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José de Hermosilla. Proyecto de urbanización del Paseo del Prado. Biblioteca Nacional de España. Dib. 015_086_051
JOSÉ AGUSTÍN MANUEL DE HERMOSILLA Y SANDOVAL

 

Arquitecto e Ingeniero Militar. Llerena, Badajoz, 1715 – Leganés, Madrid 1776.

 

José Agustín de Hermosilla y Sandoval nació el 12 de mayo de 1715 en Llerena, provincia de Badajoz, del matrimonio compuesto por don Rodrigo Hermosilla y doña María Teresa de Frías y Sandoval. El 25 de mayo recibió el bautismo en la iglesia de Santiago de la localidad pacense. La pareja tuvo otros dos hijos. Ignacio, el mayor, desempeñó diferentes puestos en el sistema administrativo de la Corte, primero como oficial de Gracia y Justicia y posteriormente como Ministro del Consejo Real y Supremo de las Indias. Del mismo desarrolló una destacada actividad humanista en el ámbito de la historia y de la cultura en general. Desde 1753 ejerció labores como Secretario General de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cargo que mantuvo hasta 1771. La menor de los hijos del matrimonio Hermosilla-Sandoval, fue Tomasa Micaela que bautizada en 1720 en la iglesia de Santiago igual que el resto de los hermanos. La única chica de la familia residió durante toda su vida en su localidad natal.

 

En 1740 José de Hermosilla, instalado desde hacía años en la corte, a la edad de veinticinco años contrajo matrimonio con doña Manuela Pérez de Rebolledo en la madrileña iglesia de Santiago. De esta unión nacieron cinco hijos, Manuela, María Josefa, María Ignacia, que falleció a los pocos años de vida, Ignacio, que llegó a ser clérigo beneficiado en la iglesia de Nuestra Señora de la Granada de Llerena, y María Bernarda.

 

Hermosilla falleció en Madrid, a los sesenta y un años, en la casa de su hermano Ignacio situada en la calle Cedaceros, en las inmediaciones del paseo del Prado, un enclave estrechamente vinculado a la actividad profesional desarrollada durante sus últimos años de profesión. El arquitecto recibió cristiana sepultura en la capilla de Belén en su Huida a Egipto, popularmente conocida como la capilla de los Arquitectos, de la iglesia de San Sebastián, adquirida por la Congregación de Arquitectos de Madrid como espacio de devoción y enterramiento para los arquitectos y maestros de obras de la corte. La capilla, construida por Francisco Moreno a finales del siglo XVII, remodelada por Ventura Rodríguez entre 1766 y 1768 y concluida por Blas Beltrán Rodríguez, resultó la última morada para el arquitecto, compartida con otros compañeros de profesión como el propio Ventura Rodríguez, José de Churriguera o Juan de Villanueva, así como con otros insignes personajes como Lope de Vega o José de Espronceda

 

FORMACIÓN

 

José de Hermosilla inició su formación académica en la Universidad de Sevilla. Según señalan distintas fuentes como el propio Ceán, Hermosilla llegó a la ciudad hispalense desde su Llerena natal con el propósito de comenzar estudios de Filosofía y Teología, guiado por el deseo familiar de emprender una carrera eclesiástica que nunca llegaría a concluir. Su interés por la ciencia en general y principalmente por las matemáticas favoreció su traslado a Madrid, con la intención de entrar en el Real Cuerpo de Ingenieros Militares, la institución creada por Felipe Va principios de la centuria para la instrucción cualificada de sus miembros. El ingreso en el Colegio de Ingenieros, el gran cuerpo técnico de la época, fundamentado sobre una sólida formación científica, le permitió iniciar una educación especializada en temas de arquitectura y táctica militar, sobre la base de las matemáticas, consideradas fundamentales como materia básica tanto en los ámbitos militar como civil.

 

En 1738 se incorporó a las obras de construcción del Palacio Real Nuevo de Madrid, la principal empresa edilicia del momento, integrando el grupo de jóvenes delineantes al servicio y bajo la supervisión de Giovanni Battista Sacchetti quien, desde la muerte de Filippo Juvarra en 1736, estaba a cargo del proyecto arquitectónico de mayor envergadura de la Corte.

