefacción en el Museo y la ampliación de los lucernarios de la galería principal.

 

Pero fue en los proyectos ideados para la restauración del Real Monasterio de la Encarnación (1844-1847) donde pueden apreciarse mejor sus ideas sobre los principios que debían aplicarse en la restauración de edificios que años más adelante serían Monumentos Histórico-artísticos. Son proyectos adecuados a las teorías heterogéneas que en aquella época empezaban a definirse en diversos países europeos, que más que restauraciones eran profundas intervenciones en los mismos, aunque aún no puede apreciarse la influencia de Violet-le-Duc ni de Ruskin que comenzarían a difundirse a partir de 1844 y 1849. Para la Encarnación, Colomer se centró en las fachadas que se vieron afectadas por los derribos de parte del edificio conventual y las huertas durante las obras de conformación de la plaza de Oriente. En algunas de las propuestas aún aparece una zona de la huerta que se pensaría conservan, aunque finalmente ésta desapareció por completo. Colomer propuso tres soluciones distintas, una con una imagen clásica que recuerda mucho al Congreso, otra con una sorprendente imagen barroca y ecléctica[17] y la tercera y definitiva, con un basamento de granito sobre el cual se levantaban sencillas fábricas de ladrillo y cajones de mampostería encintada siguiendo las partes más antiguas del convento.

 

Ya casi al final de su vida interviene con criterios románticos en la restauración de San Jerónimo el Real. La iglesia había sufrido grandes daños durante la ocupación francesa, habiendo sido usada como cuartel, parque de artillería y hospital de guerra. Fue desamortizada y requería una urgente consolidación. Colomer no se limitó a ello, sino que aprovechó para recrear el edificio gótico y proponer una nueva imagen urbana. Así, limpió la iglesia de edificaciones anejas para su nuevo fin como edificio exento y construyó de nueva planta las dos torres neogóticas que flanquean la cabecera de la iglesia. Anteriormente había proyectado Colomer una galería de arcos que conectaba los Jerónimos con el Salón de Reinos casi hasta el Museo del Prado, proyecto que no se realizó, por venderse los terrenos de la zona oeste del Retiro para su urbanización, y que curiosamente hubiese anticipado la relación museística actual de los tres edificios. Igualmente, Colomer proyecto también tras la cabecera de la iglesia de los Jerónimos un jardín de estilo paisajista que hubiese tenido como telón de fondo perceptivo la fachada posterior de la misma y que hubiese sido un digno frente urbano paralelo a la nueva avenida que se trazó (actual calle de Alfonso XII). Esta intervención, así como los proyectos no realizados de la galería y el jardín de la zona, ponen de manifiesto una vez más la moderna idea que tenía Colomer sobre la arquitectura como generadora de ámbitos urbanos.

 

LA ARQUITECTURA RESIDENCIAL Y SU OBRA PARA EL MARQUÉS DE SALAMANCA

 

Su primer encargo particular lo recibió de José de Salamanca para su Quinta en Aranjuez en 1844. En Madrid, reformó el palacio del marqués de Montealegre, en 1845 en la calle Barquillo, el de duque de Riansares entre 1847 en la plaza de los Ministerios, frente al Senado (hoy en día desaparecido) y construyó en 1861 el soberbio palacio para el empresario Fontagud en la plaza del Rey[18].

 

Igualmente, proyectó edificios de viviendas en la calle del Olivar (1845), en la calle de Ciudad Rodrigo (1846) y en la plaza de Oriente (1850) donde además redactó las ordenanzas para la construcción de edificios, como vimos. Para su propia casa realizó un atractivo ejemplo de vivienda unifamiliar, hoy desaparecida, en la calle de San Bernardo.

 

EL PALACIO DEL MARQUÉS DE SALAMANCA EN RECOLETOS:

 

Lo veremos trabajando para José de Salamanca y Mayol (Málaga 1811-Carabanchel Bajo 1883), el cosmopolita hombre de negocios y mecenas de las artes, en el palacio de Recoletos entre los años 1846 y 1859. Cuando Salamanca le encarga su palacio, el enclave era todavía un lugar periférico, por lo que el edificio se plantea como exento y entre jardines. El solar estaba situado sobre terrenos de las huertas del antiguo convento de Recoletos, entre el Real Pósito de la Villa y la Casa de la Moneda con sus cuatro imponentes chimeneas. Cerca se encontraba la Facultad de Veterinaria con sus dos hospitales, una fábrica de carruajes y la Plaza de Toros. Es decir, era un ámbito con cierto carácter industrial, pese a su vecindad con la plaza de Cibeles, la calle de Alcalá y el Buen Retiro. Al palacio de Salamanca le siguieron otros de adinerados personajes, aparte de la construcción del edificio del Banco de España en Cibeles que fueron transformando el cariz de la zona, que cambiaría ya de manera definitiva cuando, tras su palacio, el marqués de Salamanca construya el barrio del ensanche que lleva su nombre.

 

El palacio de Recoletos (1850-58), rodeado de jardines y cerrado por una verja con una bonita portada, tenía tres plantas, sótano, baja y principal, que le daban una figura cúbica compacta, de fachada horizontal y equilibrada que se remataba por una cornisa y una balaustrada adornada con jarrones. Tenía una imagen inequívocamante italiana, tanto en su volumen como en su composición y en los lenguajes arquitectónicos utilizados. La fachada principal parece inspirada en la de la villa Farnesina de los Chigi, obra de Peruzzi, también con dos plantas y nueve tramos de puertas y ventanas, en la cual se había hospedado varias veces el propio José de Salamanca durante sus viajes a Roma. De todas formas, Colomer introduce otros elementos ajenos a este modelo como la serliana central del cuerpo superior de la fachada. Por otro lado, el origen palladiano de la fachada es evidente por las columnas adosadas a modo de orden gigante, en su relación con las pilastras y columnas pequeñas que enmarcan las ventanas y, sobre todo, por el valor espacial concedido a la pared, por su dimensión escultórica. El arquitecto buscará una síntesis entre tradiciones diferentes, ya que la ornamentación es italianizante, la distribución francesa y algún detalle completamente moderno, como la bóveda que cubría el patio interior.

