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Benito de Morales. Acequia de Colmenar.
FRAY ANTONIO DE VILLACASTÍN

 

Arquitecto y maestro de obras. Villacastín (Segovia), 1512- El Escorial, 1603.

 

Su nombre real era Antón Moreno, hijo de “padres honrados, ni pobres, ni ricos” (1). Se quedó huérfano siendo niño por lo que, junto con sus hermanos, tuvo que ir a vivir con un tío que ejerció de tutor. Enseguida se percató de lo poco que aprendía en casa de su tío, razón por la que pasados unos años decidió marcharse de allí para buscarse la vida; tras varios días de camino sin rumbo llegó a Toledo y allí, en la plaza de Zocodover conoció al hombre que le proporcionaría un medio para destacar en la vida, y fue este el oficio de asentador de ladrillos y azulejos, profesión de la que aquel hombre era maestro. Trabajó y aprendió bien durante años, primero con el padre y después con el hijo, hasta que se convirtió en un reconocido oficial. A la edad de 27 años decidió entrar en religión e intentó entrar en el monasterio de San Francisco de Toledo, pero fue rechazado porque aquella comunidad era muy numerosa. Se presentó entonces, y fue aceptado, a la casa jerónima de Sisla, lugar extramuros de la ciudad.

 

Con 30 años cumplidos tomó los hábitos y pasó a ser miembro de la orden de San Jerónimo en 1539, siendo general en aquel momento el padre fray Pedro de la Vega. Ingresó como “corista” (2); figura que no aparecía en las constituciones de los jerónimos pero que en El Escorial se tuvo muy en cuenta puesto que era importante tener buenos músicos e instrumentistas que potenciaran la solemnidad de la liturgia que en este lugar predominaba sobre el resto de actividades. Pero rápidamente se dieron cuenta que su verdadero valor estaba en la edificación.

 

Fray Antonio de Villacastín, que es como pasó a llamarse después de hacer sus votos, había dispuesto y arreglado las estancias del emperador Carlos V en el monasterio jerónimo de Yuste. Y desde allí le hizo venir a El Escorial el rey Felipe II en 1562, cuando iban a empezar las obras del Monasterio y se le ofreció el cargo de obrero mayor. Estando en esta magna obra, fray Antonio hizo su segunda profesión de fe el 28 de diciembre de 1567. Desde el primer momento su trabajo fue muy bien valorado tanto por el rey como por los sucesivos arquitectos, Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera.

 

Todos los obreros, proveedores y artesanos del Monasterio despachaban con fray Antonio, y cualquier asunto que se le presentase, por delicado que fuera, lo resolvía con entendimiento, diligencia y satisfacción. En cierta ocasión el rey Felipe II le dijo:” Cómo hablamos, fray Antonio de esto, como si lo hubiésemos de ver” a lo que el fraile respondió: “¿Cómo no Señor? Por el hábito que tengo, si no estuviese muy cierto que V.M. lo ha de ver acabado y lograrlo muchos años, que no pusiese un ladrillo más” (3).

 

Ciertamente fue Villacastín quien dio solución satisfactoria al rey en su idea de agrandar la obra que había visto diseñada según los planos de Juan Bautista de Toledo. Propuso el fraile, con toda humildad y sin mayores pretensiones, lo que ahora tenemos, es decir que sin hacer cambios esenciales en la planta primitiva, se levantase el edificio otro tanto más, puesto que la solidez de los cimientos soportaba tal carga; de este modo aumentaban al doble las habitaciones y el resultado aportaría grandeza al edificio. La última cornisa tendría que circundar toda la construcción; las aguas, tejados y caballetes subirían una altura y las fachadas quedarían por fuera más uniformes aportando mayor solemnidad al conjunto. El rey quedó encantado de la talentosa solución del fraile y la obra se continuó tal como queda dicho.

 