 

Ambas experiencias, la formación militar y el contacto con el ámbito cortesano a través de una obra de naturaleza civil, resultarían fundamentales en su trayectoria, al permitirle entrar en contacto, desde diferentes realidades, con la teoría y con la práctica arquitectónica en el contexto madrileño. Fue en la obra de palacio, donde se produjo la primera coincidencia profesional de José de Hermosilla con un joven Ventura Rodríguez y probablemente el origen de la rivalidad que se mantuvo a lo largo de toda su vida.

 

Con el respaldo de su paisano, don José de Carvajal y Lancaster, que en ese momento ejercía como Ministro de Estado y protector de la Junta Preparatoria de la futura Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y de su hermano Ignacio, en 1747 Hermosilla fue designado por Fernando VI para viajar como pensionado a Roma. La renuncia de Diego de Villanueva al ansiado viaje de estudios que había ganado por oposición, y que por motivos personales tuvo que desistir de su disfrute, le permitió a Hermosilla poder viajar a Italia y entrar en contacto con el legado de la antigüedad que ofrecía la ciudad eterna, materializando el deseo de cualquier arquitecto. Junto con él Miguel Fernández, integraron el primer grupo de pensionados españoles que viajaron a Roma, inaugurando lo que desde entonces sería una práctica oficializada desde la Academia, como vía de formación para sus alumnos.

 

Entre 1747 y 1751 José de Hermosilla permaneció en Roma, una estancia de cuatro años tan fructífera como esencial para la conformación de su lenguaje y definición de su trayectoria a partir de entonces. El contexto romano le permitió sumergirse en el debate intelectual reinante y explorar las diferentes expresiones arquitectónicas, lo que resultó esencial para el desarrollo de sus elucubraciones teórico-prácticas. El contacto directo con la arquitectura romana le permitió diseñar el recorrido desde la antigüedad hasta las propuestas contemporáneas que estaban materializándose, de modo que tanto su formación como su mirada se ampliaron notablemente. La experiencia resultó a todas luces favorable, tornándose en una lección continúa, avalada tanto en la observación directa de los vestigios y las fábricas como en las lecciones, enseñanzas y directrices canalizadas por Ferdinando Fuga, el arquitecto florentino, considerado uno constructores más relevantes del momento, que se encargó de vigilar sus avances y logros durante sus años de permanencia en la ciudad. Encargado entre otros compromisos de todos los proyectos arquitectónicos vinculados a la iglesia de Santiago de los Españoles y al Palacio de España, Ferdinando Fuga le fue desvelando los fundamentos del historicismo arquitectónico, sobre el que fundamentaría su lenguaje años después, favoreciendo su interés sobre el valor y consideración de la ruina, una constante presente en el panorama urbano de la ciudad, consideradas por Hermosilla en sí mismas como una lección permanente de arquitectura. Al tiempo, Fuga fue supervisando todos los ejercicios que fue realizando Hermosilla como resultado de su aprovechamiento.

 

La absorción de todas las enseñanzas canalizadas por el maestro y las especulaciones personales sobre la edificatoria, dieron frutos apenas un año después de su llegada a Roma. Así lo evidencian el conjunto de plantas que fueron remitidas a don José de Carvajal, fruto de su personal elucubración sobre arquitectura religiosa, probablemente discutidas con Fuga. Estos ejercicios iniciales se complementaron con otras propuestas de naturaleza civil, fundamentadas, como las anteriores, sobre preceptos clasicistas. Los resultados de la estadía romana continuaron llegando a Madrid, como pulcras evidencias del excelente beneficio de la estancia. Muchas de las ideas, cimentadas sobre reflexiones ciertamente propias, se sometieron a la valoración de parte de los miembros de la Junta Preparatoria de la futura Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre otros el propio Giovanni Battista Sacchetti y Francisco Carlier, quienes no ofrecieron reparo en cuestionar la falta de realidad de algunos de los ejercicios remitidos por Hermosilla, quien defendió con solidez sus proyectos, justificando sus planteamientos sobre la base de la observación directa y del conocimiento de la teoría arquitectónica imperante, sin renunciar a las discusiones teóricas que se estaban sucediendo en aquel momento en Roma. Hermosilla se impregnó con enorme interés de todos los avances que como los cartográficos fueron inmediatamente aplicados por Giovanni Battista Nolli en 1748 en una novedosa representación de la ciudad, progresos que años después se observarían en el plano de Madrid que realizase Antonio Espinosa de los Monteros en 1769, quien coincidió con Hermosilla en la ciudad durante 1750-51, y por tanto igualmente testigo de los adelantos. La exploración y análisis continuado de la arquitectura antigua y moderna, profundizando y examinando escrupulosamente la conexión e interrelaciones producidas en el tiempo, resultaron determinantes en su recorrido profesional posterior.