 

En planta, el palacio se organiza en torno a un precioso patio central a modo de cortile italiano, aunque está cubierto por una armadura de hierro y cristal. Alrededor del mismo había una galería en planta baja y otra en el piso principal, abiertas con grandes arcadas sobre columnas, que organizaban toda la circulación de la casa. En el sótano se encontraban las cocinas; en la planta baja se situaba el vestíbulo, las salas, antesalas, gabinetes, alcobas, sala de café, sala de billar y tres escaleras: la principal, con una impresionante caja a doble altura, y las secundarias que tienen el ingreso por la galería comunicando todos los pisos entre sí[19]. La planta principal albergaba la “galería de pinturas” en la crujía que corresponde a la fachada del jardín posterior. Esta alargada y espaciosa sala se iluminaba por tragaluces hechos en la armadura de la cubierta, pues por su destino se hallaban cegados seis de los siete balcones que ocupaba. Además había un salón principal con sus gabinetes, varias salas, alcobas y un comedor. Las piezas, comunicadas en enfilade que desembocan en ventanas, siguen una tradición recurrente, aunque algunos espacios estaban agrupados según las novedades funcionales de la distribución francesa.

 

En cuanto a la decoración de paramentos y ventanas, los motivos ornamentales repiten con insistencia los mismos asuntos iconográficos, cambiados de escala según las proporciones de los diferentes frisos, cornisas, fustes o pedestales que cubren. Se puede encontrar en ellos una lectura redundante sobre la significación del palacio y de sus dueños. La decoración es una jugosa recreación plateresca[20], con motivos de candelieri, grutescos y cabezas que asoman sobre la guarnición de las ventanas. Este último tema se repetirá en los vanos mayores de la fachada del palacio de Vista Alegre.

 

EL PALACIO NUEVO DE VISTA ALEGRE:

 

Dicho Palacio había sido comenzado en 1834, sobre los almacenes de la fábrica de jabón de los Cinco Gremios Mayores que María Cristina de Borbón incorporó a su finca en Vista Alegre. Seguramente el autor de las trazas fue Martín López Aguado, pues las obras comenzaron cuando la formación de la quinta estaba a su cargo, pero en marzo de 1835 fue sustituido por Juan Pedro Ayegui. Por las citas de Madoz y gracias al inventario realizado entre octubre y diciembre de 1845, sabemos que diez años después las obras no habían concluido todavía[21]. La razón seguramente haya que buscarla en la paralización de las mismas durante el exilio de María Cristina en París (1840-1844). Este inventario fue realizado precisamente por Pascual y Colomer, como Arquitecto de los Reales Sitios cuando Vista Alegre fue heredada por Isabel II, lo que le convierte en buen conocedor de la Quinta. En él se dice que el Palacio Nuevo constaba de dos plantas: baja o semisótano y principal. Los cimientos eran de mampostería y las fábricas de ladrillo, aunque una porción de las fachadas era de fábrica vieja de ladrillo con arena. Las fábricas se reforzaban en algunos puntos con sillería. Los solados exteriores eran de losas de piedra y las escaleras de mármol; la cubierta de la terraza estaba emplomada. Toda la estructura de forjados y cubiertas era de madera: con viguetas, suelos, bóvedas encamonadas y armaduras de madera.

 

En cuanto a la decoración, la cúpula del vestíbulo tenía adornos de escayola y una lucerna central y se “sustentaba” en ocho pilastras con sus correspondientes basas y capiteles también de escayola. También la capilla estaba adornada con veinticuatro pilastras. El exterior, revocado, tenía las cornisas de piedra, molduras en guardapolvos y frontones, así como fábrica fina de ladrillo en pilastras y arcos, que quizás eran cara vista. En la fachada posterior y en las de los costados, las basas y capiteles de las pilastras eran de yeso, mientras en la fachada principal, las columnas y pilastras del gran pórtico eran de piedra: basas y capiteles de Colmenar y fustes de granito. La cubierta era inclinada, con alero fino de madera pintada y con canalón de plomo, y tenía doce buhardillas. La fachada ya contaba con el juego de huecos clásicos con guardapolvos combinados con huecos en arco de medio punto, pautados por un ritmo de pilastras.

 

El llamativo pórtico central de la fachada principal, que ya fue acertadamente señalado por Pedro Navascués como muy pesado y profundo para la época en que se está levantando este Palacio[22], efectivamente no es original de este edificio. Para construirlo se aprovecharon las seis columnas, con sus basas y capiteles del “orden de Pesto”, y los arquitrabes de la Glorieta[23] de un extremo de la derribada Galería de la Plaza de Oriente, obra de Isidro González Velázquez. Se trata de seis grandes columnas de granito gris claro, con el tercio inferior del fuste liso y los otros dos tercios estriados, siendo las basas y capiteles de piedra blanca de Colmenar.

 

La fachada delantera tiene una única planta, elevada unos dos metros sobre la cota del suelo, ya que debajo se encuentra el semisótano. Se organiza en tres cuerpos algo complejos: el central -tal y como se construyó y como se encuentra hoy en día- más elevado, con el gran pórtico en el centro, la gran escalinata de acceso y tres vanos a cada lado; los laterales, más bajos que el central, están un poco retranqueados en planta. Las fachadas laterales y posterior, muy caladas y completamente uniformes, tendrían dos plantas por el desnivel del terreno y vierten sus vistas hacia la extensa zona de huertas. Esta galería perimetral, y por tanto las tres fachadas y los laterales de la principal, será la parte del edificio que conozca más reformas y lo más seguro es que fuese desmontada en tiempos del marqués de Salamanca.

 

Había un patio central rodeado de una galería abierta que ilumina ambas plantas, al cual se desciende por una escalera recta de doble tiro, exactamente como se conserva en la actualidad. Los dos pequeños patios laterales iluminan unas estancias que de otro modo serían totalmente interiores y se aprovechan también para adosar en uno de sus lados las escaleras de servicio que comunican con el sótano. En el centro de los cuerpos laterales hay dos grandes piezas, cuya relevancia se potencia por el acceso directo desde el exterior: son la capilla y un gran salón de baile o comedor de gala, que tienen su propio vestíbulo y dependencias auxiliares. En el centro de la fachada posterior se abría una especie de porche que albergaba una gran escalera que descendía desde el piso principal al jardín. De esta manera quedaba constituido un gran eje compuesto por la escalinata de acceso, el potente pórtico, la escalera que desciende al patio, la galería y la escalera posterior al jardín.

