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Modesto López Otero, fotografía realizada por Santos Yubero. Archivo de la Comunidad de Madrid.

MODESTO LÓPEZ OTERO

 

Arquitecto, Valladolid, 24 de febrero de 1885 – Madrid, 23 de diciembre de 1962.

 

“Tenaz, hábil e inteligente en la resolución de los múltiples y complejos problemas que se planteaban en la Ciudad Universitaria, su agudo y fino sentido crítico le hizo adoptar soluciones para ellos, dotadas de un alto nivel estético, soluciones que no fueron siempre fáciles de hallar por diversos motivos. En todas ellas aparece la huella de su profunda formación clásica y talento creador. Sería interminable el enumerar y evocar todas las obras y méritos, que son un modelo de corrección y prestigio profesional. Dotado de un gran temperamento de artista, los croquis y dibujos que se conservan de él revelan una gran soltura y vigor plástico”[1].

 

Así, con este elogio a su fallecimiento, se expresaba uno de los más cercanos colaboradores de don Modesto López Otero en el Gabinete Técnico de la Ciudad Universitaria, el arquitecto Agustín Aguirre, a cuyas órdenes trabajó por espacio de más de 35 años.

 

Nacido en Valladolid el 24 de febrero de 1885, fue el único hijo del matrimonio formado por Juan López Nuñez, natural de Coreos (Valladolid), y de Amalia Otero Seijas, natural de El Saler, (Lugo), trasladándose muy joven a Madrid, después de cursar el bachillerato en el Colegio de los Escolapios en su ciudad[2]. En la capital realiza el curso preparatorio en la Escuela de Ingenieros de Montes e ingresa en la de Arquitectura en 1902.

 

Ocho años después obtiene el título de arquitecto con el número uno de su promoción e inmediatamente sucesivos reconocimientos, como el premio del Primer Salón de Arquitectura de la Sociedad Amigos del Arte y del Círculo de Bellas Artes en 1911 y la Medalla de Oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes al siguiente con su compañero José Yarnoz Larrosa, por un proyecto para una Exposición Universal en Madrid. Con dicho arquitecto, y con el escultor Aniceto Marinas, gana el concurso para un Monumento a las Cortes de Cádiz en el mismo año de 1912 y en esa ciudad, lo que le abrió las puertas del reconocimiento profesional.

 

También en esta fecha obtiene la Beca Hans Pechl que concedía la Academia de San Fernando anualmente para ampliar estudios en Viena, experiencia que influyó en su producción arquitectónica, por la admiración que sintió hacia la obra de Otto Wagner y el grupo Sezession. También descubrió la obra de los arquitectos holandeses Hendrik Petrus Berlage y Peter Behrens.

 

Su vocación por la docencia fue temprana, y también su precocidad en su carrera académica, al conseguir, con apenas veintiocho años y por oposición la cátedra de proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid en 1913, presentando una propuesta para un conjunto urbano en una ciudad del litoral norteafricano. Esa vinculación temprana también le facilitó que una década después fuera elegido Director de la Escuela, tras la renuncia de Juan Moya Idígoras, cargo que mantuvo hasta 1941. Durante su dedicación a la Escuela modificó el plan de estudios con asignaturas de especialización, engrandeció la biblioteca con nuevos fondos, incorporó laboratorios y trató de llevar adelante el anhelado Museo de Arquitectura, que lamentablemente no consiguió por la falta de fondos y la indiferencia de la administración pública, aun cuando llegara a fundar su patronato[3].

 

Su primera obra en Madrid fue un edificio de viviendas para el doctor Gabriel Cisneros en la calle Fortuny, en esquina y entre torreones, que incluía su residencia y consulta médica, donde se observa su experiencia en sus años de ayudante en el estudio de Antonio Palacios y una tímida influencia wagneriana, tanto en la rejería de los balcones, los del piso superior corridos y ondulantes, como en la cerámica azul de los frisos, obra de Daniel Zuloaga. Fue Premio del Ayuntamiento de Madrid de 1917, junto con un hotel particular que había proyectado el año anterior para el pintor Miguel Blay.