 

La reflexión teórica intensamente practicada por Hermosilla en Roma se completó con una, aunque modesta, actividad práctica. A instancias de fray Alonso Cano, el primer prelado del convento de la Santísima Trinidad de los Españoles, la fundación trinitaria surgida bajo patronato regio en vía Condotti, José de Hermosilla se incorporó a los trabajos de conclusión del núcleo monasterial. La intervención del pacense se requirió principalmente para subsanar algunos problemas de estabilización que presentaba el conjunto edificado conforme al proyecto del arquitecto portugués Emanuel Rodríguez Do Santos, encargado de las obras entre 1741 y 48. Hermosilla planteó algunos cambios en las bases de apoyo de la cúpula para afianzar la estructura del templo.

 

Su participación se hizo especialmente evidente en el exterior, donde las referencias borrominescas resultaron especialmente visibles en la fachada proyectada sobre un fuerte juego de contrastes. Fue en el interior del templo donde el dominio del lenguaje clasicista plenamente asumido por Hermosilla imperó, tanto en conformación del altar mayor, como en el retablo, puertas, balcón del coro y en las decoraciones molduradas de paredes y techos también a su cargo, un estilo exquisitamente coordinado con las expresiones de Corrado Giaquinto, y del también pensionado Antonio González Velázquez, encargados de la decoración pictórica.

 

Esta intervención supuso el inicio de una estrecha relación de José Hermosilla con los trinitarios, una vinculación mantenida en el tiempo que le llevó a disponer en su testamento su deseo de amortajarse con el hábito de la orden trinitaria, en el momento de su deceso.

 

La actividad práctica desarrollada por Hermosilla en Roma se amplió con la participación, en colaboración con Fuga, en el plan de reestructuración y reforma del palacio de Espada promovida en 1747 por Alonso de Aróstegui, el ministro plenipotenciario interino de España en Roma.

 

Aróstegui determinó impulsar la remodelación del viejo palacio adquirido por el conde de Oñate en el siglo XVII para destinarlo a embajada de España en Roma, una función que seguía cumpliendo, a fin consolidar y mejorar una estructura resentida por el paso de los años. Como encargado de acoger a los pensionados españoles, supervisar la designación de arquitectos para tutelar su formación en la ciudad y canalizar los envíos a Madrid de los resultados de sus progresos, Aróstegui sugirió la posibilidad de que fueran los propios pensionados quienes, desde sus distintas disciplinas, asumiesen el plan de reforma del edificio que, en ese momento, presentaba una decoración especialmente austera. Aprovechando la propuesta de intervención, Aróstegui apuntó la posibilidad de destinar una parte del edificio de la embajada, como Academia y residencia de los académicos. Su idea consistía en destinar unas habitaciones a los pensionados españoles durante su estancia en la ciudad y habilitar otras estancias como taller para modelos y estudios. En definitiva, lo que perseguía con la reforma era concretar el deseo largamente acariciado de contar con una academia en Roma, siguiendo la estela de otros países como Francia. La reforma se encomendó a Ferdinando Fuga, quien contó con la participación de José de Hermosilla. La pulcritud y excelente trazo de los dibujos realizados por Hermosilla, según testimonio emitido en 1753 por el propio Aróstegui, llevó a los reyes a disponerlos como referentes visuales con valor más decorativo que técnico en la Sala de conversación del Real Sitio.

 

La actividad práctica llevada a cabo por Hermosilla tuvo su complemento en la reflexión teórica fundamentada en el análisis de la arquitectura civil, en base al estudio de la antigüedad y la aplicación de la ciencia matemática. Todo ello se concretó en un tratado de Arquitectura Civil, que vio la luz en 1750 bajo el asesoramiento de Ferdinando Fuga. La finalidad de esta aportación era generar un manual, pensado para la instrucción de los estudiantes de arquitectura de la Academia, concebido por ello con un claro sentido didáctico como un recorrido sobre la práctica arquitectónica desde una visión historicista. Dicha reflexión suponía la plasmación exhaustiva de lo que verdaderamente Roma había supuesto en y para la formación de Hermosilla, ciertamente una experiencia cardinal para la consolidación de su lenguaje desde un planteamiento clasicista, en el que la ruina se mostraba como una pieza fundamental para la arquitectura, en tanto que fuente e inspiración para toda propuesta surgida de la mente de cualquier arquitecto. Un trabajo tan personal que fue dedicado a Fernando VI y a don José de Carvajal y Lancaster, uno de sus principales protectores, quedó manuscrito.