En las inmediaciones del nuevo Sitio, cuenta Quevedo, no dejaban de sonar golpes de mazos, martillos y escodas; rechinaban las grúas, las poleas y los carros, golpes tremendos de las piedras que se sacaban de las canteras, causando todo esto, a primera vista, un caos enorme proveniente del movimiento de tantas máquinas, de la actividad de tantos hombres y de tantos materiales; pero si se miraba con atención todo estaba ordenado y dispuesto con maestría como por una sola mano, cosa que era bien cierta, puesto que a las directrices de Herrera, fray Antonio ejercía y ejecutaba el orden perfecto de la obra. Todas las contratas estaban redactadas y firmada por el lego; cuidaba de los peones, revisaba lo que se hacía y preparaba lo que se debía hacer, era el sobrestante general. Además de todo esto, no descuidaba los actos de comunidad, el coro y la iglesia. Hay una afirmación de fray José de Sepúlveda sobre Villacastín que dice lo siguiente: ”El sobrestante de esta obra quiso el Rey Católico fuese el padre fray Antonio de Villacastín con mando mixto y mero imperio para que hiciese y deshiciese como a él le pareciese” (4); al hacer esta afirmación, no se sabe si fue en sentido real y legal o sólo metafórico. Cierto es que Sepúlveda tenía estudios jurídicos y sabía de lo que hablaba. Sigüenza, por su parte, asegura que Villacastín vino “por obrero general debajo de cuyo gobierno se había de ejecutar todo” (5). Sigüenza es, sin duda, un admirador de Villacastín y le ensalza permanentemente a lo largo de su obra, sin embargo omite el enfrentamiento entre Herrera y Fray Antonio a propósito del labrado de las piedras de la Basílica y como el Rey Felipe II ordenó que se “siguiese el orden del arquitecto” aceptando, al mismo tiempo, en solución salomónica, la propuesta del lego de dar la obra de la basílica a destajo. En el año de 1575 el Rey fue a El Escorial para saber cómo se habían distribuido los destajos y para admitir a los nuevos maestros.

 

Para una mejor solución de estos asuntos creó una “congregación de obras y fábrica”, formada por el Prior, el arquitecto mayor, el obrero mayor, el veedor y el contador, sin retribución alguna y con responsabilidad de hacer ajustes, tasar las obras y establecer las condiciones de los trabajadores de cualquier gremio. Las condiciones de los trabajadores a destajo fueron las siguientes:

 

Que cada destajo sería tomado por dos maestros, para que si muriese o faltase uno, quedase el otro; que cada destajo había de tener una cuadrilla, al menos, de cuarenta oficiales, y de este número para arriba los que quisiesen; que a estos oficiales se les darían mensualmente doscientos ducados, y si eran más de cuarenta se aumentarían en proporción; finalmente, que concluida la obra, sería tasada por la congregación de fábrica, y con arreglo a su dictamen serían puntualmente pagados los maestros destajeros (6).

 

Hay que decir que no todo fue armonía entre Villacastín y Herrera, ambos tuvieron un importante desencuentro en el que el Rey tuvo que ejercer de árbitro y se trata de lo siguiente: dado que la obra no avanzaba tan rápido como era deseable, Juan de Herrera pensó que sería mejor y más eficaz trabajar la piedra en las canteras y que esta llegase labrada al Monasterio para ser colocada de inmediato y al mismo tiempo evitar ruidos y golpes en la propia fábrica.

 

Tanto Villacastín, como todos los maestros de obras, se opusieron a esta empresa y se presentaron ante el Rey con una queja formal. Pensaban que en la carga y descarga se podían dañar, eso sin contar la incomodidad que supondría para los obreros y oficiales estar permanentemente a la intemperie y lejos de su puesto de trabajo habitual. El enfrentamiento era tan intenso que el Rey se erigió en juez decidiendo que el plan del arquitecto se mantuviese tal como este lo había presentado resultando en todo acertado. Felipe II estuvo presente en la cantera durante unos días viendo como cargaban las piedras talladas con una máquina llamada “cabrilla” que era un tipo de grúa que las movía sólo una vez y sin dificultad; así comprobó que esta forma de trabajar ahorraba tiempo, hombres y dinero.

 

El 23 de junio de 1582 se colocó la última piedra de la basílica celebrándose tan fausto acontecimiento con un Te Deum al que asistió la Familia Real al completo y toda la comunidad religiosa. De inmediato se llevó a cabo la colocación de la cruz y la veleta sobre el cimborrio ese mismo día. Y fue en ese mismo año cuando tuvo lugar el cambio al calendario gregoriano pasando a ser el día 5 de octubre el día 15 del mismo mes, día, por cierto, en el que tomó posesión de su cargo el nuevo prior del Monasterio fray Miguel de Alaejos. Una vez terminado el templo, todo el personal que allí había estado trabajando se repartió por todo el resto de la fábrica con lo que los trabajos avanzaron a bastante buen ritmo. Empezando el año de 1583, casi a la vez, se terminaron las torres que hay en el patio de Reyes, a la entrada misma de la basílica; se concluyeron también el claustro principal del palacio y la mayoría de las habitaciones de poniente y de norte con su torre incluida. Del mismo modo se terminó completamente el pórtico principal situado en la mitad de la fachada de poniente sobre el que se colocó una escultura de San Lorenzo sobre un relieve con las armas reales. Y sin reducir el ritmo de trabajo en ningún momento se llegó al mes de agosto de 1584 momento en el que se dejaron por fin colocados en sus pedestales los reyes del pórtico del templo, conocido luego como Patio de Reyes y ya cerrado por todos os lados a punto de colocarse la última piedra del inmenso trabajo de cantería que fue esta gran fábrica.