 

Tanto en esta vivienda unifamiliar, como en la que en 1915 realiza para los ingenieros y promotores asociados Dámaso Torán y Luis Harguindey, domina la estructura de hormigón armado, aunque su formalización abunda en lo decorativo, con influencia nuevamente de Palacios en el hotel Blay, con interiores lujosos y grandilocuentes, mientras que muestra alusiones neorrenacentistas en el segundo.

 

La idea de construir una casa de ejercicios en el Colegio del Recuerdo en Chamartín de la Rosa, la primera de nueva planta en España, da lugar al encargo de 1917 por la Compañía de Jesús al arquitecto. Para su construcción elige el ladrillo visto y la piedra, en línea con la arquitectura neomudéjar aún imperante, y una planta en H simétrica, en cuyo eje central y en un extremo sitúa una capilla octogonal casi exenta.

 

Fallece la madre del arquitecto el 30 de octubre de 1917, hallándose ya recientemente casado con Ángela Ordeig Ortenbach, de cuyo matrimonio nacieron tres hijas, Amalia, María Ángeles y Juana, y un hijo, Juan Modesto, quién no sobrevivió a sus padres. El padre de López Otero acabaría por trasladar su residencia a la de su hijo, el hotel en la calle Pinar 9, donde moriría el 6 de enero de 1927.

 

En 1919 don Ramón Carnicer le encarga el Hotel Nacional de la calle Atocha de Madrid, aprovechando su cercanía a la Estación, en el que contrasta la escasa funcionalidad de las plantas con lo avanzado de los alzados, recogiendo influencias de la Escuela de Chicago y de la Sezession. Su planta es irregular y se organiza en torno a dos patios, situándose el núcleo de comunicaciones en la parte posterior y permitiendo así una gran diafanidad en el resto, especialmente en el piso bajo, donde sitúa los servicios de tiendas, cafetería, restaurante y administración. En las fachadas destaca su chaflán en curva y su división horizontal, en correspondencia con las distintas partes del hotel, con distinto tratamiento, unificadas por pilastras de orden gigante. Siete años más tarde llevaría a cabo su ampliación con una planta ático, retranqueada con respecto a la fachada.

 

También en 1919 proyecta el Hotel Gran Vía para don Gabriel Gancedo, siguiendo las mismas pautas compositivas y funcionales del anterior, con fachadas lisas y desornamentadas y estructura metálica, y los Almacenes de calzado “La Imperial” en el Paseo del Prado de Madrid. Este edificio, fruto de la reforma de otro anterior del siglo XIX, fue un hito en la arquitectura comercial, pues rasgó las fachadas con una estructura compuesta de entramado metálico, revestido de ladrillo, y carpinterías de madera y cristal. Destaca el uso de la curva en el chaflán, ventanas superiores y cornisas, así como los detalles decorativos modernistas.

 

Se incorpora en 1925 como vocal de la revista Arquitectura, de la Sociedad Central de Arquitectos, manteniendo en sus escritos posiciones próximas a Otto Wagner y la Sezession, como venía reflejando en su producción arquitectónica, pero respetuoso con las ideas más vanguardistas de otros compañeros más jóvenes en la redacción, como Luis Lacasa o Manuel Sánchez Arcas.

 

Al quedar vacío el sillón ocupado por Ricardo Velázquez Bosco en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ingresa en esta institución, leyendo el 9 de mayo de 1926 su discurso de ingreso como académico de número con el título: “Una influencia española en la arquitectura norteamericana”, en el que exponía como la arquitectura de las misiones religiosas habría influido en la californiana posterior. Dentro de la Academia ocupó el cargo de Censor en 1941, tras el fallecimiento de Luis de Landecho, y en 1955 Director de esta institución.