 

El tratado se estructuró sobre cuestiones prácticas de la construcción, sobre los materiales y la construcción aplicada, sobre los géneros y órdenes de los edificios, confiriendo especial interés a aspectos de planificación urbana en base a la idea de ciudad imperante. Por su intención didáctica Hermosilla incorporó aspectos referidos a la maquinaria y medios de ejecución de las obras, dedicando un apartado a la Geometría entendida, desde su sólida base científica, como fundamento de toda arquitectura.

Su interés y el amplio manejo de la literatura artística y teoría arquitectónica le permitió, según refiere el propio Ceán, afrontar la traducción de los diez libros de Vitruvio, que no llegó a publicarse.

 

Tras su vuelta a Madrid en 1751 Hermosilla se incorporó a las obras, aún inconclusas, del palacio Real, manteniéndose activo hasta 1755. Al tiempo se incorporó como profesor de Geometría de la recién fundada Academia de Bellas Artes de San Fernando, pasando apenas un año después a ocupar el puesto de director segundo de Arquitectura, asumiendo, con Ventura Rodríguez, la responsabilidad de canalizar las teorías arquitectónicas y de gestionar las tareas de formación de los alumnos. La estrecha colaboración que José de Hermosilla tuvo con la Academia se afianzó a partir de 1754, tras asumir el cargo de tesorero de la institución, un puesto que desempeñó hasta 1756.

 

El mismo año 1756 Hermosilla fue nombrado Ingeniero Teniente Extraordinario de los Ejércitos, una circunstancia que le obligó a renunciar de todos sus cargos en la Academia, si bien su implicación con la institución y su reconocimiento por parte del resto de los integrantes le valieron para ser propuesto y reconocido como Académico de Honor y Mérito. En 1763 alcanzó la mayor de las gratitudes en el cuerpo de los Ingenieros Militares tras su designación como Capitán de los Reales Ejércitos de SM del Real Cuerpo de Ingenieros, lo que suponía el máximo rango en la carrera militar. Como parte de los nuevos compromisos en 1766 Hermosilla, acompañado por Juan de Villanueva y Pedro Arnal, emprendió viaje hacia Andalucía con el propósito de levantar los planos de edificios emblemáticos como la Alhambra y la Mezquita de Córdoba, una vivencia en la que, sin duda, tendría en cuenta la observación aprendida durante la experiencia romana. Desde su nueva posición en el Cuerpo de Ingenieros, en 1767 fue comisionado por el Conde de Aranda para levantar los planos del Monasterio de El Escorial, un encargo que le permitió de nuevo mostrar sus excelentes dotes y su exquisita pulcritud en el ejercicio del dibujo. Algunos de los planos fueron especialmente elogiados por el Rey que los consideró más que meros ejercicios de reflexión arquitectónica, determinando que fueran dispuestos en su dormitorio privado del Real Palacio de Aranjuez, repitiéndose la misma circunstancia que con los primeros envíos desde Roma, que fueron igualmente apreciados.

 

Su principal contribución a la ciudad de Madrid llegó en 1767 a instancia del Conde de Aranda, entonces Presidente del Consejo de Castilla, su principal valedor. Aranda le encomendó la urbanización del paseo del Prado, una propuesta de intervención sobre la totalidad del límite oriental de la ciudad entre Atocha y Recoletos que se convirtió en la principal obra pública de la corte durante la segunda mitad del siglo XVIII. Este proyecto le permitió a un Hermosilla ya maduro, verter la experiencia acumulada a lo largo de los años, a modo de reflexión profunda sobre todos aquellos aspectos que como la policía urbana, el decoro, la salubridad, el ocio o la idea de ciudad, había constituido para él intereses prioritarios desde sus años de formación en Roma, ahora con posibilidad de plasmarlo sobre la realidad contextual de un ámbito espacial especialmente significativo de la ciudad, consolidado desde la centuria anterior como el principal espacio de recreo de la población y principal escenario de representación de la urbe, una empresa a la que se dedicó sin remuneración alguna hasta que en 1775 fue desplazado por Ventura Rodríguez, encargado de la concreción de la que sería su gran obra, relegado por Francisco Sabatini a Leganés para concluir el Cuartel de Guardias Walonas, localidad donde pasaría sus últimos días antes de su fallecimiento ocurrido apenas un año después.