 

El padre Villacastín estuvo presente en la colocación de la primera piedra del Monasterio, invitado por el arquitecto Juan Bautista de Toledo para que ayudase a colocarla, a lo que dijo el fraile: “Asienten ellos la primera piedra, que yo para la postrera me guardo” (7). El anciano fraile, indiscutible maestro de obra, vio cómo su predicción y deseo se cumplió y con sus propias manos colocó la última piedra en la cornisa del colegio y en presencia del rey Felipe II, feliz de ver como su mayor deseo se había cumplido. El propio Antonio de Villacastín cuenta en sus memorias (8) como fue este momento:

 

En 13 días de setiembre de 1584 se sentó la postrera piedra deste edificio de San Lorenzo El Real, que fue una cornisa en la parte del pórtico a la mano izquierda como entramos por el patio del pórtico, en la cual se hizo una cruz negra en el papo de paloma, y en sobrelecho della se hizo una caja adonde se puso en un escrito en pergamino el día y año, los evangelios, con otras cosas santas, y quien era Rey y Papa y Prior de esta casa, y otras cosas de memorias. Hízose esto veinte y dos años después que se comenzó esta fábrica, y más cinco meses. Era Prior de esta casa el P. Fr. Miguel de Alaejos, profeso de San Jerónimo de Juste, y obrero el P. Fr. Antonio de Villacastín, el cual lo era cuando se asentó la primera piedra; de manera que el obrero que comenzó este edificio, le acabó.

 

Fray Antón, como gustaba ser llamado, murió el 4 de marzo de 1603 y se le enterró en la puerta de la que fue su celda durante sesenta años con la siguiente inscripción: ”Fray Antonio de Villacastín, director de esta Fábrica Real. Aquí yace sepultado a la puerta de su celda. Murió nonagenario. Día 4 de marzo de 1603” (9).

 

BIBLIOGRAFÍA

 

SIGÜENZA, FRAY JOSÉ DE, Historia primitiva y exacta del Monasterio del Escorial, bibliotecario del Monasterio y primer historiador de Felipe II. Arreglada por D. Miguel Sánchez y Pinillos. Madrid: imprenta y fundición de M. Trillo, 1881.

 

Memorias sepulcrales de los Jerónimos de San Lorenzo de El Escorial, Transcripción, Introducción y notas de Fernando Pastor Gómez-Cornejo, El Escorial: Ediciones escurialenses, 2001.

 

ZARCO CUEVAS, JULIÁN, Los Jerónimos de San Lorenzo El Real de El Escorial, 1930.

 

QUEVEDO, JOSÉ DE, Historia del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (facsímil de la edición de 1854), 3ª ed., Madrid: Hiperión, 1986.

 

RAQUEL FERNÁNDEZ-BURGOS

FECHA DE REDACCIÓN: 14 DE NOVIEMBRE 2021

FECHA DE REVISIÓN:

 

NOTAS

(1) SIGÜENZA, FRAY JOSÉ DE, Historia primitiva y exacta del Monasterio del Escorial, bibliotecario del Monasterio y primer historiador de Felipe II. Arreglada por D. Miguel Sánchez y Pinillos. Madrid: imprenta y fundición de M. Trillo, 1881.

(2) Memorias sepulcrales de los Jerónimos de San Lorenzo de El Escorial, Transcripción, Introducción y notas de Fernando Pastor Gómez-Cornejo, El Escorial: Ediciones escurialenses, 2001.

(3) SIGÜENZA, FRAY JOSÉ DE, Historia…

(4) ZARCO CUEVAS, JULIÁN, Los Jerónimos de San Lorenzo El Real de El Escorial, 1930.

(5) SIGÜENZA, FRAY JOSÉ DE, Historia…

(6) QUEVEDO, JOSÉ DE, Historia del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (facsímil de la edición de 1854), 3ª ed., Madrid: Hiperión, 1986.

(7) Ibídem.

(8) VILLACASTÍN, FRAY ANTONIO DE, Memorias, folio 86.

(9) Memorias sepulcrales…

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