 

También fue elegido académico de número de la Real Academia de la Historia el 27 de diciembre de 1929, aunque tomó posesión tres años después con la disertación: “La técnica moderna en la conservación de monumentos”, tema que siempre le preocuparía a lo largo de su carrera. Contaba en este caso con su experiencia en las obras que había dejado inconclusas Vicente Lampérez para la Catedral de Cuenca, siguiendo su proyecto, aun no estando de acuerdo, pues recogía los ya caducos planteamientos restauradores de Viollet-le-Duc.

 

Decía Fernando Chueca Goitia que “no hubo Junta, Jurado, Patronato o Institución a la que no perteneciera, y sin duda la función senatorial que ejerció toda su vida le restó tiempo para otras tareas”. Y así, fue también Presidente de la Junta Facultativa de Construcciones Civiles del Ministerio de Educación Nacional, Decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, Vicepresidente del Patronato del Museo Nacional del Prado, Miembro del Patronato del Museo Nacional de Arte Moderno, de Honor de la Sociedad de Arquitectos y del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, así como Académico de la Real de San Carlos de Valencia, de la Hispanic Society of America de Nueva York, el Instituto de Coimbra o las Academias nacionales Argentina y Colombiana de la Historia o de las Artes y de las Letras de la Habana.

 

En julio de 1924, López Otero y sus compañeros Manuel Vega y March, Lluis Doménech y Ricardo García Guereta, que asisten al Congreso Nacional de Arquitectos en Santander, se reúnen en el Palacio de la Magdalena con el rey Alfonso XIII, quien les transmite su ambicioso deseo de construir una gran universidad en Madrid, un centro de referencia para toda la comunidad hispanoamericana, moderna en dotaciones de profesorado, metodología e infraestructuras. No quedó en una mera conversación, pues acabaría siendo la gran herencia de su reinado.

 

De este modo, y con motivo del XXV aniversario de su Jura de la Constitución, el Rey crea por decreto del 17 de mayo de 1927 la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria, presidida por él y participada por diecisiete vocales provenientes del mundo político y cultural. Entre ellos los arquitectos Luis de Landecho, Presidente de la Junta Facultativa de Construcciones Civiles, y el propio López Otero, como Director de la Escuela de Arquitectura y, por tanto, muy interesado en la búsqueda de una nueva sede para este centro. Dada la edad avanzada y estado de salud de Landecho, y desechado por su anacronismo el proyecto de Javier de Luque, que era el arquitecto de la Universidad, toda la responsabilidad técnica recayó en López Otero[4]. Los terrenos elegidos serían ofrecidos por la Corona, como parte de la posesión real de la Moncloa.

 

A instancia del prestigioso odontólogo Florestán Aguilar, muy próximo a Alfonso XIII, secretario de la referida Junta y benefactor del proyecto universitario, solicitan asesoramiento a la Fundación Rockefeller de Nueva York, que les proponen la visita de distintas universidades del centro de Europa y Estados Unidos. Este hecho ocurre entre los meses de octubre y noviembre de 1927, en cuya comisión participan, además de Aguilar y Luque, el mismo López Otero, quien reconoce los ejemplos americanos como los más perfectos, por la organización de sus campus, su equipamiento, instalaciones y comunicaciones, influyendo grandemente en el trazado madrileño.

 

Para ganar tiempo, la Junta, en sesión extraordinaria presidida por el Rey, decide el 25 de abril de 1928 no realizar un concurso y poner directamente en manos de López Otero la dirección de una oficina técnica y la elección de los miembros más competentes para la redacción del proyecto de urbanización y sus edificios, quien sintiendo el escrúpulo de no proceder correctamente decidió consultar a los arquitectos más reconocidos y seleccionar a jóvenes prometedores en trabajos similares.