 

Curiosamente, las obras del Palacio Nuevo de Vista Alegre, en época de Isabel II, fueron supervisadas por el Arquitecto Mayor de Palacio, Narciso Pascual y Colomer[24], donde por ejemplo, en agosto de 1846 se había ordenado demoler el antepecho de fábrica de la terraza y colocar una barandilla de hierro cuyo diseño se encarga también a Colomer[25]. Cuando en marzo de 1858 es entregada la Posesión a los duques de Montpensier, el Palacio Nuevo jamás había sido utilizado ni amueblado siquiera. De la misma manera, sin estrenar, continuaba cuando compra la quinta el marqués de Salamanca en 1859, por lo que no es de extrañar que decidiese instalarse en él y no en el Palacio Viejo, y también es lógico que se encargasen las obras de “actualización” a Narciso Pascual y Colomer, pues era un gran conocedor de dicho edificio y ya había trabajado para él en su palacio de Recoletos.

 

El Palacio Nuevo fue remodelado para adaptarlo a las necesidades del marqués de Salamanca, pero los cambios que se efectuaron fueron pocos. El interior es redecorado en parte, pero se conserva prácticamente la misma distribución que tenía en tiempos de María Cristina. El exterior cambió sobre todo en las fachadas norte, este y sur, es decir, las fachadas laterales y posterior, donde fue demolida la galería exterior que circundaba el Palacio en esos flancos. En la fachada norte quedó un paramento casi liso, tan sólo con las ventanas altas de tipo termal de la Capilla y la que miraba al sur se abrió con una balconada que daba sobre el teatro de verdor del jardín. La fachada principal, que mira a oeste, se alteró en la decoración de los huecos, la pérdida de los cuerpos extremos y la disposición de los vanos en los cuerpos más bajos, pero los pabellones laterales ya existían desde un comienzo. Podemos conocer exactamente cómo era en estos tiempos gracias a la fotografía que realizó Laurent[26].

 

La fachada delantera tiene, pues, varios ejes que coinciden con los distintos cuerpos de que consta: el pórtico central tetrástilo, dos alas laterales con tres huecos adintelados, otros dos cuerpos de menor altura abiertos con cinco arcos y dos pabellones extremos de la altura del cuerpo central. El cuerpo central, con los tres huecos adintelados a cada lado del pórtico, también era original, pero antes se trataba de un paramento liso y ahora aparece con pilastras jónicas en las esquinas, lo que nos lleva a pensar que el muro y las ventanas fueron guarnecidos y decorados por Colomer. Los motivos que aparecen sobre los guardapolvos y la propia forma de éstos delatan la filiación y su paralelismo con la ornamentación de los huecos del palacio de Recoletos. Este cuerpo se remata con un acroterio que oculta el tejado y está adornado con cuatro esculturas y varios bustos, que ya estaban allí desde el origen del Palacio. También deben ser de la época del marqués las terrazas con balaustradas que flanquean la escalinata principal, las cuales llegan hasta los extremos del cuerpo central y terminan en sendas escaleras.

 

Los cuerpos más bajos, con cinco arcos, que hoy en día han sido rellenados y convertidos en insulsos huecos cuadrados, fueron una de las zonas más modificadas por Colomer. Creemos que el aumento del número de aberturas (antes eran dos en cada lado), así como la forma arqueada, se deben a los deseos del marqués de decorar una de las salas de esta zona, concretamente la de la derecha, al estilo árabe, lo que se trasluciría al exterior en la forma de los huecos, que se repite en el lado izquierdo para no romper la simetría de la fachada. Estos dos cuerpos se coronan con una balaustrada adornada por bustos de mármol. Por último, Colomer decoraría también el exterior de los pabellones laterales, Capilla y Comedor de Gala o Salón de Baile.

 

Se pueden encontrar muchas similitudes entre el palacio de Vista Alegre y el palacio de Recoletos que el marqués de Salamanca había inaugurado unos meses antes de adquirir la quinta de recreo. Ambos se ordenan en torno a un patio central, alrededor del cual corre una galería que organiza las circulaciones. Los dos están rodeados de jardín en todas sus fachadas, lo que condiciona las vistas y la disposición en planta de algunas estancias. Pero, sobre todo, lo más semejante es la decoración de las fachadas y los huecos, la modulación de éstos y los motivos ornamentales.

 

Lo más llamativo del interior era, sin duda, el salón árabe, que se encuentra en el cuerpo bajo, de cinco arcos, de la derecha[27]. Se construyó en tiempos de Salamanca, pues no aparece nombrado en ninguno de los prolijos inventarios que se conservan de épocas anteriores. Desde los años cuarenta se habían puesto de moda los salones árabes que imitaban estancias de la Alhambra, cuando Isabel II había encargado a Rafael Contreras una estancia de este tipo en el Palacio de Aranjuez. En cuanto al salón árabe de Vista Alegre, es atribuido por Ossorio y Bernard[28] al tallista y pintor de ornamentación italiano Alejandro Mattey, con lo cual es poco probable que fuese realizado por Contreras, como se creía. Además, en opinión de Nieves Panadero, en este salón se hace una libre interpretación de motivos alhambrinos, lejanamente inspirados en la Sala de la Barca, que nada tiene que ver con las réplicas de aposentos de la Alhambra que cimentaron la fama de Contreras[29]. Por otra parte, llevando las obras del palacio Narciso Pascual y Colomer, seguramente no elegiría para trabajar con él a Contreras, al que se había enfrentado con anterioridad. Aquí, Colomer tuvo que plegarse al gusto de su cliente, al marqués, que deseaba tener su gabinete árabe, última expresión de refinamiento en los interiores de la época. Aun así, este gabinete no deja de tener su encanto, con sus cinco arcos de herradura sobre parejas de columnas nazaritas en mármol blanco, entre los cuales hay cuatro arcos más pequeños trilobulados, que tienen su eco en los arcos de la fachada, cerrados con celosías y enmarcados con alfiz al interior[30], pero adornados con motivos italianizantes al exterior, mostrando las dos personalidades de sus autores.