 

CRONOLOGÍA DE OBRAS EN MADRID

 

– 1738

 

Incorporación de José de Hermosilla como delineante a las obras de construcción del Palacio Real Nuevo de Madrid, bajo las órdenes y al servicio de Giovanni Battista Sacchetti, director del proyecto. En este contexto se produjo la primera coincidencia con un joven Ventura Rodríguez empleado en la ejecución de las mismas tareas.

 

– 1752

 

A su vuelta de Roma, Hermosilla se incorporó de nuevo a las obras de Palacio, siendo nombrado Teniente General de Arquitectura. Las desavenencias y la actitud crítica manifestada por Hermosilla respecto al devenir de los trabajos de las obras del Palacio Real Nuevo, motivaron su expulsión del proyecto en 1755.

 

– 1752

 

José de Hermosilla recibió el encargo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para redactar, junto con Ventura Rodríguez, las bases para la ejecución de un tratado de Geometría, que sirviera como apoyo a los estudios reglados de arquitectura, un trabajo que quedó concluido en 1753. Ventura postergó su entrega hasta 1755.

 

– 1754-55

 

Proyecto para la casa del Marqués de la Regalía en la calle Torija AVM (Archivo de la Villa de Madrid) 1-85-27

 

– 1756

 

Hermosilla concurrió al concurso de ideas impulsado por Fernando VI para proyectar el Hospital General en el Prado de Atocha, en el tramo sur del Paseo del Prado, que unificase en un único inmueble los diferentes hospitales existentes en Madrid, sobre los nuevos conceptos médicos tanto en la idea de la enfermedad como en los nuevos tratamientos. El proyecto de Hermosilla, puesto en relación con el hospital apostólico de San Michele de Roma, cuya ampliación emprendió Fernando Fuga y dibujado por él durante su estancia en Roma, fue elegido por la Congregación Real de Hospitales frente a la magna propuesta de Ventura Rodríguez. Entre 1758 y 1769, Hermosilla asumió la dirección técnica de las obras, hasta que fue sustituido por Francisco Sabatini, encargado de su conclusión.

 

– 1756-9

 

Levantamiento de los planos del monasterio de San Lorenzo de El Escorial por encargo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. José de Hermosilla realizó un exhaustivo análisis arquitectónico del edificio, pulcramente delineado como modelo de arquitectura nacional.

 

– 1760.

 

Diseño retablo sacristía del convento de los Trinitarios Descalzos.

 

– 1761.

 

Todos los autores coinciden al afirmar que el proyecto de Francisco Cabezas para la iglesia San Francisco el Grande fue ideado por José de Hermosilla. En 1769, proyectó el reforzamiento de los pilares y los machones del templo para estabilizar el edificio resentido debido al peso generado por las enormes dimensiones de la cúpula.

 

– 1767-75

 

Plan de urbanización del Paseo del Prado a instancia del conde de Aranda. Hermosilla concibió el proyecto como la concreción de las ideas imperantes respecto al concepto de ciudad, en la que los aspectos de decoro urbano, salubridad pública y nueva relación del hombre con la naturaleza eran prioritarios, todo ello propuesto en el escenario de representación y sociabilidad más importante de la villa desde finales del siglo XVI. A pesar del grado de implicación del arquitecto en el proyecto, Hermosilla no recibió compensación alguna por este trabajo. Sus hijos recibieron una gratificación de 45000 reales por los servicios prestados por su padre, que les fueron otorgados tras su fallecimiento. La materialización definitiva de las obras, corrió a cargo de Ventura Rodríguez que le desplazó de la dirección de las mismas a partir de 1775, coincidiendo con la caída de Aranda y el ascenso de Campomanes.

 

– 1769.

 

Proyectos la puerta de Alcalá. Ventura Rodríguez y Francisco Sabatini concurrieron igualmente con sus proyectos, siendo los del italiano los que resultaron elegidos para la concreción de la portada.

 

– 1775

 

Desplazado a Leganés para dirigir las obras del cuartel de Guardias Walonas

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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CONCEPCIÓN LOPEZOSA APARICIO

FECHA DE REDACCIÓN: 20 DE DICIEMBRE 2019

FECHA DE REVISIÓN: 28 DE DICIEMBRE 2019

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