 

La oportunidad se le presentó entre los participantes al concurso para el Instituto de Física y Química de la referida Fundación Rockefeller en la Colina de los Chopos de Madrid, convocado el año anterior y del que resultaron ganadores los referidos arquitectos Lacasa y Sánchez Arcas, quedando en segundo lugar Agustín Aguirre y Miguel de los Santos. Todos eran miembros de la misma generación, la llamada del 25, y coincidentes en sus ideas renovadoras del tipo arquitectónico docente, alejadas de ideas decimonónicas. A ellos, a los cuatro habría de reunirlos López Otero en su equipo técnico universitario, al que se sumarían el también arquitecto Pascual Bravo Sanfeliú y el ingeniero Eduardo Torroja, éste con el fin de resolver las cuestiones estructurales e infraestructurales, aun cuando sus experimentos en este sentido acabaran por superar el marco estricto de la mera colaboración técnica. Antonio Bonet afirmó que esta acertada selección fue uno de los mejores logros de López Otero y Fernando Chueca Goitia consideró que eso le permitió “hacer de la Ciudad Universitaria una especie de laboratorio de ensayo de la nueva arquitectura. Pero también tuvo el tacto de armonizarlo todo bajo su batuta con ponderación y sin estridencias”.

 

En pleno proceso gestual de la Ciudad Universitaria, López Otero decide volver a Estados Unidos en 1928, esta vez junto a sus colaboradores Miguel de los Santos y Manuel Sánchez Arcas, así como diversos profesores, con el fin de estudiar más detenidamente “los ejemplos más caracterizados entre las universidades americanas”, los cuales les permitieran huir “de cualquier formulismo arcaico a la hora de proyectar el conjunto universitario”, como expresó Carlos Flores.

 

A principios de octubre de 1928 se redacta el anteproyecto, dividido en cinco grandes grupos: el principal, con el Rectorado, paraninfo, Biblioteca y conjunto de facultades de Derecho, Filosofía y Ciencias; el segundo o médico, con las facultades de Medicina, Farmacia y Odontología, en relación con el inmediato Hospital Clínico; el grupo de residencias universitarias; el tercero dedicado a los grandes espacios deportivos; y el quinto dedicado a Bellas Artes, con esta facultad y la Escuela de Arquitectura. Además, les complementarían el club de estudiantes, la iglesia y la central térmica.

 

La mayor parte de los proyectos de los edificios serían redactados por el joven equipo técnico, interviniendo López Otero en la concepción general urbanística, con grandes ejes y avenidas monumentalistas, y su supervisión. También quiso asumir directamente puntuales conjuntos muy representativos, como el Paraninfo, cuya primera y monumental propuesta de 1928 recuerda al Capitolio norteamericano, transversales, como las instalaciones deportivas, que comprendían un gran estadio que no se construyó, o de infraestructuras, como el Viaducto de los Quince Ojos, con Agustín Aguirre y Eduardo Torroja.

 

La dirección de López Otero decantó la composición de los edificios hacia principios funcionalistas, bajo premisas eclécticas, beauxartianas, secesionistas y modernistas, si bien desde la unidad de unos y otros, en general monumentales. Como indica Teresa Sánchez de Lerín, los volúmenes eran amplios y luminosos, en espacios abiertos en contacto con la Naturaleza, para hacer más fructífera y agradable la formación universitaria.

 

El 29 de junio de 1929 comenzaban las obras de la Ciudad Universitaria, tras ganar el concurso la empresa Agromán, creando las plataformas para las infraestructuras viarias y redes de instalaciones. La marcha de las obras continuó a partir de este momento a buen ritmo, lo que no detuvo la proclamación de la Segunda República en 1931, pues ésta adoptó el proyecto como propio. Sólo se sustituyeron en la Junta al Rey, que lo fue por el presidente republicano Niceto Alcalá-Zamora, y a Florestán Aguilar, actuando como secretario Juan Negrín. Hubo también un cambio de estrategia, al llevar en paralelo la urbanización de los terrenos con la ejecución de los primeros conjuntos de facultades, que se fueron inaugurando por fases.

 

También López Otero desarrolla, al poco de instaurarse la República, una segunda propuesta de Paraninfo, más moderna, en la que reduce su magnificencia, con volúmenes más proporcionados y geométricos puros, para cuya decoración contactó con el pintor José María Sert.