 

EL PALACIO DEL DUQUE DE RIANSARES:

 

Edificado para la Reina madre María Cristina de Borbón y su esposo morganático Fernando Muñoz, duque de Riansares y Senador Vitalicio. María Cristina había adquirido la casa de los marqueses de Santa Cruz del Viso cercana al Palacio Real, enfrente del antiguo convento de doña maría de Aragón convertido en la sede del Senado. María Cristina encargó su remodelación a Colomer en 1847, ya que era un arquitecto al que conocía bien por sus obras en el Congreso, en Palacio y en su antigua Real Quinta de Vista Alegre. Colomer plantea una nueva fachada tripartita, con la entrada principal en el eje central, flanqueada por dos pabellones iguales en los extremos. Tras la entrada principal quedaba un patio abierto de manera que el resto del edificio se retranqueaba respecto a la fachada. Hubo que resolver la aguda pendiente de la calle, de manera que el pabellón izquierdo cuenta con tres plantas y el derecho con cuatro. El lenguaje arquitectónico, como es habitual en Colomer, clasicista e italianizante. Este palacio fue destruido por un incendio en 1870[31].

 

EL PALACIO DE JOSÉ DE FONTAGUD Y GARGOLLO:

 

Fue construido por Colomer entre 1859 y 1860 en la calle Barquillo esquina a la plaza del Rey, a la par que la plaza estaba en plena remodelación[32]. Se mantiene en pie hoy en día aunque bastante modificado. Constaba de planta baja, entre suelo, principal y ático, reservándose para la principal una profusa ornamentación clasicista; para las fachadas Colomer presentó dos proyectos, incluyendo en el segundo un jardín y cocheras.

 

FACETA COMO ACADÉMICO Y PROFESOR DE ARQUITECTURA

 

Colomer no escribió ni publicó mucho, pero aun así tiene importancia como teórico de la arquitectura de su época por su labor docente, su papel como académico y su preparación de programas de arquitectura adaptados a las novedades de su tiempo y a las corrientes europeas en formación artesanal y arquitectónica.

 

En 1843 preparó su ensayo Programa sobre la historia de la Arquitectura, demostrar su utilidad, la necesidad que hay en toda república bien ordenada de edificios correctos, cuáles sean indispensables y qué carácter y orden requieren para su ingreso como académico de mérito en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cuyo manuscrito se conserva hoy en día en esa biblioteca[33]. Es de las primeras veces que se habla de la importancia de la historia de la arquitectura, reflejando las ideas eclécticas y el clasicismo italianizante que había aprendido en sus estancias francesas con las teorías de Percier, Seroux d´Agincourt y Quatremère de Quincy[34].

 

Fue, asimismo, profesor de la asignatura de “Teoría general de la Construcción” en la recién creada Escuela de Arquitectura desde 1845 y su Director entre 1852-54 y entre 1864-68[35]. También fundó en 1847, junto a Fernando Boutelou y Francisco Viet, la Escuela Normal de Jardineros Horticultores, con sede en el Campo del Moro, primera escuela oficial española donde se intentó formar jardineros paisajistas de manera reglada, y donde Colomer impartía clases de dibujo.

 

La Escuela Especial de Arquitectura se desgajó en 1848 de la Escuela de Nobles Artes creada por Real Decreto de 25 de septiembre de 1844 para reformar la enseñanza de las bellas artes que se venía impartiendo en la Real Academia de San Fernando. Colomer tuvo estrecha relación con ambas instituciones, pues había sido alumno y titulado de la Academia, así como académico, y profesor y director de la Escuela, que en la década de los sesenta pasaría a llamarse Escuela Superior de Arquitectura. Aparecieron nuevas materias y enfoques pedagógicos, aunque había continuidad en gran parte del profesorado entre la Academia y la Escuela. Colomer fue docente de una de las nuevas disciplinas técnicas que se comenzó a impartir con el nacimiento de la Escuela de Arquitectura, la construcción arquitectónica, ya que en sus viajes a París y Londres se centró fundamentalmente a estudiar la “parte científica” de la arquitectura, construcciones “que puedan ser de mayor utilidad” y “mecánica industrial”[36]. Como profesor y director intervino muy activamente en los problemas relacionados con los planes de estudios que eran en aquellos tiempos alterados por numerosas disposiciones ministeriales y velaba por el correcto funcionamiento de la Escuela y las buenas relaciones en lo posible entre los profesores y las instituciones de enseñanza. Como ha señalado en diversas ocasiones Pedro Navascués, Colomer tuvo una honda implicación en las cuestiones docentes y académicas, sin poder separarlas de las profesionales dentro de su actividad.

 

NARCISO PASCUAL Y COLOMER, ARQUITECTO PAISAJISTA

 

Es en el siglo XIX cuando ciudad y jardín tendrán una relación más íntima: las teorías higienistas sobre la ciudad ven en los parques, los jardines y los paseos arbolados no sólo un medio de embellecer la ciudad, sino sobre todo una necesidad indispensable; los jardines proporcionan sosiego y bienestar al espíritu pero también aire puro y salud dentro de una ciudad que cada vez es más extensa, que pierde el contacto con la naturaleza. Ciudad decimonónica y jardín son inseparables: habrá jardines privados en los palacetes urbanos, jardines semipúblicos en las nuevas casas de vecindad y, sobre todo, extensos parques públicos, plazas ajardinadas y cientos de metros de calles arboladas donde todos puedan desarrollar las actividades propias de la vida de la ciudad[37]. Cada nueva tipología de desarrollo urbano lleva aparejada su propia manifestación jardinera. Hay que resaltar también que el estilo de jardín que se emplea mayoritariamente es el jardín paisajista, que habiendo nacido en las casas de campo de la aristocracia ilustrada se apropia de la ciudad y se expande en los nuevos parques públicos de toda Europa e incluso en América. Debemos recordar que es a principios del siglo XIX cuando se produce el nacimiento del urbanismo como tal ciencia, se desempolvan las viejas ideas hipodámicas, las visiones ideales del Renacimiento y las intervenciones magníficas y lineales del Barroco y junto con las nuevas ideas funcionales e higienistas se crea todo un corpus teórico e ideológico que desemboca en la organización y la práctica de las reformas en todas las grandes ciudades europeas. La ciudad había crecido desmesuradamente, debido a los cambios demográficos, sociales y económicos derivados de la revolución industrial, con lo que, en la mayoría de los casos, se combinaron la planificación del ensanche de las ciudades con reformas interiores en las mismas, que saneasen la ciudad y conectasen los viejos cascos urbanos con las nacientes ciudades ex novo a su alrededor.