 

Había tratado estos años el arquitecto de mantener su actividad particular, desde su residencia y estudio de la calle Pinar, de donde saldría su proyecto en 1928 para la sede de la compañía aseguradora La Unión y el Fénix Español, en la calle Peligros con vuelta a la de Alcalá, junto a la iglesia del antiguo convento de las Calatravas. Su objetivo fue buscar la conciliación con la arquitectura barroca de esta última, para lo que realizó numerosas soluciones, optando por un volumen a modo de esbelta torre campanario de 25 m de altura, con motivos armónicos, como la repetición de los frontones triangulares de la iglesia, pero sin renunciar a su modernidad en la resolución de la planta y las referencias, en este caso, a la arquitectura de Louis Sullivan, que había conocido en su reciente periplo americano. La Compañía impuso como condicionantes que el edificio fuera un hito urbano, anunciador de su marca, con materiales, sino lujosos, sí permanentes, que le dieran monumentalidad.

 

También en 1928 proyecta el Gran Hotel Salamanca, tras ganar un concurso restringido, para el que se requería la máxima modernidad en las instalaciones, pero de exteriores clasicistas, y al año siguiente el alcalde de Sevilla le encarga el Hotel Cristina, con vistas a la Exposición Iberoamericana, tras una visita a la ciudad por otras cuestiones. Aquí plantea un edificio con un gran hall circular, alrededor del cual se disponían todas las salas de uso público, con habitaciones con baño incorporado. Los espacios y escaleras denotan su modernidad, que nuevamente contrasta con unos alzados en los que la inspiración es colonial americana. En la decoración exterior intervino Ricardo Magdalena Gallifa, con quien realizó el proyecto.

 

En 1929 se le encarga el Colegio de España en la Ciudad Universitaria de París, nacido también del interés del rey Alfonso XIII, eligiendo al arquitecto por su amplio conocimiento de la arquitectura docente en el mundo. Su planta, como en la Casa de Ejercicios de Chamartín vuelve a ser en H, apta para acoger hasta 150 estudiantes con todos los equipamientos necesarios. Retoma el clasicismo en su lenguaje, con evocaciones neoplaterescas y escurialenses, alejándose de las propuestas americanas y apostando por el historicismo.

 

En 1934 se funda el Instituto Técnico de la Construcción, con el fin de potenciar la utilización del hormigón armado en España, siendo nombrado presidente de su junta directiva Modesto López Otero y secretario Eduardo Torroja. Al principio fue una entidad privada, para integrase en los años cuarenta en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

 

El comienzo de la Guerra el 18 de julio de 1936 sorprende a López Otero de vacaciones en San Sebastián, por lo que, al no poder regresar a Madrid, es Manuel Sánchez Arcas quién le sustituye como responsable de la Oficina Técnica. Sin embargo, poco pudo hacer éste para evitar el desastre, pues tras la contienda, el panorama de la Ciudad Universitaria fue desolador, por encontrarse en primera línea del frente y siendo ocupados sus edificios como bases militares. Sólo los construidos con estructuras modernas resistieron y sus daños fueron de pérdida mobiliaria.

 

Al regresar a Madrid, López Otero volvió a ocupar su cargo de vocal de la Junta Facultativa de Construcciones Civiles, mientras se decidía el futuro de las ruinas universitarias.

 

El 10 de febrero de 1940 se promulgaba la Ley de creación de la nueva Junta Constructora de la Ciudad Universitaria, ahora presidida por el jefe del Estado Francisco Franco, y se reorganizaba el servicio técnico en continuidad con el previo. El 8 de abril de 1940, el arquitecto presentaba un informe de la situación de abandono y paralización, que dio pie a su designación el 8 de junio siguiente, nuevamente, como arquitecto director de las obras, ahora en unión de su discípulo Pedro Muguruza, como Director General de Arquitectura, quienes constituyeron la máxima autoridad del Servicio Técnico de la Ciudad Universitaria. Muguruza no intervino en las decisiones de López Otero y dejó a éste la configuración del Gabinete, sin Lacasa y Sánchez Arcas, exiliados, e incorporándose Mariano Garrigues, Ernesto Ripollés y Javier Barroso.

 

López Otero inicia la reconstrucción de las instalaciones deportivas, junto a Torroja, y del pabellón de gobierno, ambas en 1941, además de proyectar cinco años después la irrealizada Iglesia de Santo Tomás de Aquino, de interiores sencillos y diáfanos, con estructura de hormigón armado revestida de piedra y líneas neoclasicistas. El mismo año de 1946, con Pascual Bravo, proyecta el Arco de la Victoria, con el fin de conmemorar el triunfo del ejército de Franco sobre el republicano. Éste se concibe como un gran arco de piedra a la manera de la antigüedad romana, si bien sin órdenes, sobrio, de perfil germánico, con un ático con inscripciones alusivas y una cuadriga de coronación. La plataforma incorporaba el diseño del pavimento con el yugo y las flechas e inscripciones de la victoria y una estatua ecuestre de Franco, obra de José Capuz, avanzada con respecto al vano, que nunca llegó a colocarse.

 

También el arquitecto se ocupa de proyectar un tercer diseño para el Paraninfo en 1943, con un lenguaje más depurado que los anteriores, de líneas basilicales, y cinco años después otro, en el que desaparece cualquier motivo de inspiración clasicista, próximo a los postulados racionalistas.

 

Los edificios reconstruidos se tiñen de nacionalismo, por la asociación del Movimiento Moderno a la República, aunque lo más lamentable para López Otero fue la progresiva pérdida de unidad formal que, como regla, se había fijado desde el principio, asumiendo las nuevas arquitecturas, promovidas por distintas instituciones y sin pasar por la Junta, lenguajes diversos y personalistas. Los nuevos planes de ordenación de la Ciudad Universitaria de 1943 y 1948 no pudieron impedir la diversidad y se centraron en la zonificación de usos y en las comunicaciones, mientras el edificio central, el Paraninfo, seguía sin construirse. No obstante, Sánchez de Lerín considera que “no se ha de considerar como únicas circunstancias degradantes la diversidad de estilos y la ausencia del Paraninfo, ya que importantísima razón fue la dispersión de los grupos de facultades, debido a las condiciones topográficas y de tráfico de todo el conjunto”.

 

Su labor al frente de la dirección de las obras de la Ciudad Universitaria de Madrid sería reconocida por el Jefe del Estado con la imposición de la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio en 1944, la cual le sería impuesta por el Ministro de Educación Nacional José Ibáñez Martín, con motivo de los actos del primer centenario de la fundación de la Escuela de Arquitectura de Madrid.

 

Proyecta algunas obras particulares tras la Guerra, como la Iglesia de los Padres Capuchinos en Pamplona en 1939, por encargo de su amigo y contratista Félix Huarte, compartiendo la dirección de obras Francisco Garraús, pues sus ocupaciones en Madrid le hubieran impedido atenderla adecuadamente. Sus objetivos se centraron en resolver la iglesia, quedando el convento en un espacio secundario, creando un espacio diáfano, gracias a la estructura de hormigón armado, iluminado con grandes vidrieras y abovedado. Su lenguaje es clasicista, muy desornamentado, con referencias a su Casa de Ejercicios de Chamartín.

 

Seis años después actúa en los Almacenes Rodríguez de la Gran Vía madrileña, con una nueva distribución y modernizando sus instalaciones, apostando por una arquitectura diferente a su producción, esquemática, desornamentada, más moderna, en la que pudieran influir sus más jóvenes colaboradores José Luis Subirana y Miguel de los Santos.

 

Durante estos años se prodiga en artículos, discursos en la Academia y conferencias, convirtiéndose en una figura de máxima relevancia en el panorama cultural español. Escribe una serie de biografías de arquitectos en 1950 para la Revista Nacional de Arquitectura: Aníbal Álvarez, Isidro Velázquez, Matías Laviña, Miguel Durán Salgado, para complementar las noticias de Juan Agustín Ceán Bermúdez, y muchas reflexiones sobre distintos temas, no todos publicados.