 

En Londres se dio el movimiento a favor de los public walks, el nuevo crecimiento urbano se organizó sobre la base de grandes squares rodeados de terraces o casa en hilera, apareciendo también nuevas tipologías urbanas como el circus y el crescent, junto con encadenamientos de plazas. A la vez, aparecen los parques en los bordes de las ciudades, antes propiedades reales o de la aristocracia que ahora son abiertas al público, como otra forma de crecimiento de la ciudad (Saint James Park, Green Park, Hyde Park, Kensington Gardens…). En París están teniendo lugar las reformas promovidas por el barón Haussmann, que darán lugar al nacimiento de los bulevares, dentro de un sistema escalonado de espacios urbanos formado por plazas, galerías cubiertas, jardines de invierno… a la vez que las viejas posesiones reales se transforman en inmensos parques periurbanos (El Bois de Boulogne, el Bois de Vincennes y Monceau, como parque interior) y se crean nuevos parques en el corazón de la ciudad , todos ellos paisajistas (Buttes Chaumont, Montsouris).

 

En España esta relación tan estrecha entre arquitectura y urbanismo no se dio hasta el segundo tercio del siglo XIX, durante la época isabelina. Emulando los cementerios franceses se inundan de arbolado los nuestros, se ajardinan numerosas plazas a imitación de los squares londinenses y se trazan un sinfín de bulevares: paseos arbolados con una franja en el centro donde instalar pequeñas construcciones como quioscos, fuentes, marquesinas y bancos. Aparecen parques públicos, jardines de recreo, e incluso numerosos jardines como complemento imprescindible de los nuevos barrios, siendo casi todos los ejemplos de estilo paisajista[38].

 

Pero si tenemos que destacar una figura en el mundo de la jardinería decimonónica, tanto por su trayectoria como por su calidad, ésta será la del arquitecto Narciso Pascual y Colomer, que desde su etapa de estudiante en la Real Academia de San Fernando tendrá permanentemente contacto con proyectos de jardines. No sólo será el promotor de la Escuela de Jardineros Horticultores, sino que realizará numerosas intervenciones como Arquitecto de Palacio y Sitios Reales en proyectos de jardines y también en proyectos para particulares, como en el Palacio de Recoletos y la Posesión de Vista Alegre cuando ya pertenecía al marqués de Salamanca[39].

 

En 1843 diseña unos jardines para el cementerio de la Sacramental de San Luis[40], al modo de los cementerios paisajistas europeos. Es un jardín-cementerio melancólico, con monumentos funerarios dispuestos entre abundante vegetación, como los de París, siguiendo la tipología originaria del pensamiento ilustrado mezclado con nuevas concepciones higienistas y ciertas referencias orientales; pero las parcelas son geométricas y la trama ortogonal en una clara racionalización del espacio. Desde 1844 será también “comisario de obras del emberjado (sic) del salón del Prado”[41].

 

Será el arquitecto que dirigirá las obras del Campo del Moro, para el cual realiza diversos proyectos entre 1844 y 1847[42], de trazado geométrico clásico por imperativo del decoro y la necesidad de adecuarse al edificio. Mantiene el eje central o “Paseo de las Lilas” que había diseñado Villanueva y también la calle de árboles que va de puerta a puerta al pie de las bajadas. Divide el terreno en bosquetes mediante un trazado geométrico de calles y lo rodea con un paseo perimetral de árboles, que ya estaban plantados en 1854, cuando también estaban ya instaladas las dos fuentes que el arquitecto hizo traer para colocar en el eje central: frente a la Estufa de las Camelias, la de los Tritones traída de la Isla de Aranjuez, y, en la plaza principal, la de las Conchas trasladada desde Vista Alegre. Entre ambas fuentes se proyectó una cascada que no llegó a terminarse. Asímismo se colocaron los invernaderos realizados por el francés Grouselle en la parte del Paseo de San Vicente orientada al sur.

 

También en 1844, Narciso Pascual y Colomer revisa el proyecto realizado para la Plaza de Oriente en 1842 por los ingenieros Merlo, Gutiérrez y Ribera. La zona central tenía forma de elipse y estaría flanqueada por dos espacios rectangulares ajardinados -en lugar de manzanas de casas como en el proyecto de los ingenieros- que se plantarían con setos de gleditzias y aligustre, pinos, cedros, diversos arbustos y flores, fundamentalmente rosas[43]. A la vez comienzan sus intervenciones en la Real Florida, el Casino de la Reina, la Casa de Campo y Vista Alegre. Diseñó varias estufas en 1844 destinadas al cuidado de aquellas especies vegetales con dificultades de adaptación al clima para el vivero que desde 1840 se había empezado a formar en la Casa de Campo. El mismo año realizó el puente de piedra y el diseño de la barandilla para el Casino de la Reina.

 

Aunque a veces recurra al trazado regular, su actitud es inequívocamente romántica, como señala Pedro Navascués[44], y también en sus jardines demuestra la libertad en el diseño propia de la época en la que triunfaban las fórmulas pintorescas de jardín, si bien comenzaban también las primeras revalorizaciones historicistas que hacen volver al diseño geométrico en algunas partes del jardín, combinándolo con el diseño paisajista. Su proyecto de un Castillo que se ha de construir en el jardín reservado de S.M. en el Real Sitio del Buen Retiro[45], de 1846, aunque no presenta ninguna novedad temática es un precioso ejemplo de “capricho arquitectónico”, típico de los jardines paisajistas. En esta línea realiza también un sugerente proyecto de Parque inglés para el Buen Retiro [46] en la zona de los Jerónimos, iglesia que él mismo estaba restaurando. Combina aquí avenidas arboladas rectilíneas, cruzadas o en diagonal, que dejan espacios donde se desarrollan jardines pintorescos con sinuosas curvaturas. Las avenidas responderían a la idea de proporcionar un marco que permitiera las visuales, pero que fuera a la vez paisajístico, al conjunto monumental que se trataba de articular: allí se encontraban el Museo de Pinturas, el Casón, los Jerónimos y el Jardín Botánico. De haberse realizado hubiese supuesto toda una lección de adecuación al entorno y de jardinería urbana en consonancia con los edificios.