 

Destaca su participación en la Universidad de Valladolid, con motivo del Concurso Nacional de Arquitectura de 1943, en el que trató la obra de Juan de Herrera, los cursos de verano de la Universidad de Santiago de Compostela en 1955 y dos años después en la de Zaragoza, con motivo de la creación de la cátedra Ricardo Magdalena, tratando el tema de la nueva arquitectura. Al año siguiente participa en los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo con el tema de la arquitectura española en la época de Carlos V.

 

Siendo Director de la Academia de San Fernando, el 17 de abril de 1959, dirigió al Presidente del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España un escrito en el que mostraba nuevamente su preocupación por los continuos atentados al carácter de los monumentos y las ciudades históricas, mostrándole su colaboración para lograr su defensa, con palabras tan reveladoras, como que “tienen los arquitectos la obligación moral y legal de oponerse, por cuantos medios les sean posibles, a realizar nuevas construcciones o reformas urbanas que directa o indirectamente puedan causar aquellos perjuicios irreparables, así como vigilar y poner a salvo los restos arqueológicos que puedan ser interesantes”.

 

Por las complicaciones de la operación de una afección renal, el 23 de diciembre de 1962 fallecía en plena actividad e inesperadamente don Modesto López Otero en su vivienda del Paseo de la Castellana, 98, a donde se había trasladado hacía tres años. Preparaba entonces el proyecto para la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, por encargo del Ministerio de Educación Nacional, permaneciendo así, hasta el final de sus días, unido a la que fue su gran obra de la Ciudad Universitaria, en la que dejó, según palabras del que fuera Ministro de la Vivienda José Luis de Arrese, también discípulo, “más amor, más tesón y más acierto”.

 

El 6 de mayo de 1955 había realizado su lección magistral de despedida como director y catedrático de proyectos de la Escuela de Arquitectura, pidiendo perdón a todo aquel alumno que por su causa, involuntariamente, hubiese sufrido alguna contrariedad. “Desearía que no quedase resentimiento alguno hacia mí y que durante los años que Dios quiera tenerme en este mundo, merecer la afectuosa consideración de todos los que han sido mis discípulos”. Basta leer su obituario, publicado en la revista Arquitectura, para comprobar lo contrario, la unánime coincidencia de todos los que le conocieron al calificarle como un maestro inolvidable, cordial, equilibrado, sensato y de gran personalidad.

 

Por eso, sirvan de colofón las palabras de Mariano García Morales, Presidente a la sazón de los Colegios de Arquitectos de España, para sintetizar su personalidad: “Buen arquitecto, buena persona, generoso, culto, estudioso y con una gran humanidad, éste es el compañero que hemos perdido para siempre”.

 

CRONOLOGÍA DE OBRAS EN MADRID

 

1910.
Proyecto para el concurso de una Exposición Universal en Madrid en 1913, con José Yarnoz Larrosa, convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 

1913.
Viviendas y consulta médica para el doctor Gabriel Cisneros, calle Fortuny, 35, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 19-18-25)

 

1914.

Hotel para el pintor Miguel Blay, calle Pinar, 10, Madrid (desaparecido)

 

1915.

Hotel para los señores Dámaso Torán y Luis Harguindey, calle Álvarez de Baena, 10, Madrid (desaparecido) (Archivo de Villa de Madrid 22-179-2)

 

1916.

Reforma de la Central Eléctrica del Mediodía, calle Alameda, 3-5, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 20-67-61, 23-472-7)

 

1917.

Casa de Ejercicios para la Compañía de Jesús, Colegio del Recuerdo, Plaza del Duque de Pastrana, 5, Chamartín de la Rosa, Madrid

 

1919.

Hotel Nacional para don Ramón Carnicer, Glorieta del Emperador Carlos V, Madrid, (Archivo de Villa de Madrid 27-222-3)

Hotel Gran Vía para don Gabriel Gancedo, Gran Vía, 25, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 14-495*-16)

Almacenes de Calzado “La Imperial”, Paseo del Prado, 2, Madrid (Archivo de Villa de Madrid 27-221-32)

 

1926.

Ampliación del Hotel Nacional

 

1928.

Urbanización y plan general de la Ciudad Universitaria de Madrid

Primer proyecto para el Paraninfo, Ciudad Universitaria, Madrid

Edificio La Unión y El Fénix, calle Peligros, (Archivo de Villa de Madrid 45-105-24)

 

1929.

Instalaciones deportivas del suroeste, Ciudad Universitaria, Madrid, con el ingeniero Eduardo Torroja

Viaducto de los Quince Ojos, Avenida Puerta de Hierro, Madrid, con Agustín Aguirre y el ingeniero Eduardo Torroja

 

1930.

Ampliación y reforma de edificio de viviendas, Paseo de Recoletos, 12, Madrid.

 

1931.

Segundo proyecto para el Paraninfo, Ciudad Universitaria, Madrid

 

1941.

Reconstrucción de las instalaciones deportivas de la Ciudad Universitaria, con el ingeniero Eduardo Torroja

Reconstrucción del Gabinete de la Junta Constructora, Ciudad Universitaria, Madrid, con Agustín Aguirre.

 

1942.

Iglesia de Santo Tomás de Aquino, Ciudad Universitaria, Madrid

 

1943.

Tercer proyecto para el Paraninfo, Ciudad Universitaria, Madrid

 

1945.

Reforma de los Almacenes Rodríguez, calle Gran Vía, 19, Madrid, con José Luis Subirana y Miguel de los Santos

 

1946.

Arco de la Victoria, con Pascual Bravo Sanfeliú

Ampliación del Instituto Valencia de don Juan, Paseo Eduardo Dato, 29, Madrid

 

1956.

Reforma de edificio de viviendas, calle Princesa, 27, Madrid, con Pascual Bravo Sanfeliú

 

1957.

Viviendas para el conde de Quiroga, Paseo de la Castellana, 52, Madrid

 

 

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TERESA SÁNCHEZ DE LERÍN GARCÍA-OVIES, Modesto López Otero: vida y obra, tesis doctoral, Madrid, Universidad Politécnica de Madrid, 2000.

 

ÁNGEL URRUTIA, Arquitectura española, siglo XX, Madrid, Cátedra, 1997.

 

JOSÉ YÁRNOZ LARROSA, «Necrológica de Modesto López Otero», Academia, 15, 2º semestre (1962), pp. 7-11.

 

 

MIGUEL LASSO DE LA VEGA

FECHA DE REDACCIÓN: 31 DE DICIEMBRE DE 2020

FECHA DE REVISIÓN:

 

NOTAS

[1] Palabras de Agustín Aguirre en: AA.VV., “Don Modesto López Otero”, Arquitectura, año 5, núm. 49, enero, 1963, p. 11

[2] La figura de Modesto López Otero ha merecido la dedicación de una estupenda tesis doctoral, leída por la arquitecta Teresa Sánchez de Lerín en diciembre de 2000 y dirigida por Pedro Navascués, la cuál ha sido referencia constante para la redacción de esta biografía. Ver: TERESA SÁNCHEZ DE LERÍN, Modesto López Otero. Vida y obra, Tesis Doctoral, Universidad Politécnica de Madrid, diciembre 2000.

[3] Un decreto del Ministerio de Educación del 11 de noviembre de 1943 creaba el Museo Nacional de Arquitectura. Su sede se establecía en la Escuela de Arquitectura y Modesto López Otero trató por todos los medios de hacerlo realidad, llegando a proyectarlo, con un estudiados programa y organización en secciones.

[4] La elección de Modesto López Otero se debió al propio Luis de Landecho. Ver al respecto de la Ciudad Universitaria, sus proyectos, construcción y la aportación de Modesto López Otero a la misma: PILAR CHÍAS NAVARRO, La Ciudad Universitaria de Madrid. Génesis y realización, Madrid, Universidad Complutense, 1986, p. 49.

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