 

En 1847 realizará el Proyecto de un parque que S.M. desea establecer en la Real Florida, en el terreno de la izquierda del Camino de San Antonio hasta las tapias del Real Sitio de El Pardo[47]. Se trata de un agradable jardín tripartito, regular y simétrico en conjunto, de forma trapezoidal organizado en torno a un eje central con plazoletas y fuentes. Los dos cuadros centrales parecen boulingrins clásicos, mientras que los cuatro cuadros extremos siguen un romántico trazado laberíntico de caminillos y plazoletas circulares señalados con setos y césped entre ellos. El mismo año, Colomer proyectó un parterre clasicista para la zona norte del Palacio Real, totalmente en la línea de los parterres de broderie geométricos franceses[48].

 

El último proyecto de jardín realizado por este arquitecto, del que tenemos noticia, es la propuesta para el “jardín nuevo” en el Palacio de El Pardo, realizada en 1851, que como puede verse en el plano ha marcado la posterior imagen del jardín[49]. Poco después, Narciso Pascual y Colomer se retiraría de su cargo público, aunque seguiría realizando encargos particulares, muchos de ellos también con jardín. Por ejemplo, el jardín de su propia casa[50] con pequeños macizos irregulares entre la cancela y una de las fachadas laterales de la casa. El conjunto se completaba con patios, una cuadra, una cochera y una estufa.

 

Narciso Pascual y Colomer fue, por tanto, un arquitecto que disfrutó de gran reconocimiento profesional y social, con una dilatada y variada obra realizada para la más selecta de las clientelas y con un gran compromiso con la enseñanza de la arquitectura.

 

CRONOLOGÍA

 

1840:

 

Mercado de Caballero de Gracia sobre el solar del convento del mismo nombre, junto con Aníbal Álvarez Bouquel.

 

1842:

 

Gana el concurso del Congreso de los Diputados (obras desde 1843 a 1850)

 

1844:

 

La archicofradía de San Luis aprueba el proyecto de ampliación de la sacramental (obras de 1844 a 1865).

Recibe el encargo de restaurar y remodelar el convento de la Encarnación

Por Real Orden de 8 de octubre se aprueba su proyecto de ordenación de la plaza de Oriente y de Palacio.

Obras de conclusión del Museo del Prado.

 

1845:

 

Obras de restauración y reforma del Observatorio Astronómico de Juan de Villanueva.

Proyecta el palacio del Marqués de Salamanca en el paseo de Recoletos (obras de 1845 a 1858).

Casa en la calle del Olivar.

 

1846:

 

Proyecto de viviendas en la calle de Ciudad Rodrigo como continuación de la obra de la Plaza Mayor.

Reforma y nueva fachada del palacio del duque de Riansares en la plazuela de los Ministerios frente al Senado.

 

1847:

 

Parterre junto a la fachada norte del Palacio Real

Jardín en el Real Sitio de la Florida.

Fachada principal y paraninfo en la antigua iglesia del Noviciado para la Universidad Complutense.

Traslado y reconstrucción del sepulcro del general Joaquín de Fondsdeviela desde la iglesia de la Trinidad a la sacramental de San Luis.

Distribución de solares de lo que fue la huerta del convento de la Encarnación, como continuación de la remodelación de la plaza de Oriente

Proyecto de aislamiento del Museo del Prado en sus cuatro fachadas y nuevo parque en la zona posterior hasta los jardines del Retiro.

 

1848:

 

Pequeño teatro en el Palacio Real

 

1849:

 

Conversión en sala de exposiciones para pintura y escultura de la sala absidial        del Museo del Prado

 

1850:

 

Fábrica de fundición en el camino de Francia.

Edificio de viviendas en la plaza de

Oriente con vuelta a la calle Lepanto.

 

1851:

 

Cerramiento de la plaza de la Armería.

 

1852:

 

Puente de Aldovea sobre el río Henares.

Restauración de la iglesia de San Jerónimo el Real

 

1858:

 

Proyecto del palacio de José Fontagud en la plaza del Rey.

 

1859:

 

Reforma del palacio Nuevo de Vista Alegre para el marqués de Salamanca.

 

1864:

 

Proyecta su propia casa en la calle de San Bernardo.

 

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EVA JUANA RODRÍGUEZ ROMERO

FECHA REDACCIÓN: 15 DE DICIEMBRE DE 2019

FECHA DE REVISIÓN: 28 DE DICIEMBRE 2019

 

NOTAS

[1] Sobre el urbanismo y la arquitectura madrileña en el siglo XIX pueden consultarse algunas obras de carácter general, como la Guía de Madrid. Arquitectura y Urbanismo del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, 1982; las guías Madrid Neoclásico, Madrid Galdosiano y Madrid de siglo XIX: el ensanche, Recorridos didácticos por Madrid, de Ediciones La Librería, Madrid, 1990; GUERRA DE LA VEGA, Ramón, Guía de Madrid: siglo XIX, 1993 y el Atlas Histórico de Madrid, Madrid: Lunwerg editores, 1995. También es recomendable leer la pluma erudita e incisiva de Fernando CHUECA GOITIA en su Madrid, ciudad con vocación de capital, Santiago de Compostela: Ed. Pico Sacro, 1974, especialmente el capítulo “La transformación de la ciudad del siglo XIX al XX”, pp. 211-230. Y a nivel especializado NAVASCUÉS, Pedro, Arquitectura y arquitectos madrileños del siglo XIX. Madrid: IEM., 1973 y RUIZ PALOMEQUE, Eulalia, Ordenación y transformaciones urbanas del casco antiguo madrileño durante los siglos XIX y XX, Madrid: IEM, 1976.

[2] ESPERANZA NAVARRETE, “Los comienzos de la Biblioteca y el Archivo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1743-1843). Apuntes para su historia.”, Academia, nº 68 (1989), pp. 291-314. Su abuelo Isidro Colomer había sido conserje de la academia y su hermano José fue nombrado en 1818 oficial de la Biblioteca. Cuando éste fallece, en 1824, Narciso le sucede en el puesto.

[3] R.A.B.A.S.F., Gabinete de dibujo, sig. A-3551 y A-3552.

[4] R.A.B.A.S.F., Gabinete de dibujo, sig. A-1774 a A-1778.

[5] A.G.A. (5) 1.27 31/15012.

[6] PEDRO Navascués palacio, Un palacio romántico. Madrid 1846-1858, Madrid: El Viso, 1983, p. 59.

[7] Cfr. Calvo Serraller, Francisco, “Consideraciones sobre el urbanismo de las ciudades españolas en el siglo XIX antes del Plan de Ensanches”, Arquitectura, nº 216 (1979), pp. 61-65 y “El urbanismo de los ensanches: las transformaciones de Madrid durante el siglo XIX”, Arquitectura, nº 217 (1979). También se puede ver un resumen del urbanismo isabelino y su fundamentación legal en Muro García-Villalba, Fuensanta y Rivas Quinzaños, Pilar, “El Madrid de Isabel II, entre la teoría y la práctica”, en Teoría de la viabilidad urbana y reforma de la de Madrid de Ildefonso Cerdá, Madrid, 1861, Madrid: Ministerio para las Administraciones Públicas y Ayto. de Madrid, 1991, pp. 23-40.

[8] Ver Mesonero Romanos, Ramón de: Proyecto de mejoras generales de Madrid, Imp. de Agustín Espinosa, Madrid, 1846 y sobre esta obra Ruiz Palomeque, Eulalia, “Propuestas de Mesonero Romanos para mejorar Madrid”, en Mesonero Romanos (1803-1882), Madrid: Museo Municipal, 1982, pp. 89-128.

[9] Cfr. Navascués palacio, Pedro, “El Congreso de los Diputados”, en Narciso Pacual y Colomer (1808-1870). Arquitecto del Madrid isabelino, catálogo de la exposición, Madrid: Conde-Duque, 2007, pp. 61-99.

[10] Ibídem.

[11] Ibídem, p. 88.

[12]A.G.P., personal, cª 793, exp. 38: Narciso Pascual y Colomer, Arquitecto Mayor de Palacio, 1844-1854.

[13] Ya Sacchetti había elaborado varias soluciones para una “plaza a oriente” del Palacio Nuevo en 1737 y 1738. Los derribos proyectados por él fueron realizados durante el gobierno de José Napoleón por el arquitecto mayor Juan de Villanueva (1809-1811), realizando una interesante propuesta Silvestre Pérez. Nada llegó a construirse hasta que en 1815 Fernando VII encarga el proyecto y las obras (1815-1820) a Isidro González Velázquez, que trazó una gran plaza ultrasemicircular, integrando el Teatro Real frente al Palacio, rodeado de casas uniformes de dos plantas y entresuelos, con una galería porticada destinada a tiendas y cafés, al modo de las del Palais Royal de París. En el centro habría un jardín con un templete monóptero. En 1833 Mariátegui demolió lo construido y realizó un nuevo proyecto. También hubo otra propuesta de Custodio Moreno.

[14] Sobre la Plaza de Oriente, ver:             – CHUECA GOITIA, F.: “José Bonaparte y Madrid”, Villa de Madrid, nº 6, 1950, pp. 46-52. Perez Martín, Mercedes, «La plaza de Oriente madrilleña» Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo del Ayuntamiento, 70 (1955), pp. 381-385. Perez Martín, Mercedes, La plaza de Oriente madrileña, Madrid: Ayuntamiento de Madrid, 1966. IZQUIERDO, A.: “Plaza de Oriente, Plaza Mayor de España”, Villa de Madrid, 1971, p. 3 y ss. Plaza Santiago, Francisco José, Investigaciones sobre el Palacio Real Nuevo de Madrid, Valladolid: Universidad de Valladolid, 1975, pp. 315-324. Ruiz Palomeque, Eulalia, Ordenación y transformaciones urbanas del casco urbano madrileño durante los siglos XIX y XX, I.E.M., Madrid, 1976, pp. 69-99, 187-213 y 601-618. JOSÉ LUIS Sancho, “Obras exteriores del Palacio Real de Madrid”, en VV.AA.: Francisco Sabatini, arquitecto, Madrid, 1993, pp. 201-205 y Jardines de Palacio, op. cit., pp. 81-82, 89 y 90-94 (aporta el listado de planos que se conservan en el A.G.P.). JOSÉ MARÍA PRADOS, “La Plaza de Oriente”, en VV.AA.: Las propuestas para un Madrid soñado: de Teixeira a Castro, catálogo de la exposición Centro Cultural Conde Duque, Madrid, 1992, pp. 139-148.

[15] A.G.P., planos, nº 21.

[16] Colocó la barandilla de hierro coronando la cornisa, de forma semejante a la barandilla que proyectó para la terraza del Palacio Nuevo de Vista Alegre.

[17] Ver García-gutiérrez mosteiro, Javier y Navascués Palacio, Pedro (dirs.), Narciso Pacual y Colomer (1808-1870). Arquitecto del Madrid isabelino, catálogo de la exposición, Madrid: Conde-Duque, 2007, p. 185.

[18] Cfr. Rivas Quinzaños, Pilar, «La arquitectura residencial diseñada por Pascual y Colomer», en Narciso Pacual y Colomer (1808-1870). Arquitecto del Madrid isabelino, catálogo de la exposición, Madrid: Conde-Duque, 2007, pp. 115-146.

[19]DELFÍN RODRÍGUEZ RIUZ, «La historia arquitectónica del palacio del marqués de Salamanca: de Narciso Pascual y Colomer a Luis Gutiérrez Soto», en AA. VV., El Palacio del Marqués de Salamanca, Madrid: Fundación Argentaría, 1994, pp. 31-58.

[20]PEDRO NAVASCUÉS PALACIO, Arquitectura y arquitectos madrileños del siglo XIX, Madrid: Instituto de Estudios Madrileños, 1973, p. 113.

[21]Sobre la historia, obras y análisis de este palacio ver Rodríguez Romero, Eva Juana, El Jardín paisajista y las quintas de recreo de los Carabancheles: La posesión de Vista Alegre, Madrid: Fundación Universidad Española, 2000.

[22]PEDRO NAVASCUÉS, Arquitectura y arquitectos madrileños del siglo XIX, op. cit., p. 114. Según el autor, este pórtico no encaja en el lenguaje usual de Colomer, estando más en consonancia con la arquitectura fernandina. De todas formas, cuando Colomer interviene en el Palacio, éste estaba prácticamente finalizado. Todos los cuerpos que lo forman ya existían, al igual que la distribución en planta, por lo que la labor sería más bien de redecoración de las fachadas que de ampliación.

[23]Fueron trasladados a Vista Alegre en marzo de 1836, por orden de María Cristina. El traslado había sido solicitado por Ayegui y contó con el consentimiento de Custodio Moreno. Cfr. Rodríguez Romero, Eva Juana, El Jardín paisajista y las quintas de recreo de los Carabancheles: La posesión de Vista Alegre, op. cit.

[24]A.G.P., cª 10.999, exp. 4.

[25]A.G.P., sec. Registros, libro nº 4544, nº 4546 y nº 4547.

[26] Se conserva en el Archivo Ruiz Vernaci del Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales del Ministerio de Cultura. Sobre esta fotografía se realizó el grabado publicado en La Ilustración Española y Americana, nº IV, 30 enero de 1883, p. 69.

[27] Se conservó bastante bien hasta 1980, cuando se comenzó a desmantelar para instalar alguna dependencia del centro de inválidos que albergaba desde finales del siglo XIX. La Dirección General de Bellas Artes paró el destrozo, pero nunca se ha vuelto a tratar de recuperar. El Palacio se encuentra en la actualidad cerrado y abandonado, tras el traslado del centro que lo ocupaba, a la espera de una ansiada restauración, una vez incoado el expediente para su declaración como Bien de Interés.

[28] M. Ossorio Y Bernard, Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, Madrid, 1883-84, pp. 44-45.

[29] NIEVES Panadero Peropadre, “Recuerdos de la Alhambra: Rafael Contreras y el gabinete árabe del Palacio Real de Aranjuez”, Reales Sitios, nº 122 (1994) pp. 33-40.

[30] Se conserva una fotografía del salón árabe realizada por Laurent, así como el correspondiente grabado publicado en La Ilustración Española y Americana, en el mismo número que el grabado de la fachada del palacio.

[31] PILAR Rivas Quinzaños, «La arquitectura residencial diseñada por Pascual y Colomer», op cit., pp. 129-132.

[32] Ibidem, pp. 132-135.

[33] R.A.B.A.S.F., A-B. 326/3.

[34] JULIO Arrechea Miguel, «Pascual y Colomer, arquitecto del Madrid moderno», en AA. VV., El Palacio del Marqués de Salamanca, Madrid: Argentaria, 1994, pp. 11-29, p. 11.

[35]Se conserva su expediente personal, redactado por él mismo, como director y profesor de la Escuela de Arquitectura, en el A.G.A., sec. Ministerio de Educación.

[36] Palabras del propio Colomer en una carta conservada en la R.A.B.A.S.F. (sig. 44-2/1) analizada por Pedro Navascués (Navascués palacio, Pedro, “De la Academia a la Escuela”, en Narciso Pacual y Colomer (1808-1870). Arquitecto del Madrid isabelino, catálogo de la exposición, Madrid: Conde-Duque, 2007, pp. 25-34. Cfr. también Navascués palacio, Pedro, «La Escuela de Arquitectura de Madrid (1844- 1914)», en AA. VV., Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Memoria 1991-1993, Madrid: Instituto Juan de Herrera, 1994, pp. 10-17 y Navascués palacio, Pedro, «La creación de la Escuela de Arquitectura de Madrid», en AA. VV., Madrid y sus arquitectos: 150 años de la Escuela de Arquitectura, Madrid: Consejería de Educación y Cultura, 1996, pp. 23-34.

[37] Sobre las diversas relaciones del jardín con el urbanismo en el caso de la ciudad de Madrid, ver Victoria SOTO CABA: “Del capricho al paisaje, jardín y urbanismo en el Madrid del siglo XIX”, Reales Sitios, nº 120, 1994, pp. 40-46.

[38] Ver Ariza, C., “Introducción del jardín paisajista en el Madrid del siglo XIX”, Villa de Madrid, nº 97-98, 1988, pp. 80-89.

[39] Cfr. Soto Caba, Victoria, “Narciso Pascual y Colomer, el marqués de Salamanca y los jardines madrileños del período isabelino” en VV. AA.: El palacio del marqués de Salamanca, Madrid: Argentaria, 1994, sobre todo el punto “el jardín de un banquero”, pp. 63-65.

[40] CARLOS SAGUAR, “Una gran obra olvidada de Narciso Pascual y Colomer: el cementerio de la Sacramental de San Luis”, Academia, nº 68 (1989), pp. 316-338.

[41] A.S.A., leg. 5-273-32, reparaciones del Paseo de Recoletos a Castellana.

[42] Cfr. Sancho, José Luis: Jardines de Palacio, Madrid: Avapiés, 1994, p. 95.

[43] Los planos 7 y 1982 a 1985 del A.G.P. pertenecen a las reformas que realizó Pascual y Colomer en la Plaza de Oriente.

[44] Cfr. Navascués, Pedro, Arquitectura española 1808-1914, vol. XXX del Summa Artis, Espasa-Calpe, Madrid, 1993, pp. 218 y ss.

[45] A.G.P., plano 3939.

[46] A.G.P., planos 1403 y 5272, fechados en 1847. Ver también A.G.P., sec. admva., cª 138, exp. 22; cª 10.685, exp. 4 y 9: construcción de una escalera desde el Prado al Retiro frente a la puerta de entrada del Palacio de San Juan y construcción de una glorieta entre el Tívoli y el Museo para entrada de carruajes, plano de reforma del Retiro (nº 1403). Enero de 1849.

[47] A.G.P., plano nº 4564, fechado el 4 de enero de 1847.

[48]A.G.P., plano nº 1: Narciso Pascual y Colomer, Proyecto para un parterre que S.M. desea establecer en el terreno llamado Campo del Moro, situado entre la fachada norte del Real Palacio y el nuevo Cocherón, 1847.

[49]A.G.P., plano nº 1570: Narciso Pascual y Colomer, Proyecto de jardines y paseos arbolados entre el Palacio y la Casita del Príncipe. En rojo los árboles proyectados, en negro los existentes hacia 1850.

[50]A.S.A., leg. 4-317-13. C/ San Bernardo. Ver DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1986, p. 350.

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